agosto 21, 2019 1:31 am

El ‘Güilo Mentiras’

guilo mentiras

Del libro 12 relatos escuinapenses

Es flaquito, flaquito. De ahí el término de Güilo que en Sinaloa equivale a ser delgado, sin engordar nunca. Porque hay gentes que son flacas de niños —por las lombrices y demás sinuosos personajes— pero de grandes se vuelven gordos. Gordos de aspecto y sangre. Ahí tenemos a los políticos mexicanos.

Lea: RIP ‘Palillo’, flagelador de los inverecundos http://bit.ly/2vaZPru

Le dicen de apellido Mentiras, porque cuenta tantas y quitándole el tiempo a todo el mundo, que viene a ser honroso marbete para su personalidad fabulista.

En realidad, se llama Florencio Villa. Y dice que su padre no le llamó Francisco, porque el general duranguense andaba ya muy desprestigiado y a lo mejor lo confundían con él…

Dice que tiene 150 años de edad. Y en una de sus fábulas hace un relato de que una yegua de 40 años de edad, parió un caballito-cebú engendrado por un toro…

En realidad nació en 1873. Y sigue con la misma memoria de los 18 años. Se acuerda todavía de sus conquistas amorosas con una prima con la que tuvo relaciones a los 10 años de edad.

Siempre remata sus anécdotas, cuando lo tildan de mentiroso, riéndose todos sus oyentes, de que “si no me quieren creer, pregúntenle al difunto González, que fue testigo…”

Tiene las más difíciles profesiones: pescador (lo han corrido de los 28 sitios de pesca que tiene la cooperativa de pescadores, porque le quita el tiempo a todo el mundo), salinero, arquitecto de casas de palma, acordeonero, pilero, mariachero fracasado, etc.

Nunca fue a la escuela, pero como si hubiera ido. El talento le sale por los poros y la imaginación lo renova día con día.

No mide más de 1.70 mts. Siempre trae su camisa y pantalones bien planchados y limpios. Y sus huaraches encorrellados rematan la vestimenta blanca que empieza en un sombrero con barbiquejo, bien cuidado y mejor estimado. Y pone un rostro serio, muy seriote, para contar sus cosas.

Muchos hemos llegado a creer cuando lo escuchamos que sí fue verdad lo de aquel jabalí que era hembra, a la que dio un hachazo en la frente y siete meses se la encontró después, pero ya con cría, siete jabalincitos que traían un hachita cada uno en la frente, porque el hacha que le tiró a la madre, se le había quedado pegada…

Pero dejémosle a él contarnos lo de la cacería del Venado de Cuarenta Puntas:
“Me había mandado llamar mi compadre Morrales a Las Estancias, para que le hiciera una casa de palma tan buena como las sé hacer yo. Porque aunque me esté mal decirlo, no hay en Escuinapa y a sus alrededores otro mejor que yo para hacer las casas de palma, pues con mis 115 años de experiencia, no creo que haya otro que me las iguale.

Inmediatamente me puse en camino, llegando el mismo día a dicho rancho. Mi compadre, que le gusta mucho la cacería, luego quiso organizar una en mi honor. Y yo que iba acompañado de mi fiel rifle de mecha me dispuse a prepararme para la cacería. Saliendo otro día muy de mañana a los aguajes, donde según mi compadre, bajaban los más grandes venados de la región, nos subimos a un palo blanco a esperar que llegaran. Al poco momento de estar encaramados como mapachis, oímos una tronata de palos como cuando va una vaca huyendo. ¡Cuál no sería mi sorpresa al ver el venado más grande que he mirujeado en mi vida! Sin pensarlo mucho, le apunté con mi rifle de petardo, con tan buena puntería para mí y malísima para el venado, que le pegué en la pura frente. Tuvieron que llevar un tiro de bueyes para jalarlo hasta el rancho. Le pedí a mi compadre Morrales que me regalara la cabeza del venado, pues era una preciosa cabeza con una cornamenta de 40 puntas.

Lea: El Comecuandohay http://bit.ly/2vaaz9M

Cuando me vine me tuvieron que prestar un burro, nomás para cargar la pura cabeza. Llegando a mi casa, como no cabía dentro de la casa, la clavé con un clavo de vía en el almendro que está en el patio. Cuando quieran, pueden ir a verla. Nomás no platiquen con qué está clavada, pues es muy delicado eso de robar clavos de vía…”

Otra vez, dice este genial embustero, él andaba por las pesquerías de Palmillas y quiso hacer de las aguas. Cuenta que cuando orinaba se descuidó y que por el chorro de orines se le fue subiendo un alacrán… (Les ruego imaginen el resto…)
Pero escuchémoslo otra vez, ahora con El Tigre Ensillado:

“Hacía muchos años que estaba yendo a las fiestas de Huajicori a pie. Y este año pasado pensé que ya no llegaba a pie a Huajicori, pues ya un hombre de 120 no está para esas andadas tan largas. Por tal motivo, pensé pedirle prestado su burro a mi compadre Ñengo. El, de muy buena gana me lo prestó, encargándome únicamente que no le diera arrayanes a comer de los que hay en Huajicori, porque tenía mucha tos y a poco se lo traía enfermo de dolor de oído. Yo le prometí que se lo iba a cuidar mucho y que se lo iba a entregar de vuelta, sano y salvo y que le iba a traer de regalo una estampita de la virgen y unos cordones benditos para que los trajeran en el pescuezo él y su familia, para que nunca se les atorara una espina de pescado. Me fui a Huajicori en el mentado burro y resultó muy flojo para andar. Corría únicamente cuando íbamos llegando a los arroyos o cuando iba una burra adelante. Con miles de trabajos, cruzando cerros y llanos, lo hice llegar a Huajicori. Llegando lo amarré de un roble en las orillas del pueblo. Me dio trabajo hallar el roble, pero no podía amarrarlo de otro lugar, pues eran puros arrayanes los demás árboles y como el chivato burro todavía llevaba mucha tos, temí que se muriera de una pulmonía si lo amarraba de un arrayán. Me fui a bailar a la fiesta. A rezar a la iglesia. Y a tragar vino a las cantinas. Ya muy a media noche, recordé que tenía que venirme y pensé: ¿qué mejor hora que ésta? Si me voy ahorita que es como la una de la mañana, llego a Escuinapa como en la tarde, al cabo el burro ya va pa´ la querencia, se tiene que ir recio el chivato. Luego me fui al roble dónde había dejado al burro el día anterior, encontrándolo dónde yo lo había dejado. Me dispuse a ensillarlo, notando con sorpresa mía que se resistía, como que no era de su agrado traer la silla en el lomo. Pero yo llevaba como quince litros de vino en el estómago y en ese estado, no iba a dejar que un burro cualquiera me venciera. Así es que con muchas dificultades, al fin logré ensillarlo, notando sin embargo que cuando lo estaba cinchando, voltiaba y me tiraba mordidas de burro, porque me las tiraba con ganas de arrancarme el brazo. Me monté en él y le hice rumbo para Escuinapa. Cuando venía por el camino, todavía muy obscura la mañana, noté que venía más a la carrera. Luego encontraba alguna vaca y se le quería echar encima. Pasamos por un ranchito y la perrada no nos dejaba pasar. Yo a cada momento me iba extrañando más de lo que iba pasando. Por fin, llegué a La Campana, ya queriendo amanecer, cuando me encontró el Chimuelas. Me sorprendió mucho que tan luego me vio se subió a un árbol. Me grito de arriba:

—Güilo, bájate de ese animal…

Entonces yo le pregunté sorprendido:“

¿Por qué?”

—Pues que no ves que vienes montado en un tigre…?

Después de oír al Chimuelas y de ver a mi montura, no hallaba qué hacer: si bajarme y salir corriendo despedido o llegar con él hasta Escuinapa. Después de pensarlo un momento, opté por lo segundo y empecé a forzarlo para que anduviera más recio y de ese modo llegara más cansado a Escuinapa. Y mientras llegaba, fui sacando mi conclusión de que el tigre había ocupado el lugar del burro, porque se lo comió. Pero se lo fue comiendo de la cola por adelante, de suerte que cuando le comió la cabeza, ya había quedado el tigre con la lazada en el pescuezo; de ese modo no se fue y por la obscuridad llegué y lo ensillé sin darme cuenta de lo que había pasado. Para mi buena suerte, llegando a Escuinapa se murió de cansado y al dueño del burro que era mi compadre Ñengo, no tuve más que darle la piel del tigre. Y con el producto de ella compró treinta burros, con los que ahora se lleva acarreando leña.

“Una vez, de madrugada, en la Pesquería La Revolución, El Cañas Miadas fue a levantarlo porque su mujer estaba en vísperas de recibir al veinticincuavo hijo, y tentaleando se levantó del catre, buscó su cinto y se lo quiso abrochar. Intentó uno y no abrochaba. Intentó dos y tampoco abrochaba. Hasta que El Cañas Miadas le aluzó con un candil y se dieron cuenta los dos que en lugar de cinto lo que había agarrado el Güilo era un coralillo.

Lea: Dámaso Murúa Beltrán, ‘más cabrón que bonito’ https://bit.ly/2ZgTBEo

Y cuando cuenta el incidente de los patos en la laguna, hay que oírlo para creerlo todo, sin dudar ni un ápice.
Pero lector, sin duda hay que ir a Escuinapa para conocer a este Güilo Mentiras de gran renombre y mente tan fértil para la mentira…

Artículo publicado el 14 de abril de 2019 en la edición 846 del semanario Ríodoce.

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