abril 20, 2021 6:55 AM

Rojo amanecer

 

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El 2 octubre de 1968, la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, amaneció vacía. Todo lucía como un día más desde el edificio Chihuahua, de esa unidad habitacional. En uno de los departamentos, Don Roque (Jorge Fegán) despertó primero, para luego alentar a los demás a hacer lo mismo. Carlitos (Ademar Arau) y Graciela (Paloma Robles) irían a la primaria, Jorge (Demián Bichir) y Sergio (Bruno Bichir) a la universidad, a ver si había clases, porque desde hacía meses estaban en huelga, Humberto (Héctor Bonilla) a trabajar y Alicia (María Rojo) se quedaría en la casa, para los quehaceres.

Mientras los comerciales destacaban las burbujitas del sal de uvas Picot y las ricas verduras del jugo V8, la “prensa libre” informaba de los 10 días que faltaban para la inauguración de las olimpiadas en tierra azteca; las repercusiones políticas por la invasión de Checoslovaquia; la detención de cuatro terroristas que planeaban actos subversivos en México, Colombia y Uruguay, lo que se creía ligado a los atentados de diferentes planteles educativos del Distrito Federal; el elogio del presidente del Fondo Monetario Internacional por la estabilidad del país; y que en noviembre se reanudarían las clases en la universidad.

La radio tocó She Loves You de The Beatles, y eso propició que en el desayuno se discutiera acerca del cabello largo en los hombres. Humberto, el papá, aprovechó para decirles a sus hijos que en su oficina se hablaba del escarmiento que las autoridades les daría a los estudiantes, para que no anduvieran de revoltosos en ese movimiento en el que, según algunos, los jóvenes servían de conejillos de indias del comunismo internacional, o de gente del mismo gobierno, que quería “moverles el agua” a los candidatos presidenciales.

Cuando los más pequeños regresaron de la escuela, adentro de las casas el día seguía normal, pero no afuera, donde muchos policías y soldados comenzaban a cercar el área y se colaban en los edificios, porque en la tarde, los estudiantes tendrían uno más de sus mítines, ahí en Tlatelolco.

Al día siguiente, cuando Carlos salió del Chihuahua, como señales de lo que había pasado ayer, sólo se encontró al intendente que removía del suelo la propaganda de la manifestación y a dos soldados: la prensa contó otra historia. Tampoco informó de lo que ese niño dejó en su casa, lo que vio en los pasillos y de por qué se le dificultó bajar la escalera.

Rojo amanecer (México/1989), de Jorge Fons, no es la única película que aborda lo que pasó en la Plaza de las Tres Culturas —El grito (1968), Tlatelolco, verano del 68 (2012), entre otras— aunque sí la más creativa e interesante. Todo sucede en un departamento: no se ve la aglomeración, a los líderes, los tanques, soldados con armas, gente correr, pero se escuchan gritos, pasos y balazos. El espectador recrea lo que una familia ve y le cuenta.

Con un presupuesto barato, excelentes intérpretes y un diseño de producción preciso, las imágenes y el discurso de la cinta están cuidados al máximo: nada se desperdicia en función de mostrar o sugerir la crudeza y el horror de una matanza que, a 48 años, no se olvida. Véala… bajo su propia responsabilidad, como siempre.

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