Perlas de pepe

 

El 23 de septiembre (o setiembre, como lo escribía él a la usanza chilena) de 1973 falleció en Santiago de Chile aquel Ricardo Eliézer Neftalí Reyes Basoalto, nacido el 12 de julio de 1904, el cual, tras ganar algunos juegos florales, se despojaría de esa representatividad social para apropiarse de otra hecha a plena conciencia y derivada de la admiración que sentía por los poetas Paul Verlaine y Jan Neruda: Pablo Neruda.

No murió de amor, como su poesía hacía suponer, ni de dolor por su país devastado, como muchos, con justa razón, afirman. Lo arrebató de este mundo un vulgar cáncer de próstata, que hasta me da pena mencionar.

Doce días antes, el 11 de septiembre, un criminal golpe de Estado, liderado por el general Augusto Pinochet, había derrocado a su amigo, el presidente Salvador Allende, dejando un caudal de sangre encabezado por la propia de Allende. La brutalidad nunca se manifestó de manera tan brutal. El estadio Nacional de Chile lucía como si estuviera jugando la final de la Copa del Mundo su selección contra Brasil. Pero la razón del sobrecupo no tenía nada qué ver con lo deportivo sino con lo inhumano. Víctor Jara, uno de los artistas más representativos de la música chilena, moriría ahí, atrozmente torturado y rociado de plomo gorilezco. Las remesas de presos políticos no cesaban, las universidades eran los sitios preferidos para “reclutarlos”. Al parecer, Pinochet se basó en esa otra grande chilena, Violeta Parra, para descubrir a sus enemigos naturales.

Barbarie fue todo lo que vivió Neruda en esa docena trágica que comprendió la última etapa de su vida. Su casa en Santiago fue saqueada por bestias uniformadas que con sus libros levantaron una hoguera que hoy que la revivimos nos parece la más monstruosa representación de la ignominia: jóvenes asesinados, libros incendiados, la sinrazón cabalgando en un territorio devastado.

 

Texto editado del libro Mira esa gente sola, capítulo “Neruda: ardiente paciencia”.

 

 

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