Siete años sin el ‘Bato’: El día que todos enmudecimos en casa

Periodistas protestan en el lugar donde fue asesinado. Foto: Juan Carlos Cruz.

Un día, José Armando Infante me llamó al celular, y me dijo “amigo, quieren verlo, ¿puede venir? Sin desconfiar, le dije que sí.

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Cuando llegué, el entonces cronista de la ciudad me describió con el que entonces era un desconocido para mí. “Él es”, le dijo.

Javier me extendió su mano y respondí al saludo.

Se presentó como de Ríodoce. Lo dejé hablar.

Me contó la historia del periódico, el quehacer cotidiano, sus planes y el porqué estaba allí.

Retador, me preguntó que si me animaba a escribir con ellos, conociendo lo que hacían.

Entonces me pidió textos. Los envíe. Por la tarde, Ismael me preguntó si los podía publicar ya. Y en esa edición fue cuando comencé. Estaba adentro de Ríodoce.

Luego, la relación con Javier se fue estrechando. Coincidimos en muchas, muchísimas cosas, hasta en las malas palabras. Por esa relación, conocí al resto del equipo, pero siempre era con Javier con quien más hablaba para intercambiar información de temas integrales.

Muchas malasyerbas escribió con eso.

En cierta ocasión. Me llamó preocupado. “Loco —me dijo— te voy a enviar un mensaje y me dices qué piensas”. “Sale”, respondí.

El texto llegó. Era de un desconocido que había preguntado en los comentarios en una columna de Malayerba, sobre un caso en particular sucedido en Los Mochis, y que sólo Javier y yo conocíamos, pero aquel sujeto también. “Ta cabrón, bato”, dije. Por respuesta, Javier soltó una carcajada, y luego dijo “muy cabrón, a cuidarse”. Y según nosotros nos cuidamos.

Pasaron meses, muchos, hasta que una tarde me habló y me dijo que cubría la gira de AMLO para La Jornada, que si podíamos vernos. Y sí, lo vi. Luego acordamos que más noche nos echaríamos unas chelas en su hotel.

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Esa tarde, esperando la llamada, recibí avisos de civiles que denunciaban “levantones” en serie en varias colonias por un grupo de policías foráneos. Me fui a la cobertura, y allí entendí como operaban los escuadrones de la muerte de los grupos elite de la Policía Ministerial —entonces comandada por Jesús Antonio Aguilar Íñiguez—, pues había caído en uno.

Ya no supe nada de Javier, pues terminé incomunicado, próximo a ser asesinado, o procesado como asaltante. Supe, desde adentro, cómo los periciales falsifican certificados a los detenidos para hacerlos pasar como drogadictos y cómo se alteran las pruebas de rodizonato de sodio, cómo se inventan los delitos. Entendí la intimidación de los policías y sufrí el miedo de perder hijos, a la esposa, hermanos y hasta la madre.

Y Javier, siempre estuvo allí. Nunca se rajó, no se intimidó, no huyó ni me abandonó. No podía verlo, pero podía escuchar su voz, buscándome. Aquel “loco, loco, aquí andamos”. Y muchos “¡Puta madre!, ¡Chingada madre!”

Mi esposa recuerda de ese momento aquel “¡puta madre!” que Javier lanzó cuando le informó que no había llegado a dormir, que no respondía el celular y que durante la noche le había llamado para que pidiera un taxi.

Javier se movilizó, llamando aquí, allá. Buscando abogados amigos, reuniendo dinero. Fueron días fuertes, tensos, cabrones. Nunca faltó la palabra de aliento, ni la llamada preguntando qué onda, cómo estas, loco. A chingarle que feos no somos, pero no tenemos dinero, las bromas en doble sentido, las risas, las coberturas dobles de temas difíciles, y muchas vivencias más.

Una semana después de aquello lo vi. Reímos. Le conté lo sucedido, y bromeamos por la ocurrencia. “¡Puta, muchas malasyerbas!”

No lo sabíamos entonces, pero esa semana era sólo el principio de dos años continuos de tensión, de estar a merced de los desalmados, como Ismael cabeceó una de las muchas notas escritas sobre ese grupo policial de exterminio, que todos sabían que existía. Dos años para salir absuelto. Dos años para que el gobierno desapareciera esos comandos. Y ya sin fuerza, la reacción en su contra llegó. Todos, excepto uno, murieron con saña.

Javier y yo respiramos hondo cuando nos enteramos de ese desenlace. Y pasaron los años, escuchando aquel “qué ondas”, cabrón, o su variante, “qué rollo, loco”.

El día de su muerte, todos enmudecimos en casa.

Y hoy, revive en cada anécdota contada entre los que lo conocimos. El Bato que me llevó al barquito de papel de Ríodoce.

Y de aquel momento inicial, con José Armando, Javier y yo, me quedo con el reto lanzado por el cronista de la ciudad: “Estás llegando a las grandes ligas del periodismo en Sinaloa, y de allí, caer es más fácil que mantenerse en ese estándar”.

Cerrar el trato con Javier con un apretón de manos y aquel “bienvenido, bato”, fue el inicio de navegar juntos.

Hasta siempre, Bato.

  • El autor es reportero de Ríodoce.

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Artículo publicado el 12 de mayo de 2024 en la edición 1111 del semanario Ríodoce.

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