Donde dejaron de pasar los migrantes

Donde dejaron de pasar los migrantes

Por Culiacán ya no pasan, dice ‘Marcela’, la violencia ha ahuyentado a los que buscan el ‘sueño americano’

 

 

 

Los centroamericanos tienen tiempo que no pisan estas vías del tren. “Marcela” lo advierte desde el pórtico de su casa: es pequeña, débil por sus materiales acartonados. Dos soplidos y tambalea. Una lánguida sábana blanca espanta al sol de su cabeza y, sobre la mesa, un plato abandonado con restos de frijoles sirve de merienda para las hormigas. Dejaron de venir —retorna. En Culiacán, los calores no sólo ahuyentan, también la violencia. Aquí a muchos los empezaron a matar, a otros se los llevaban; por eso ya no vienen, evitan deambular por estas vías. Muchas cosas se ven y poco se puede decir.

“Marcela” viaja frecuentemente. Los franceses dirían que es un flâneur: aquel sujeto que vaga, que anda por las calles sin destinos pensados. En su andar, un flâneur observa; “Marcela” lo hace. Observa el peligro de las noches y los rincones donde puede dormir cuando se transporta en tren y desciende en alguna otra latitud, aunque ningún lugar es seguro —vuelve a advertir—. Menos para una mujer solitaria que se sube a los trenes desde hace diez años. Sus pies descalzos lo evidencian: más de un dedo le hace falta; el animal de acero se los mordió.

“La vida es donde sea”, se dice.

Por peripecias y desventuras, aún no llega a su destino: Estados Unidos. El sueño americano le quita el sueño; trasnocha, almacena las pocas monedas que gana recogiendo cartón, pero el hambre las extingue. Su adicción al cristal tampoco le favorece; desde hace quince años lidia con ello. “He intentado dejarlo” —confiesa—, pero no puede. Sin la droga llenándole el cuerpo, le entra un desespero y se pone de mal humor, “yo por eso quiero salir de la adicción”, expresa.

Consumir actualmente es peligroso. En Culiacán, el Cártel de Sinaloa tomó los patios traseros de las colonias para emprender sus peleas. Mayitos y Chapitos, entretenidos con dispararse y dejar sus cuerpos, en cualquier espacio, en cualquier lugar; donde las pistolas se huelan los cañones. En ese ínter, los locales y casas dedicados a la venta de droga han sido reventados: hombres llegan, aromatizan con pólvora y se van. Si hay tiempo, incendian el lugar; “Marcela” estuvo ahí.

Llegó por su dosis y mataron al que vendía. “Todavía estoy traumada con eso, porque no imaginaba ver toda esa acción, y menos me imaginaba que yo esté viva, porque ya sabes que te matan a ti y matan al otro”. “Marcela” compraba su bolsita de cristal cuando llegaron; el sonido de las pistolas desangrando sus balas la aturdió. Corrió a esconderse tras una puerta: “se siente feo porque te quedas traumado; no sabes dónde correr al momento de verlos tirar, no sabes por dónde corren”.

Después de la orquesta de fusiles hay un silencio largo que le permite al cerebro pensar: ¿por dónde me voy?, ¿por dónde salgo?, ¿a dónde me voy cuando salga?, ¿es seguro salir? “Marcela” escuchó que el automóvil donde venían arrancó. Reaccionó y brincó por encima de los cuerpos.

 

Vivir de paso

A veces, recolectar cartón viejo y oxidado no le remunera mucho. Kilos y kilos se amontonan para unas frías monedas. Antes podía conseguir un extra en las colonias: ofrecía sus servicios de limpieza en las banquetas; tocaba las puertas y, por unos pesos, recogía las hojas muertas que se acumulan y manchan las aceras. Hoy, con todo esto, que alguien le abra la puerta es complicado.

“La gente ya no te cree, ya tienen miedo de salir (…) ya no te cree la gente tan fácil como antes porque ya tienen miedo de que no falte que piensen que uno va armado, a asaltar o hacerles algo. Pero te digo, por culpa de otros, uno la paga”.

Cuando vive en la calle no falta quien llegue a molestar y quitarle sus cosas. “Nada más al dormir en las noches estas con un ojo al gato y el otro al garabato, no duermes, nada duermes (…) no estás segura en ningún lado, he sufrido hambre y sed arriba del tren, en las vías; hay gente que nos rechaza y también hay gente que nos apoya”.

La casita que habita es temporal; alguien le prestó el terreno, pero está próxima a irse, a subir de nuevo al tren. Intentar cruzar de nuevo el desierto, escondiéndose de los ojos que vigilan desde los extremos. Pendiente de que nadie le dispare, pues algunos pasean con sus mochilas repletas de droga. Si no llega a Estados Unidos, cambiará su ruta para reencontrarse con sus hijos. Tiene cuatro y lleva siete años sin verles el rostro.

Artículo publicado el 14 de junio de 2026 en la edición 1220 del semanario Ríodoce.

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