En la capital del estado, la actividad se realiza en medio de ataques y “levantones”
El vehículo se detiene. El conductor descansa sus manos sobre el volante y palmea con los pulgares el aro; valsea al tempo: uno, dos, tres. Espera, rígido, con la mirada anclada en el semáforo. Rojo y redondo; microsoles reunidos en la avenida, subordinando el tráfico. Su impaciencia se amontona; el palmeo se vuelve más frecuente, el tempo se acelera. La vista se le desvía: un limpiaparabrisas se posa frente a él. Dialogan con la mirada. El joven le muestra un bulto de trapo, desgarrado por el uso, con hoyuelos por donde se escapan sus dedos. “No, no, no”, le dice el conductor con la cabeza. Al otro no le importa; se avoraza sobre el cristal, avienta su mezcla de agua y jabón, saca la espátula y aniquila la mugre con técnica.
“Lorenzo” comenzó limpiando cristales a los nueve años. La experiencia se le nota en la piel achicharrada por el sol, aunque sigue siendo joven. Dedica sus mañanas y parte de la tarde a perseguir monedas. Sus herramientas de trabajo son simples: una botella con agua y jabón, deformada por los constantes apretujos, dos trapos oxidados de mugre y su espátula. Lo demás es pura atención al cliente: se acerca a los vehículos que aguardan en los semáforos de las avenidas principales de Culiacán para ofrecer sus servicios de limpieza exprés.
La muerte que acecha
Actualmente, en la capital, ser limpiavidrios es riesgoso. Tras la escalada de violencia iniciada en septiembre de 2024, los episodios sangrientos contra ellos, sorprendidos a tiros a pleno sol, se han vuelto recurrentes. El caso más reciente ocurrió el pasado 5 de mayo en el cruce de las avenidas Ciudades Hermanas y Álvaro Obregón, frente a La Lomita, sitio predilecto para católicos y turistas. Apenas pasaban las dos de la tarde cuando sujetos armados dispararon contra dos de ellos: uno murió en el lugar y el otro fue auxiliado por paramédicos. Sus cubetas y franelas quedaron abandonadas sobre una de las banquetas.
Uno de los primeros antecedentes ocurrió el 15 de junio de 2025, en el cruce de Xicoténcatl y Malecón Viejo. El 2 de octubre del mismo año, el escenario fue la esquina de Francisco I. Madero y Sabinos. Ya en 2026, los ataques se concentraron en enero: primero el día 10, nuevamente sobre Xicoténcatl y el Paseo Niños Héroes, y apenas cuatro días después, el 14 de enero, sobre el bulevar Enrique Sánchez Alonso y la avenida Josefa Ortiz de Domínguez, a unos pasos de las instalaciones de la Fiscalía General del Estado (FGE). Todos ellos figuran entre los cruces viales más transitados y comerciales de Culiacán. Estos casos ocurrieron durante el día, frente a docenas de conductores.
A “Lorenzo” ya le mataron a un par de amigos. A otros los han levantado frente a él, justo cuando se preparaban con sus botellas y franelas. Es complicado —dice—. Algunos de ellos, en realidad, son punteros; trabajan como vigías para el crimen organizado, disfrazados como nosotros. “Aquí también, ellos estaban aquí sentados y llegaron enriflados y los subieron para arriba. Ellos son limpiavidrios y ellos pues estaban como que dentro de ese rollo”, dijo.
Cuando ocurren estos ataques, “Lorenzo” deja de trabajar algunas semanas por miedo: “Hace poco también a otro amigo, de hecho, ahí donde nos parábamos (…) lo mataron. No, pero quién sabe, ¿no? En qué andan chambeando. Solamente sabe Dios”, relató.
“Vicente” acompaña a “Lorenzo”, al igual que él es joven y tiene pocos días limpiando cristales. Decidió entrarle porque no encontró trabajo en otra parte. El desempleo que se acumula a la par de la violencia, dificulta encontrar un lugar de trabajo más seguro. Experiencia tiene como jardinero, sushero, taquero y hasta cocinero en una comida china pero ahorita no hay: “Buscamos, buscamos, y que ‘no, está lleno; no, está lleno’”, se repite en donde se pare.
La necesidad —dijo— lo arrastró hasta los cruceros, aunque con una pizca de miedo. “Sí, porque pues uno no sabe, pues está aquí, y como está la situación, qué cabrón que por cualquier cosa te arrasan, pues, por cualquier cosita”. Gastos hay y tiene que buscarle. Comparten su lugar de trabajo con personas llegadas desde el sur: Chiapas y Oaxaca; ellos también limpian parabrisas del otro lado de la calle. Tararean el español cuando se comunican con ellos, y entre risas se hablan en tzotzil. Son compañeros tímidos, aunque expresivos con sus sonrisas. Vienen de la tierra del subcomandante Marcos —irrumpió un vendedor de cacahuates—, hablan poco pero también vienen a sobrevivir.
“Lorenzo” se acercó desde niño a las aceras. En casa, su papá y su mamá se quedaron sin trabajo. Al inicio sacaba muy poco dinero porque la escuela le restaba tiempo; decidió dejarla hasta primero de secundaria y desde entonces dedica su tiempo a tomar la espátula y mancharse el pantalón de jabón. “Vicente”, por su parte, desertó de la preparatoria.
Ambos, a pesar de ser menores de edad, no reciben apoyos gubernamentales: todo es “chambear y chambear”. Pese al contacto directo que tienen con estas violencias y las necesidades económicas por las cuales transitan, ambos deciden no enredarse. “Lorenzo”, por su parte, lo entendió desde el asesinato de uno de sus tíos: andar ahí son “puros problemas”, reflexionó. “La verdad no ganas nada (…) aparte más mejor limpiar vidrios, sacas más, yo creo”.
El día continúa, los carros se amontonan. Corren al semáforo. Levantan sus trapos, dialogan con el conductor y lustran sus cristales.
Artículo publicado el 14 de junio de 2026 en la edición 1220 del semanario Ríodoce.







