En el MASIN, se exhibe la exposición del artista sinaloense, en la que rinde un homenaje a la ciudad y su memoria
Después de 10 años sin exponer en Culiacán, el artista sinaloense Miguel Ángel Ojeda regresó al Museo de Arte de Sinaloa con la exposición: Cuando las tardes eran de papel.
En esta muestra, retoma su tema de siempre: la ciudad convertida en memoria y en una especie de territorio íntimo donde el tiempo parece detenerse.
Desde hace muchos años, en su pintura inmortaliza al Culiacán en los recuerdos: sus calles, templos y casonas aparecen con líneas que se quiebran o se curvan, como si respiraran o se movieran.
La ciudad es mi personaje principal, ha dicho, y en esta exposición esa idea se sostiene de principio a fin. Cada pieza parece construida desde la memoria. Están las fachadas antiguas, rincones reconocibles, espacios que remiten a recorridos personales.
Es, el Culiacán de ensueño, uno que existe entre lo vivido y lo imaginado.
La muestra, explicó que reúne alrededor de 20 obras, entre pintura y escultura. En ellas se repiten elementos que ya son característicos en su trabajo: perspectivas alteradas, colores cálidos y una sensación constante de movimiento.
Su obra no se limita a la técnica. También hay una reflexión constante sobre el lugar que se habita.
Más de la mitad de las obras que expone, asegura que son de reciente creación. Esta vez añadió más edificios, como el Ingenio de Navolato, un lugar icónico para él.
Las figuras humanas aparecen de manera discreta, casi absorbidas por el entorno, como si lo importante fuera el espacio mismo, lo que guarda y lo que evoca.
Algunas de ellas las tituló: Los Portales del Negrumo, El extraño viaje del tiempo, Alma Máter, Cuando las tardes eran de papel, Un zaguán junto a la iglesia.

Culiacán en el recuerdo
Entre las piezas destaca una escultura en barro que funciona como homenaje al historiador Herberto Sinagawa Montoya.
El resto de la exposición mantiene esa misma línea: una ciudad reinterpretada desde la emoción. No hay una intención documental, sino más bien afectiva. Ojeda vuelve una y otra vez a los mismos temas, pero siempre desde otro ángulo, como si cada obra fuera una nueva forma de recordar.
El regreso al Masin tiene un significado especial. Durante casi una década, el artista no había expuesto en su ciudad, aunque su trabajo nunca se detuvo. Él mismo lo ha dicho: aunque no estuviera presentando obra en Culiacán, siguió produciendo.
“Siempre he seguido pintando, no con la misma frecuencia, pero sí con la misma intensidad. Me sigue emocionando hacerlo”, dice.
“Me tardé 10 años en volver a exponer, porque a veces es mejor dejar descansar el recuerdo, para posteriormente agarrar fuerzas y volver con algo nuevo”.
A pesar de los años y la experiencia, asegura que cada exposición la vive como la primera vez.
Esa combinación entre disciplina y emoción es parte de lo que ha definido su trayectoria.
Formado como arquitecto en la Universidad Nacional Autónoma de México y con estudios en artes plásticas en la Universidad Autónoma de Sinaloa, Ojeda ha desarrollado un lenguaje visual que equilibra estructura y sensibilidad.
“Cuando las tardes eran de papel, es una exposición que significa mucho para mí, es como volver a hacer ese examen de arquitectura, sintiendo mucho nervio y esa sensación me encanta”, asegura.
“En esta exposición también hago un homenaje al maestro Herberto Sinagawa Montoya, a quien tuve la oportunidad de conocer y quien me dio el título para algunas obras, y una de ellas está aquí, titulada Una ciudad sin edad”.
Artículo publicado el 05 de abril de 2026 en la edición 1210 del semanario Ríodoce.







