Mientras espera que le sirvan su platillo, Mahin (Lili Farhadpour) escucha a Faramarz (Esmaeel Mehrabi) decir a sus amigos que su única opción es acudir todos los días al restaurante, porque no tiene una esposa que le haga comida casera. Con su hija viviendo en otro país y su esposo ya muerto, a sus 70 años, a la señora nadie la acompaña en su domicilio, tampoco, por eso no duda en esperar a que el solitario hombre ya entrado en años termine su turno como taxista, para abordarlo e invitarlo a su casa. Sorprendido, él accede de inmediato, con la esperanza de pasar la mejor noche de su vida, no sin antes llegar a la farmacia por una medicina indispensable. Entre aperitivos, conversaciones, música, baile, un buen baño y energía para muchas horas, la pareja espera que termine de hornearse un pastel, sin imaginar que su espontánea reunión sería frenada, irremediablemente.
Antes que nada, Un pastel para dos (Keyke mahboobe man/Irán/2024), dirigida y escrita por Maryam Moghadam y Behtash Sanaeeha es un retrato íntimo e inquietante de lo que algunas personas experimentan en la tercera edad, una vez que el “nido” se queda vacío, ya sea porque los hijos “vuelan” a buscar sus propios “aires”, o porque la pareja se adelantó en su camino hacia la trascendencia. Habrá quienes digan que se trata de la ley de la vida, aunque eso no quita lo complicado, frustrante y triste que podría resultar la ausencia de quienes más se ama.
La película disponible en MUBI expone una visión de la vejez difícil de digerir, en la que la vida se limita a la “convivencia” con la hija a través de videollamadas interrumpidas por nietos que exigen la atención de la madre; a reuniones anuales con las amigas, cuando antes se hacían cada mes, o a fingir que se sale a pasear con ellas, para que la hija no se entere y se preocupe de la soledad de la madre; a esperar a que llegue el sueño, muy entrada la madrugada y despertar sin ánimo, a mediodía; a guardar un vino por años, porque no hay con quien degustarlo; o a invitar a un extraño al hogar, porque no está cerca ningún allegado con quien compartir.
Dependiendo de donde se resida, la situación puede agravarse. En este caso, la trama de Un pastel para dos se desarrolla en Irán, donde existen agudas restricciones que buscan el cumplimiento de una moral (quizás, absurda e increíble al otro lado del mundo), que no ve con buenos ojos la compañía de un hombre a una mujer sola, mucho menos si son desconocidos, beben alcohol, hacen escándalo y molestan a los vecinos que se creen con el derecho de cuestionar lo que se hace en las otras viviendas.
Con una narrativa sencilla, pero funcional, un ritmo adecuado, actuaciones magistrales, un excelente guion, una impecable y extraordinaria escena que implica un catártico y liberador baile con unos tragos de más, y un final que lleva a cuestionar lo que se debe, puede y necesita hacer en la senectud, y lo que no, es imposible mantenerse al margen del filme, y es inevitable no pensar con él en la impresionante Elsa y Fred (2005), de Marcos Carnevale, con la inmortal China Zorrilla como la encantadora, atrevida y traviesa señora de edad avanzada que enamora a su tímido nuevo vecino (Manuel Alexandre). Véala… bajo su propia responsabilidad, como siempre.






