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Consumo de ultraprocesados, corazones viejos y enfermos

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¿Qué pensaría si le dijeran que su corazón es 10 años mayor que el resto de su cuerpo? Un estudio, realizado en un grupo de más de 12 mil personas, reveló que el consumo de productos ultraprocesados puede incrementar la edad cardiaca hasta una década.

Nunca hubo un estudio que examinara el consumo de alimentos chatarra y su afectación a la edad cardiaca. El estudio se basó en datos de la Encuesta Nacional de Examen de Salud y Nutrición (NHANES) realizada en los Estados Unidos. Se analizó a un grupo de adultos de entre 30 y 74 años, sin enfermedad cardiovascular o enfermedad cerebrovascular.

La clasificación del nivel de industrialización de alimentos se asignó según la estadística de procesamiento NOVA, siendo los alimentos ultraprocesados el nivel más alto. Este estudio calculó el porcentaje habitual de calorías de los alimentos ultraprocesados y utilizó algoritmos de edad cardíaca de Framingham específicos por sexo para calcular la edad cardíaca.

Se concluyó que en el grupo más alto hasta un 63 por ciento de las calorías diarias provenían de alimentos procesados, aumentando entre 9.2 y 10.5 años su edad cardiaca. El grupo más bajo promedió un aumento de 7 años en edad cardiaca.

 

 

Chatarra y enfermedades no transmisibles

Los alimentos ultraprocesados pueden ser muy sabrosos, eso gracias a una mezcla de sabores que son debilidad del paladar y uno que otro truco químico: dulce, grasa, picante o potenciadores de sabor, como el glutamato monosódico, presente en muchas de las variedades de botanas saladas que circulan en el mercado, son algunos de los ejemplos.

En general, su aporte nutricional es muy bajo o nulo, pero su sabor hace que sea difícil evitarlos. El problema radica en que gran parte de estos productos son altamente calóricos, y al no ser evitados como se debe, son parte importante de una dieta desbalanceada.

Un estudio realizado en México, con datos de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición 2012 (ENSANUT), investigó la asociación entre el aporte energético de los alimentos ultraprocesados y la ingesta de nutrientes relacionados con enfermedades crónicas no transmisibles.

En la investigación se analizó la ingesta de azúcar añadida, grasa total, grasa saturada, proteína, fibra dietética y densidad energética de la dieta en una muestra de más de 10 mil personas.

El estudio concluyó que el grupo más alto consumió el 64.2 por ciento de sus calorías diarias en forma de chatarra. Si dividiéramos la ingesta de calorías recomendada para un día en tres comidas, este grupo habría hecho dos comidas a base de pura chatarra y una comida normal.

El azúcar consumido a través de alimentos ultraprocesados osciló entre el 7.4 y el 17.5 por ciento del recomendado de calorías diarias, es decir de 37 a 88 gramos de ingesta de azúcar entre el grupo más bajo y el más alto.

El consumo desmedido de azúcar se asocia con enfermedades crónicas tales como obesidad, diabetes, enfermedad cardiovascular e incluso caries dental.

En cuanto a las grasas, se consumieron entre 68 y 74 gramos de grasas totales, de las cuales entre 21 y 29 gramos fueron de grasas saturadas.

El consumo de grasas provenientes de alimentos chatarra genera respuestas inflamatorias e inmunológicas en el cuerpo, lo que a su vez nos expone a enfermedades. Cuando se tiene obesidad, las propias células grasas de una persona pueden provocar una compleja reacción en cadena que puede perturbar aún más el metabolismo y debilitar la respuesta inmunitaria, lo que pone a las personas en mayor riesgo de sufrir malos resultados a causa de diversas enfermedades e infecciones, un círculo vicioso.

Gracias al estudio se pudo asociar el gran aporte energético que se obtiene de la comida chatarra y la baja calidad de la dieta. La cantidad de proteína y fibra dietética fue inversamente proporcional en los grupos observados. A mayor ingesta de azúcares y grasas, menor cantidad de nutrientes sanos.

El estudio revela la necesidad de identificar las barreras que no permiten a la población alimentarse sanamente, con productos no procesados o poco procesados, así como el uso de estrategias de salud pública y políticas que derriben dichas barreras.

Artículo publicado el 24 de enero de 2021 en la edición 939 del semanario Ríodoce.

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