abril 10, 2020 3:21 am

‘Joker’ y ‘Parásitos’

óscares

Si la irritación, la desesperación y la movilización colectiva es lo que define a Joker, la cinta cinematográfica estadounidense del director estadounidense Todd Phillips; la resistencia, la voluntad y la imaginación para trampear la riqueza es lo que caracteriza el filme Parásitos, del director coreano Bong Joon-ho.

Esto que se ha presentado como un cambio en el paradigma del cine contemporáneo es en realidad una vuelta al cine sociopolítico que ya se hacía en los tiempos de lo mejor del cinematógrafo italiano, francés o irlandés, incluso latinoamericano, pero que había desaparecido por la sombra omnisciente de las grandes superproducciones estadounidenses (Que, dicho de paso, en esta edición de los Oscar, quedaron reducidos a nada y especialmente el portal streaming de Netflix).

Es una crítica en el fondo a modelos económicos excluyentes y atmósferas discursivas políticamente correctas, para con gran intensidad volver con nuevas historias, y poner nuevamente el acento en el individuo en sociedades tendencialmente uniformes, globalizadas, donde se une hasta el estereotipo de los consumos, pero también por las carencias de lo básico. Los pobres lo serán independientemente que sean asiáticos o americanos, europeos o africanos, blancos o negros, morenos o amarillos.

Quizá por eso el tratamiento de esos individuos; en Joker es la masa irritada la que toma por asalto la calle y una sociedad pautada por la segregación y marginalidad que reclama un ritmo marcado por la intensidad de lo incendiario; en tanto, Parásitos se inscribe en atmósferas cerradas, asfixiantes, cómo lo indica que más del 90 por ciento de la película, a la vista de buen cubero, transcurre en oficinas, autos, sótanos y una casa amplia que se convierte en una aspiración de la familia Kitaek-Sook.

Una vez que esta familia pobre va empleándose mediante métodos poco éticos en la casa de los Park y obteniendo su confianza, al punto de salir y dejar la casa bajo control de la ama de llaves, la señora Sook, organiza una borrachera aprovechando la ausencia de sus patrones. El patriarca de la familia Kitaek-Sook se sincera bajo los efluvios del alcohol mostrando su ambición de lograr algún día un 25 por ciento de lo que la familia huésped tenía de patrimonio.

Esta forma de resistencia, medio de resignación colectiva, es un acto de voluntad para salir adelante como sea necesario, a cualquier soto y riesgo, y así romper esa diferencia en la estratificación social, no como un acto revolucionario como lo plantearía el filósofo alemán Friedrich Hegel, cuando explora lo que el ruso Alexandre Koyeve llamara la “dialéctica del amo y el esclavo”, y en esa relación lograr lo que otros no se atreven porque simplemente no corren el riesgo de asumir ese papel de resistente, contestatario e irreverente ante lo establecido.

La dinámica de las sociedades contemporáneas, especialmente las democracias industrializadas, tienden a uniformar con mayor énfasis los valores del neoliberalismo. Esto es el individualismo como mecanismo de sobrevivencia, el egoísmo como forma de relación social, la ambición como apetito de superación inconmensurable y la renuncia a la protesta, como forma de vida conformista o reducida al ámbito de la familia.

Sin embargo, las sociedades son más complicadas que este tipo de paradigmas, entonces, la trasgresión individual o colectiva es una posibilidad de salir adelante. Y hasta podríamos decir que la frase rectora de cualquier sicario culichi vale en este mundo globalizado hasta la deshumanización: “Más vale vivir una vida corta, pero a todo lujo; que una vida larga, pero de perro”, subyace a está figura de “parásitos”, que pululan en las grandes y pequeñas ciudades de todo el mundo.

Sin embargo, la mayor desgracia, es que hay tantos “parásitos”, que la competencia se vuelve inmediata, irrefrenable, inquietante, y salta en cualquier momento y circunstancia, llevando a la frustración inconsciente de la resistencia a quedar reducido a la masa. A esa masa, donde todos tenemos un lugar.

La película de Bong Joon-ho, sin duda alguna, es inteligente y oportuna. La trama está bien construida con sus matices de tragedia y humor, la actuación de cada uno de los personajes es sobria pero puntual con los énfasis necesarios, la música acorde con la trama en los momentos culminantes y, sorprendentemente, es una película que no debió ser cara porque la tragedia moderna transcurre, como se señala anteriormente, en espacios cerrados y los actores son verdaderos desconocidos para el mundo de Hollywood.

En definitiva, la vuelta a un cine realista con “cara humana” es una buena noticia en un tiempo en que el neoliberalismo ha construido el relato de que, solo haciendo un gran esfuerzo individual, llevando al extremo las capacidades físicas y mentales, es posible sobrevivir en la jungla en que todos estamos metidos. Luego el cine con este tipo de películas cumple con la tarea de provocar la reflexión sobre nuestras vidas en un mundo extrañamente difícil. Hay que disfrutarla.

Artículo publicado el 16 de febrero de 2020 en la edición 890 del semanario Ríodoce.

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