Malayerba: Buenos días

Malayerba: Buenos días

Cuando escuchó ruidos en la casa de al lado pensó, Esto se va a arreglar. Hay gobierno.

Pero se equivocó. La decepción le pesó en el occipucio al ver aquel hombre alto y fuerte caminando tranquilamente. Lo soltaron, pensó.

Los ruidos que había escuchado dos noches atrás se debían a un operativo realizado por el Ejército. Habían llegado hasta esa vivienda y todo parecía indicar que ahí vivían algunos pistoleros y que el inmueble era usado como casa de seguridad.

Se asomó recorriendo con discreción la cortina de la ventana. Los del Ejército, con sus fusiles y sus armas getrés y chalecos antibalas, llevaban sujetado a un hombre que traía pasamontañas, a quien había visto pasearse días antes por el lugar.

El hombro volvió como quien regresa de la tienda de la esquina. Caminó bajo ese sol inclemente y soberbio de julio, todo de negro, ya sin esposas, con una pistola que le hacía bulto en el lado derecho de la cintura.

La maestra se entristeció. Acababa de llegar al pueblo y sintió un trago amargo que se le atoraba a mitad de la garganta, oxidándola por dentro. Nubló su mirada y dejó caer de nuevo la cortina sobre el vidrio de la ventana y la pared.

Los hombres esos aparecieron una mañana, dueños de la comunidad. Era curioso ver a los policías de la Municipal y la Ministerial en sus cuarteles. Atisbando a ratos. En las puertas, con sus armas largas, nomás mirando.

Acuartelados, sin voluntad, inmóviles: testigos pasivos de una realidad avasallante que los convierte en lacayos de los nuevos jefes de la región: los encapuchados.

Nadie decía si eran vecinos de ahí o si los habían traído de otra comunidad cercana. Tampoco había explicaciones ni preguntas acerca de si habían llegado del centro o del sur del país, de un estado vecino o si eran agentes de otras corporaciones o militares infiltrados.

Andaban por ahí, por la calle o la plazuela. El mercado, el supercito y el expendio. Se les veía sentados en las bancas o en la banqueta, recargados en bardas: vigilando, preparándose para los siguientes golpes, atentos a nuevas visitas u operativos de las fuerzas del orden.

Pero no, el orden eran ellos. La mayoría se veían jóvenes y enhiestos. Todos con capucha, con el fusil colgando al hombro y atado a la mano: las pecheras para colocar cargadores abastecidos y radios de comunicación, con los chalecos antibalas, armas cortas en las sobaqueras.

Y ella tenía que ir a la escuela, encontrarse con ellos en la fila de las tortillas y vigilando el mercado y la plazuela. Los niños llegaban azorados, de la mano de padre o madre, también atolondrados. En el recreo imperaba un silencio de sables y fuscas.

La señora del supercito y el hombre del expendio de cerveza parecían tener la sonrisa tatuada e inexpresiva. Los ojos gritaban algo que nadie oía. Las mejillas estaban siempre ruborizadas, a la expectativa.

Un zumbido de balas que nadie disparaba los perseguía.

Y los encapuchados no decían nada. Caminaban, se paraban, revisaban sus armas y se iban. Estaban por todos lados, ya instalados, en esa vida colectiva y rutinaria. Eran parte de la escenografía: el terror instalado, conviviendo, metido en las silentes anginas.

Y a ella le daban pavor. Aunque no dijeran majaderías. No frente a ella. Porque eso sí, eran muy educados y hasta le daban los buenos días.

Artículo publicado el 26 de abril de 2026 en la edición 1213 del semanario Ríodoce.

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