El paisaje fue un tema siempre presente en la vida de Roberto Pérez Rubio, en la exposición Terra Nostra llevada a cabo en la GAALS en 2012, el artista lo aborda desde tres perspectivas distintas: el diseño de paisaje, la instalación y la pintura.
El jardín como preámbulo
El artista incluyó en el proyecto de exposición una propuesta de paisajismo urbano, la cual originalmente pretendía integrar el Centro Cultural Genaro Estrada y la ribera del río Culiacán, uniendo arte y naturaleza. Una intervención urbana tan pertinente entonces como ahora. Lamentablemente el plan no se cumplió en su totalidad; en dibujos quedaron el sendero que conectaba río y arte, el vivero para reproducir plantas endémicas, un espacio escultórico y la rehabilitación de todas las jardineras del centro cultural. Lo que afortunadamente sí se llevó a cabo fue la fase del proyecto que contemplaba la renovación del patio central del conjunto cultural arquitectónico, una condición necesaria para llevar a cabo su exposición. Pérez Rubio realizó algunas modificaciones de diseño a la planta original del patio que incluía cambio de algunas zonas del piso, remates de piedra lavada en las tarimas, destinó una de las tarimas como foro al aire libre, diseñó e instaló la banca perimetral de la jardinera, renovó la macetera, sustituyó las plantas existentes por unas más adecuadas al entorno, tanto de la jardinera central como de las macetas de alrededor; además colocó en diferentes puntos del patio piedras (sin petroglifos) traídas exprofeso de Las Labradas a manera de esculturas.
Un artista conceptual
La conceptualización y experimentación caracterizaron la producción del maestro, quien incluyó la instalación en su corpus de obra. Para la exposición referida, el artista se valió de la instalación, una estrategia de producción artística contemporánea cuyas premisas productivas conocía tanto desde la teoría como desde la práctica, para abordar la relación entre espacio expositivo y obra expuesta y la geometría de los valles agrícolas sinaloenses.
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A diferencia de la escultura, el reto de la instalación está en realizar una pieza que ocupará un lugar que inevitablemente está cargado de significados. Las instalaciones son propuestas que tienen lugar en un espacio con el cual establecen un diálogo sensible y toman forma a partir de las características tanto físicas, sociales y emocionales del lugar preseleccionado, lo que afecta directamente la experiencia vivencial de los usuarios de dicho espacio. La obra Lever del artista Carl André, formada por una simple fila de ladrillos colocados sobre el suelo, es precursora del cambio en la forma de producción escultórica al pasar de los objetos o estructuras que se colocan en el espacio a las esculturas que definen el lugar e involucran al espectador a través del recorrido. Roberto Pérez Rubio aprovechó la exposición para hacer un reconocimiento a Carl André. En el tercer piso de la GAALS montó la pieza titulada Homenaje a Carl André, compuesta por cuatro variaciones de la línea de Lever, elaboradas con bloques de arcilla provenientes de una ladrillera de la Loma de Rodriguera. El despliegue de estos elementos constructivos evidenciaba las formas geométricas invisibles cubiertas de concreto del espacio expositivo, formas soterradas generadoras de otras formas.
Experiencias envolventes
Además de la pieza homenaje, Pérez Rubio articuló un espacio temporal de naturaleza dentro de la construcción arquitectónica del espacio expositivo, la instalación Terra Nostra, pieza que da nombre a la exposición. Terra Nostra —la instalación— invitaba a reconstruir la geometría del paisaje de los campos agrícolas a través de una experiencia sensorial envolvente que se activaba durante su recorrido e invitaba a experimentar el paisaje no como un lugar físico, sino como una serie de ideas, sensaciones, sentimientos y recuerdos elaborados a partir del entorno.
El espacio elegido para la intervención fue el mezanine, una especie de cueva horizontal que contrasta con la verticalidad de los espacios interiores de la galería. El artista interviene ambas alas de la cueva para llenarlo con dos momentos del paisaje que corresponden a las dos estaciones climáticas reales de Sinaloa: lluvias y secas. El ala derecha del mezanine es el momento verde, un cuadrado de pasto y tierra desplegado en el piso con algunos montículos y piedras, la pieza es una referencia a las formas geométricas abstractas de los campos de cultivo agrícola de nuestro entorno: rectilíneos, seriales, verdes, con algunas ondulaciones regulares producidas por el crecimiento desigual de los cultivos. Dejando de lado el carácter capitalista de la agricultura industrial, las retículas geométricas de los campos de cultivo de los valles del estado de Sinaloa son un componente importante de nuestro entorno y de nuestros recuerdos, paisajes artificiales construidos por la acción humana integrados en nuestra identidad social.
En el ala izquierda de ese centro artificial de la tierra, el contorno del cuadrado perfecto del campo se desdibuja, y da lugar a la imagen no tan perfecta de otro momento del ciclo: los remanentes de la cosecha. Las formas onduladas del suelo permanecieron, aunque ahora cubiertas de dorada y crujiente hojarasca. Para intensificar la experiencia sensorial de los visitantes, ambos momentos de la pieza se enriquecieron con aromas vegetales y minerales que desprendían los círculos monocromos, bidimensionales, texturizados, montados a pared, cuya materia prima eran especias, semillas, granos y tierras sin color añadido: comino, orégano, pimienta, anís, cal, café, barro, carbón, arena y chapopote. Además de su función aromática, estos elementos también cumplían una función visual en la composición de la instalación: ampliaciones para observar la composición y textura de las tierras y de sus sémolas.
Todos los componentes de la pieza eran naturales —vegetales o minerales— y aunque no estaban dispuestos para que el espectador los sintiera al tacto o realizara alguna acción con ellos, son elementos vivos en acción constante. Este proceso de auto-transformación lograba envolver al espectador en una serie cambiante de sensaciones, la humedad y el encierro acentuaban los olores, otorgándoles mayor consistencia, el olor a naturaleza flotaba permeando el ambiente de la GAALS. Los olores y las provocaciones táctiles en todo el cuerpo, creaban un estado de percepción alterada en el espectador, que lo hacía más consciente de su cuerpo sintiente, más aún que la experiencia vivida durante un paseo habitual en algún jardín exterior en donde la atención se focaliza en la contemplación.
La naturaleza emplazada en un ámbito artificial pareciera potenciar sus cualidades, lo que contribuye a agudizar los procesos perceptivos de los visitantes que experimentan este tipo de piezas, quienes a partir de la activación sensorial son conducidos a reflexionar sobre su entendimiento y percepción del entorno y a experimentarse como extensión de la tierra.
Artículo publicado el 15 de febrero de 2026 en la edición número 21 del suplemento cultural Barco de Papel del semanario Ríodoce.



