Cuando pienso en la oscura estatua de Giordano Bruno en Campo dei Fiori, en Roma, apuntando con su dedo acusador al Vaticano, no puedo dejar de pensar en los horrores cometidos por la Iglesia Católica en su defensa no de la religión, sino de una institución que se alejó de lo espiritual y de lo humano para perseguir la duda y la razón científica, el libre pensamiento y cualquier idea que se apartara de los intereses políticos de la curia Romana. Las ideologías políticas tampoco han sido ajenas a los crímenes y a los genocidios, Stalin no desmerece en crueldad a la de Hitler, los crímenes de Mao no son menores a los causados por las bombas atómicas que Harry S. Truman autorizó lanzar sobre Hiroshima y Nagasaki, ni las mortandades de Pol Pot deslucen frente a las que Netanyahu ha practicado en Palestina. A veces se pretende hacer un mito de un pasado nacional para justificar la nobleza de un pueblo y sus valores morales, culturales.
En diciembre visité varios sitios arqueológicos de origen maya. Debo decir que fue un viaje maravilloso y sorprendente. Después de siete horas de viaje en el tren, en el que no vimos selva sino un paisaje verde dominado por terrenos ganaderos y de monocultivo, arribamos a Palenque. El taxista que nos llevó al hotel era muy bromista y de pronto nos dijo: “Ah que la Chingada. Acabamos de pasar enfrente. El Peje casi no sale, a veces se le ve en el supermercado, pero ese hombre es un Ermitaño.” La Chingada apenas se distingue, pues tiene portón oscuro que se confunde con el de otras casas. “Pero adentro se abre el terrenito”, nos aclaró el taxista. Al día siguiente fuimos a Yaxchilán, a donde es necesario llegar en lancha, navegando unos 45 minutos por el Usumacinta, el río que divide a Guatemala y México. Tras el asombro de Yaxchilán, una camioneta nos trasladó a Bonampak. En los límites de las pirámides nos esperaban unas van conducidas por lacandones, que son quienes administran el sitio arqueológico, para evitar que el turismo invada de basura y cause daños al patrimonio histórico y a la selva.
Luego de ver el sitio arqueológico bajo presión porque cerraban temprano el lugar, nos dirigíamos a la salida cuando escuché que un joven guía contaba que durante siglos se pensó o se quería pensar que los antiguos mayas eran pacíficos. Más tarde se descubrió que vivieron más de mil quinientos años de esplendor social y de guerras. Dinastías imperiales crearon alianzas para acabar con sus enemigos y apoderarse de sus territorios, de sus recursos y de su gente para convertirlos en esclavos. Narraba con voz apasionada a unos niños azorados y a sus padres cómo los matrimonios habían creado alianzas y lealtades para destruir enemigos comunes. Describía a detalle las batallas y los sacrificios humanos que requerían la ruptura de la caja torácica para extraer el corazón o el uso de hachas de obsidiana para cortar las cabezas. La princesa de Yaxchilán se casó con el señor de Palenque y juntos emprendieron guerras para acabar con sus enemigos. “El error —subrayó el joven lacandón—, fue que invadieron Toniná y les perdonaron la vida a los niños. Sí, fue un error porque tiempo después esos mismos chicos se convirtieron en guerreros que vengarían a sus ancestros y acabarían con Palenque. Exterminaron a sus habitantes. Porque los mayas, cuando derrotaban a otros pueblos enemigos, no sólo los vencían, los aniquilaban, no dejaban con vida a hombres, mujeres ni niños, también destruían sus pirámides y sus grandes obras artísticas. No sé cómo, pero siempre, de los escombros surge la venganza. Como ninguna otra actividad, la guerra demanda recursos naturales, tala de árboles, por ejemplo. Es para la guerra que se levantan templos y pirámides, se sacrifican vidas, siempre de los de abajo, siempre para saciar la codicia de los poderosos, que no se sacia, para calmar la sed de sangre y de vanas glorias. A veces, la memoria, como la naturaleza, recupera su lugar entre las piedras, sale de la oscuridad para mostrarnos los vestigios del horror y la belleza”. Un niño, casi adolescente, levantó la mano y preguntó si esas masacres eran como las actuales. El joven guía hizo una pausa antes de contestar. “El mundo maya tuvo mil quinientos años de esplendor civilizatorio. Cuando los españoles llegaron, hacía más de 750 años que había desaparecido a causa de las guerras y la destrucción de los ecosistemas. No había misiles ni bombas nucleares. El odio al hombre es el odio a la naturaleza. Si no dialogamos con la naturaleza tampoco sabremos dialogar con la humanidad y mañana seremos olvido sin grandeza.”
Artículo publicado el 21 de junio de 2026 en la edición número 25 del suplemento cultural Barco de Papel.







