‘Un día 28 de enero’, la memoria filmada de una infancia marcada por la violencia

‘Un día 28 de enero’, la memoria filmada de una infancia marcada por la violencia

En 2025, el cineasta sinaloense César Uriarte estrenó Un día 28 de enero, un largometraje documental que rápidamente se posicionó como una de las obras más significativas del cine reciente en México por su mirada íntima, honesta y profundamente humana sobre la infancia en contextos de violencia.

La película, producida con el apoyo de IMCINE y FOCINE, sigue el reencuentro de tres jóvenes de Culiacán —Fabiola, Josué y Francisco— quienes, seis años antes, habían participado en un taller de cine que les permitió expresar sus miedos y vivencias en una ciudad donde la violencia se ha normalizado.

El origen del proyecto se remonta a 2016, cuando Uriarte impartió un taller de cinematografía en una escuela primaria de Culiacán. Allí conoció a los tres niños, entonces de 11 años, quienes compartieron con él no solo su curiosidad por el cine, sino también las fracturas emocionales que atravesaban sus vidas: hogares rotos, inseguridad cotidiana y un entorno donde la figura del sicario aparecía como un personaje omnipresente, no desde el morbo, sino desde la inocencia con la que intentaban comprender el mundo.

Aquel primer acercamiento derivó en un cortometraje que funcionó como un espacio de catarsis y reflexión. Pero lo que parecía un ejercicio aislado se transformó, con el paso del tiempo, en una necesidad narrativa: ¿qué había sido de esos niños? ¿Cómo habían crecido en un entorno que no dejaba de tensarse? ¿Qué había cambiado en ellos y qué permanecía intacto?

Con esas preguntas, Uriarte decidió reencontrarse con los tres jóvenes seis años después para filmar un nuevo capítulo de sus vidas. El resultado es Un día 28 de enero, un documental de 70 minutos que se adentra en la memoria, la pérdida de la inocencia y la resiliencia.

La película no busca explicar la violencia desde cifras, discursos oficiales o análisis sociológicos. Su fuerza radica en la mirada de quienes la viven desde dentro, desde la cotidianidad. Fabiola, Josué y Francisco no son personajes construidos: son jóvenes que crecieron en un territorio donde la violencia dejó de ser excepcional para convertirse en paisaje. A través de sus testimonios, el documental revela cómo la infancia se adapta, se protege y, a veces, se endurece frente a un entorno hostil.

La cámara de Uriarte —acompañada por la fotografía de Miguel Zetina— se mantiene cercana, respetuosa, sin invadir. No hay dramatización ni artificio. Lo que se muestra es la vida tal cual: silencios, gestos, miradas que dicen más que las palabras. La edición de Kryhzal Olalde Dávila construye un ritmo que permite al espectador entrar en la intimidad de los protagonistas sin caer en el sensacionalismo.

El documental se convierte así en un espejo que devuelve una imagen incómoda pero necesaria: la de una generación que ha crecido aprendiendo a convivir con el miedo, pero también con la esperanza de encontrar otros horizontes.

Uno de los ejes más potentes de Un día 28 de enero es la manera en que el cine aparece como un espacio de refugio y transformación. Para los tres jóvenes, el taller de 2016 no fue solo una actividad escolar: fue una oportunidad para nombrar lo que les dolía, para imaginar otros mundos posibles y para reconocerse en sus propias historias. Uriarte retoma esa semilla y la convierte en un hilo conductor que atraviesa toda la película.

El reencuentro seis años después no solo documenta el paso del tiempo, sino también la manera en que el arte puede acompañar procesos personales y comunitarios. Como señala el crítico Ernesto Diez-Martínez, Uriarte presenta “retazos de vida en formación” que buscan horizontes distintos pese —o quizá gracias— al entorno en el que crecieron. La película, en ese sentido, no es solo un registro: es un acto de acompañamiento.

El documental sitúa a Culiacán no solo como locación, sino como un personaje más. La ciudad aparece en su complejidad: calles, escuelas, barrios, sonidos, silencios. No hay estigmatización ni exotización; hay, en cambio, una mirada que reconoce la belleza y la dureza del territorio.

La normalización de la violencia —tema central de la película— se muestra desde la perspectiva de quienes la viven sin haberla elegido. Los jóvenes hablan de sus miedos, de sus pérdidas, de sus sueños. Y en ese contraste entre vulnerabilidad y fortaleza, la película encuentra su mayor fuerza.

Aunque César Uriarte ya había dirigido varios cortometrajes, Un día 28 de enero marca su debut en el largometraje. La obra confirma la sensibilidad del cineasta para trabajar con historias reales y para construir narrativas que dialogan con problemáticas sociales sin perder la dimensión humana.

El documental también destaca por su producción independiente, apoyada por IMCINE y FOCINE, lo que subraya la importancia de los estímulos públicos para proyectos que buscan contar historias desde las comunidades y no desde los centros de poder.

Un día 28 de enero es, ante todo, un testimonio. Un recordatorio de que detrás de cada estadística hay vidas concretas, infancias interrumpidas, sueños que buscan sobrevivir. La película no ofrece soluciones ni respuestas fáciles. Su apuesta es otra: mirar de frente, escuchar, acompañar.

En un país donde la violencia ha dejado cicatrices profundas, el documental de Uriarte se convierte en una obra imprescindible para comprender cómo se vive —y cómo se crece— en medio de la adversidad y de la violencia cotidiana que se vive actualmente en Culiacán y Sinaloa. Es también una invitación a pensar en el papel del arte como herramienta de memoria, resistencia y transformación.

Con esta ópera prima, César Uriarte no solo entrega una película conmovedora y necesaria: abre un camino para seguir contando las historias que importan, las que nacen desde la comunidad y hablan con la voz de quienes rara vez son escuchados.

Artículo publicado el 21 de junio de 2026 en la edición número 25 del suplemento cultural Barco de Papel.

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