Marilyn Monroe nació el 1 de junio de 1926 en Los Ángeles, California, misma ciudad que sería testigo de sus penurias, de sus frustraciones, de sus triunfos y sus grandezas. Hasta de su misterioso suicidio ocurrido el 5 de agosto de 1962, el cual, hasta la fecha, está atascado de misterios y de políticos gringos del calibre de John y Robert Kennedy, además de J. Edgar Hoover, el primero presidente de los Estados Unidos, asesinado el 22 de noviembre de 1963, el segundo, al momento de la muerte de la diva, fiscal general de los Estados Unidos que, más tarde, en 1968, cuando hacía campaña para la Presidencia de USA, sería victimado por un joven de 22 años llamado Shiran Shiran, el tercero, con apellido de lavadora, fundador del FBI.
Con los dos primeros tuvo sonoros amoríos, el otro la investigaba por sus presuntos nexos con grupos comunistas, entonces algo peor que estar metido en sectas satánicas.
Según la historia, se había tomado una cantidad de barbitúricos capaz de matar a quince personas. Según las otras historias, uno de los paramédicos que llegó a atenderla le inyectó una solución en uno de sus pechos, ya muerta. Otras más dicen que los dos integrantes del clan Kennedy fueron los primeros en llegar ante la suicida, que había dejado el teléfono descolgado en otro de los misterios que quedaron al paso de esa muerte insólita, pues se comenta que esa última llamada se dio entre el presidente de los Estados Unidos y la presunta suicida.
Cierto, la infancia de Norma Jeane Mortenson, así registrada al nacer, o de Norma Jeane Baker, como fue bautizada, parece de película del sueco Bergman, es decir: truculenta. Hija de Gladys Monroe Baker, prostituta de profesión, y de varios nombres que se manejan en cuanto al padre, fue dada en adopción desde las seis semanas de nacer y a los siete años es recuperada por su madre, pero solo viven juntas durante un año, pues a Gladys la recluyen en un hospital psiquiátrico por “adicción sexual” y la niña vuelve a la adopción. Uno ve fotos de esa pequeña rodeada por el infortunio y reconoce la magnitud del espíritu para poder sacar, por encima de todo, una hermosa sonrisa.
Un toque más daría a su infancia el carácter de terriblemente inolvidable: es violada a los nueve años. Una película insoportable, creo que ni Bergman la hubiera hecho tan colgada. Bien dice Ernesto Cardenal en su oración por ella: “Señor: recibe a esta muchacha conocida en toda la Tierra con el nombre de Marilyn Monroe, / aunque ese no era su verdadero nombre / (pero tú conoces su verdadero nombre, / el de la huerfanita violada a los 9 años / y la empleadita de tienda que a los 16 se había querido matar) / y que ahora se presenta ante ti sin ningún maquillaje / sin su agente de prensa / sin fotógrafos y sin firmar autógrafos / sola como un astronauta frente a la noche espacial”.
En 1946, tras un matrimonio con Jimmy Dougherty, un joven irlandés con el que se casó a los 16 años, Norma Jeane, que para entonces ya era una belleza admirada por toda la Unión Americana por su aparición en diversas revistas, deja ese nombre para colocarse el de Marilyn Monroe. El nombre, porque estaba de moda, el apellido como un estremecedor homenaje a su madre. Esta mezcla de actitudes sería el distintivo de la diosa platinada, que en realidad tenía el cabello oscuro: su aparente tontería encubriendo un dolor profundo. Una de sus frases lacerantes lo dice mejor: “En Hollywood te pueden pagar 1.000 dólares por un beso, pero solo 50 centavos por tu alma”.
Con su nuevo nombre parece esquivar a la desgracia que la acompañaba desde los primeros días. Su ascenso al estrellato es súbito. Tiene 20 años y el mundo a sus pies: todos amaban a esa mujer de ojos entornados y toda la perfección de formas concebibles, diciendo cualquier cosa con una ingenuidad enternecedora que daban ganas de ir a cuidarla a la camita y contarle un cuento para que se durmiera, que dejara los valiums que la hacían olvidarse de que estaba en la tierra y, al mismo tiempo, amarla con locura.
¿Qué podía pedir esa mujer que circulaba en la vida con nombre falso que no se le concediera? Nada y al mismo tiempo todo. Buscó llenar su vacío existencial en un matrimonio con el mejor deportista del momento: el elegante y talentoso Joe Dimaggio, poseedor hasta la fecha del récord de 56 partidos consecutivos bateando de hit. Era el matrimonio que querían todos los gringos, como de guion de película, pero como la de Marilyn era una película terriblemente torcida, plena de soledad, de angustias, de temores, de inseguridad, tan solo duró nueve meses: “incompatibilidad de carreras”, dijeron los abogados. Aunque Dimaggio la siguió amando hasta después de muerta. Cada cinco de agosto llegaba ante su tumba con un ramo de flores.
Al no hacerla en el deporte, buscó el intelecto. Arthur Miller, uno de los grandes dramaturgos norteamericanos fue su tercer esposo. La relación, aunque llena de platos rotos y mentadas mutuas, pero también de detalles, como el hecho de que Miller hiciera varias obras basadas en ese portento que tenía por mujer, terminó tras cinco años. No podría decir que Marilyn volvió a la soledad, porque nunca pudo desprenderse de esta. Fue la penitencia que tuvo que cargar de por vida por ser depositaria de tanta belleza.
Como ni el deporte ni el intelecto le fueron bien, buscó la política. No se iba a andar por las ramas. Directo a los personajes más destacados en ella: los Kennedy. Como ambos estaban casados, los podía tomar por partida doble y cantarle el 19 de mayo de 1962, a tres meses de ¿su? fatal decisión, el Happy Birthday a John F. Kennedy con un coctel de píldoras y alcohol en el cerebro. Pachequísima la pobre solitaria. Si con el beisbol soportó nueve meses y con la dramaturgia cinco años, con la política, que es más cruel, no duraría casi nada.
Vuelvo a la oración de Ernesto Cardenal: “La película terminó sin el beso final. / La hallaron muerta en su cama con la mano en el teléfono. / Y los detectives no supieron a quién iba a llamar. / Fue como alguien que ha marcado el número de la única voz amiga /y oye tan solo la voz de un disco que le dice: Wrong Number / O como alguien que herido por los gangsters / alarga la mano a un teléfono desconectado. Señor: quienquiera que haya sido el que ella iba a llamar y no llamó / (y tal vez no era nadie o era alguien cuyo número no está en el directorio de los Ángeles) /¡contesta tú al teléfono!”.
De la misma forma en que Jean-Baptiste Grenouille, el personaje de El Perfume, de Süskind, nace en medio de la peste para luego ir en busca de los aromas más exquisitos y enloquecer a la gente, aquella niña nace en medio de la total fealdad del mundo para, a partir de ahí, llenarlo de belleza, de alegría, de sonrisas, de inocencia, de seducción, de erotismo, de ludismo. Las siete maravillas del mundo reunidas en una sola mujer. En una mujer sola. ¿Cómo pudo caber todo el universo en un sitio tan pequeño?
Artículo publicado el 21 de junio de 2026 en la edición número 25 del suplemento cultural Barco de Papel.



