La fila es larguísima. Liv y yo apretamos los boletos en la mano como quien se agarra a una esperanza; no queremos que nos los arrebaten. Sabemos que miles de personas se quedaron fuera; la gente que no alcanzó entradas se molestó, acusó de fraude. Amigos me escribieron esperanzados, creyendo que yo podría tener boletos. No era así, pues yo apenas me aferraba al par que traía en mis manos. Caminamos buscando el fin de esa línea humana, pero era imposible divisarla. Fue la única vez que utilicé mi gafete de staff: se lo mostré al encargado del acceso y nos dejó pasar. Era Carmina Burana, concierto estelar del año de la Orquesta Sinfónica Sinaloa de las Artes. El Instituto Sinaloense de Cultura celebraba su 50 aniversario con un evento ambicioso.
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La OSSLA es un milagro en una tierra necesitada de ellos. En este lugar, los creadores tienen algo de locura. Así fue como, en septiembre de 2001, nació la Orquesta Sinaloa de las Artes. Su director: el maestro Gordon Campbell.
En su origen debe haber algo de esa necedad propia de quienes violentan su realidad. Cuenta Jaime Félix que Enrique Patrón de Rueda hizo notar: “Sinaloa ya es tiempo que tenga una Orquesta Sinfónica”. El director de DIFOCUR era Ronaldo González Valdés. Me lo imagino con la idea en mente, observando el páramo. ¿Cómo crear en el desierto? ¿cómo hacer brotar manantiales en la aridez.
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Encontramos localidades inmejorables. Asistimos como neófitos, rozando el esnobismo. Pero no nos queremos perder lo que, nos han dicho, será un acontecimiento memorable en la historia cultural de Sinaloa: la puesta en escena de la opus magnum de Carl Orff, estrenada en los caóticos años treinta en Fráncfort, en la Alemania de Hitler. Noventa años después de su creación, Carmina Burana, que tiene como texto esos poemas medievales que encantaban a Orff (y, hay que decirlo, a varios nazis), sería puesta en escena en Culiacán.
El concierto reúne a cientos de artistas: músicos, cantantes, danzantes. Estos últimos son, empero, los protagonistas. La rueda gira detrás de ellos mientras utilizan aquello que el ser humano utilizó primero para expresarse, ya desde sus orígenes más primitivos: su propio cuerpo.
Los cantos a la vida, a los placeres y la naturaleza nos llevan a otro tiempo; por unos minutos, lo que sucede afuera no existe. Estamos en una cápsula onírica impenetrable.
Afuera, Culiacán arde. Dentro, nos protegemos con las lágrimas que, lo noto, caen por las mejillas de más de uno.
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El primer concierto de la OSLA, según rememora Jaime Félix, fue el 25 de octubre de 2001 en el emblemático Teatro Ángela Peralta de Mazatlán, con Gordon Capmbell de director. En 2004 se amplió para convertirse en Orquesta Sinfónica Sinaloa de las Artes. Se presentó ese año en el Palacio de Bellas Artes.
Desde entonces, la OSSLA tuvo como labor paralela la formación de públicos.
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En el fondo del escenario se ve una multitud. ¿Cómo pueden caber tantos y no caerse encima?, pienso mientras admiro. Son el coro, el punto clave de esta obra. Arriba, guiándonos, se proyecta la letra de los cantos traducida del latín al español. No se olvidan de nosotros, los neófitos. La OSSLA crea públicos.
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En 2016 la OSSLA volvió al Palacio de Bellas Artes para celebrar sus quince años. Ya ese número era por sí mismo un hito. En aquellos años, Sinaloa no hacía mucho que había salido de una etapa oscura de su historia, sometida a la violencia del narcotráfico. En ese tiempo, la OSSLA se mantuvo, como lo hace ahora: resistiendo.
En aquel programa se rindió homenaje a José Ángel Espinoza Ferrusquilla en una gran gala que incluyó, además de obras del ilustre ciudadano de Choix, piezas de Chaikovski, Puccini y Ravel, entre otros.
El boletín de la Secretaría de Cultura que anunciaba el evento decía que se celebrarían “quince años de transformar la vida cultural del noroeste del país”.
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No era la primera vez que Carmina Burana llegaba a Culiacán. Sí era, empero, la primera de tal magnitud. Participaron la OSSLA, el Coro de Ópera de Sinaloa, el Taller de Ópera de Sinaloa, el Coro Universitario de la Facultad de Artes de la UAS, el Coro Infantil del ISIC, la Compañía Danza Joven de Sinaloa. Todos dirigidos por el director de la orquesta: Alexandre Da Costa.
Otro gran hito: un evento lleno de talento hecho en Sinaloa.
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En su cuarto de siglo, la OSSLA se convirtió en un elemento indispensable de la vida cultural sinaloense. En ese tiempo se ha transformado, ha experimentado, ha sufrido y se le ha aplaudido, tanto en su casa, el Teatro Pablo de Villavicencio en Culiacán, como en todo Sinaloa y en algunas partes del país.
Es nuestra carta de presentación, y nuestra esperanza en la transformación. La cultura es un hecho social, humano; es, por lo tanto, capaz de transformarse por acción consciente. Ese debe ser uno de los objetivos de la OSSLA, y en el que ha trabajado en estos casi 25 años.
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En un momento, las luces colorean nuestra piel de rojo.
El ciclo de la fortuna se ha terminado. No podemos detener el torrente de aplausos. Suben y bajan de intensidad como olas. Parecen interminables.
Salimos, nuestras manos siguen rojas, aunque ya no hay luz sobre ellas.
Al final, tuvimos una náusea de realidad. Nuestra cápsula onírica se desvanece, volvemos a donde partimos, pero somos distintos.
Artículo publicado el 21 de junio de 2026 en la edición número 25 del suplemento cultural Barco de Papel.





