El proveedor económico, trabajador, responsable; autoritario, estricto, firme, serio, de la última palabra, que impone reglas, ejerce disciplina y reprende faltas en el momento preciso; el directo, derecho, leal, justo, honesto; quien no muestra sus emociones, no expresa el afecto, ni es soporte emocional de sus hijos. Tradicionalmente, al padre se le tacha de todo lo anterior y, por si fuera poco, de no hacerse cargo de las labores de crianza, cuidados y educación de sus descendientes, aunque eso es sólo una de tantas lecturas.
Desde los estudios de género se afirma que cada contexto y momento histórico tendría sus propios significados y prácticas de paternidad: no existe una sola manera de ejercerla. La prueba fehaciente de ello es que, desde siempre, el cine ha contado historias en las que expone a todo tipo de padres, provenientes de cualquier país: el obligado a responsabilizarse, porque la madre no quiso hacerlo (No se aceptan devoluciones, 2013) o por quedar viudo (Paternidad, 2021); el que no procrea y asume el rol, o el que sólo contribuye biológicamente (Un papá pirata, 2019); el que asume la función a una edad temprana, debido a la ausencia del papá (Abel, 2010); el soltero que adopta para demostrar responsabilidad ante la novia (Un papá genial, 1999); el patriarca protector, leal y de respeto (El padrino, 1972); el sabio, consejero, responsable y ecuánime (El rey león, 1994).
A veces, sus formas no, precisamente, favorecen o satisfacen a los hijos, pero eso no significa que, al menos de fondo, deseen su bien: el protector extremista que encierra a su familia por casi 20 años, para que el mundo no la contamine (El castillo de la pureza, 1973); el estricto y autoritario que prefiere guardar las apariencias por encima de la felicidad de su hija (Una familia de tantas, 1949); el terco, caprichoso, que ya no sabe ni de sí mismo, debido a la demencia (El padre, 2020); el fantasioso e imaginativo, en espera de reivindicarse con su hijo (El gran pez, 2003); el machista, homofóbico, obligado a cambiar sus ideas (Billy Elliot, 2000).
Más allá de eso, están los de una conducta cuestionable y que, evidentemente, no buscan el bienestar de sus descendientes: el consumista, tramposo, estafador, deshonrado, corrupto, injusto, inequitativo, malvado y sínico Harry (Danny DeVito), de Matilda (1996), quien privilegia al hijo; ignora a la hija, la considera un estorbo y no le importa lo que haga, piense ni desee; minimiza la inteligencia de las mujeres y promueve que ellas sólo deben preocuparse por su aspecto y agradar. También, Jack (Jack Nicholson), de El resplandor (1980), que, debido a los traumas de su niñez, pasa de ser el proveedor, responsable, presente e involucrado, a un padre fuera de sí, desquiciado, violento, capaz de acabar con su familia. O bien, el perverso Helge (Henning Moritzen), de Festen: La celebración (1998), al que, en pleno brindis por su cumpleaños, su hijo lo acusa de abuso. No puede faltar Cruz Treviño Martínez de la Garza (Fernando Soler), el desobligado, borracho, mujeriego, violento de La oveja negra (1949), que enfrenta a su hijo por el poder.
Por fortuna, el cine posee padres realmente entrañables y significativos: Guido (Roberto Benigni), de La vida es bella (1997), quien sufre humillaciones e injusticias en un campo de concentración nazi, para ocultar una perversa realidad a su hijo; para protegerlo, con imaginación, creatividad y humor insuperables hace que una guerra parezca un juego, con recompensa de por medio. A Charlot (Charles Chaplin), por asumir en El chico (1921) una paternidad de tiempo completo, con un niño que encuentra en la calle –si bien, lo incluye en sus trampas y lo incita a los golpes para que se defienda, por otro lado, es amoroso, dedicado, comprometido, protector y presente.
La pantalla grande cuenta con Chris (Will Smith), de En busca de la felicidad (2006), quien, abandonado por su esposa, sin trabajo ni casa, no pierde la esperanza de un futuro mejor; aunque flaquea, duda y llora, también busca, pregunta, insiste y persigue su objetivo, sin dejar de alimentar, proteger, educar, aconsejar, consolar y animar a su hijo, a quien siempre le dice que debe cuidar sus sueños, así le digan que no puede. Por supuesto, tiene a Marlin, de Buscando a Nemo (2003), ese padre temeroso y ansioso que, después de perder a casi toda su familia, sobreprotege a su hijo, pero una vez que atraviesa el océano para liberarlo del cautiverio, entiende que debe confiar en las capacidades, habilidades y virtudes de su hijo, y soltarlo a que nade en sus propias aguas.
Indiscutiblemente, desde siempre, tanto fuera como dentro de la pantalla, en la realidad como el cine, rígidas o flexibles, viejas o nuevas, presentes o ausentes, distantes o cercanas, las paternidades se asumen, ejercen y representan de múltiples maneras, desde varones bien plantados en su función de proveer, educar, proteger, formar, acompañar y amar a sus hijos, hasta en quienes se hacen los desentendidos y le sacan al compromiso. Desde luego, entre un extremo y otro, la variedad es inagotable.
Artículo publicado el 21 de junio de 2026 en la edición número 25 del suplemento cultural Barco de Papel.







