Migrante

Migrante

Las luces azules y rojas de las torretas se cuelan entre las aberturas de la puerta como un rayo láser que les saca el alma. Las razones que llevan a un hombre a salir de su casa son muchas: hambre, miedo, pobreza. Cualquier razón es justificable. Por eso los perros no hacen preguntas, solo se abalanzan sobre ti con el peor odio que existe, el injustificado. Las cosas son más fáciles cuando no hay una brújula moral y lo único que importa son los actos.

Ellos no comparten nacionalidad ni un pasado en común, solo el presente de estar juntos en esa casa que debía haber estado abandonada desde hace muchos años. El Gavilán sacó de su mochila una parrilla portátil de gas y empezó a preparar café. No era la primera vez que había sido interceptado. A diferencia de los del guía, sus ojos no se pueden acostumbrar a las penumbras. En ese momento, aparte del Gavilán, quedaban solo tres. Dos se habían perdido a los pocos kilómetros de haber cruzado la frontera; el resto había sido alcanzado por los perros. Lo supieron, pues escucharon sus súplicas siendo apagadas por el sonar seco del disparo de una bala. Las luces siguen pasando y el sonido del motor de la camioneta no parece alejarse. Seguro habrán contado cuántos quedamos y hacia dónde nos dirigíamos, susurró Gavilán al tiempo que apagaba la parrilla. Se había percatado de que la camioneta estaba dando vueltas.

Los hombres restantes buscaron una esquina donde echarse. Temen a la oscuridad como cuando eran niños e imaginan los espectros que se esconden entre las sombras —Apaguemos todas las lámparas y celulares. Pese al cansancio, el sonido de las llantas no les permite quedarse dormidos. —No hagamos ruido porque están cerca—, les ordena la voz del Gavilán, que parece estar del otro lado de la habitación. Desde que la noche cayó y los perros empezaron a ladrar, los hombres dejaron de reconocerse entre ellos; no sabían quién se había quedado atrás o quién estaba a su lado, lo único que les preocupaba era seguir la voz del Gavilán y no tropezar con las rocas que se escondían como minas. De nueva cuenta, las luces rojas y azules atravesaron las aberturas de la puerta y, después de varias horas, volvieron a reconocer sus rostros cansados y pálidos, y también el robusto cuerpo de Gavilán aferrado a una mochila. —¡Cállense! ¿No oyen ladrar a los perros?

Los ladridos de los perros y el motor no parecen alejarse; los tres bultos son uno mismo y temen que la puerta se pueda abrir en cualquier momento. Las luces siguen atravesando la pared y los susurros —pidiendo silencio y oscuridad— del Gavilán llegan como un hilo que se desvanece en la oscuridad. Que entren los perros ladrando y derritiendo sus retinas con esas lámparas para aturdir venados. Hace frío, pero el calor corporal del otro los mantiene vivos. Al mismo tiempo, recuerdan las historias de terror que el Gavilán les contaba sobre aquellos que eran atrapados. A uno le saltaron en el estómago hasta sacarle los intestinos. Hasta hace unos días, estos hombres eran unos desconocidos y hoy comparten un cúmulo de emociones que difícilmente pueden experimentar con otros. A otro lo obligaron a tomar gasolina hasta que su buche fue pura sangre y carne revuelta, les decía el Gavilán mientras recorrían el desierto en bicicleta. El sonido de las llantas continúa sin perderse. Una corriente de aire entra y toca los huesos de los hombres que se abrazan como trillizos en el oscuro vientre de la noche. —La vez que me agarraron a mí, me hicieron comer alacranes; por eso ya nunca voy a dejar que me agarren. Y entre el calor corporal y el arrullo de los perros, los hombres pudieron quedarse dormidos.

A la deriva del infierno, cualquier frontera del mundo.

Artículo publicado el 21 de junio de 2026 en la edición número 25 del suplemento cultural Barco de Papel.

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