De las sencillas miradas cotidianas de la existencia y de las hondas inquisiciones a los sentidos de la vida, como afluentes de los trazos, el magma y el mancheo pictórico, surgían y se conformaban las obras del artista. Laboraba intenso sobre las telas y cuadros previamente ungidos para recibir las descargas de sus instintos de tonos y colores densos, entre brochas, pinceles y dedos que buscaban formular, esbozar y pintar la vigorosa estética de sus ideas, sentimientos y convicciones. Se emocionaba rompiendo moldes, cánones y normas. Roberto Pérez Rubio, “Pito Pérez”, el extrovertido maestro sinaloense de la pintura abstracta, se daba y se vaciaba en cuerpo y alma en esas texturas del expresionismo (imágenes, sonidos, voces, cantos) y se revestían espectaculares de coloridas reflexiones en gran formato. Elucubraciones desde los fondos del espíritu, de los subterfugios, secretos y oscuridades de la subconciencia y de la psique, de los artilugios y aptitudes del oficio y la conciencia. Como un sincero, francote y auténtico “guerrero del arte”.
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Tuvimos la fortuna y el privilegio de conocerlo desde los primeros años de la década de los ochenta. Iconoclasta, heterodoxo e irreverente arquitecto y maestro de la pintura y sus misterios y al paso del tiempo entrañable amigo, hasta que se nos fue un día de febrero del 2018, su vida siempre estuvo enmarcada por la cultura y el arte. Su charla era frondosa, crítica y punzante, como necesaria formulación de su voracidad por el contexto, el intelecto y la lectura, con una sólida formación universitaria, disciplinaria y cognoscitiva. Como un aspecto de su pensamiento y aficiones literarias, valoraba en especial la ya mítica, candente y significativa obra poética, con su estética rudeza, de los llamados poetas malditos de Francia (Mallarmé, Lautrémont, Rimbaud, y sobre todo Valery y Baudelaire).
Las horas pasaban entre la magia de su presencia, de sus altos tonos expresivos y bajo el manto de su casa-taller-galería en el Centro Histórico de Mazatlán, en donde destacaba su rechazo radical a lo que denominaba como las estilizadas, cursis y simples copias mercantiles de retratitos, ego y de la vida común y corriente y el “amaneramiento” modosito y ramplón en cualquiera de sus estilos, formas y géneros. Por su franqueza para denominar, desde su óptica, a las cosas por su nombre, se ganaba fácil enemistades y rencores en los elitistas ámbitos de la cultura. Pero justo como contraste y como detalle personal, tuvimos el honor de que una de sus más sugerentes obras, “Misterios intolerantes”, nos ilustrara la portada de nuestro primer libro de poesía, El espejo y la mujer (amoríos), publicado por DIFOCUR (hoy ISIC), en 1991.
Como suele ocurrir con la escuela y tendencia pictórica de la abstracción, las obras de Pérez Rubio (llenas de color sanguíneo, en densas técnicas mixtas para resistir el paso del tiempo), al principio fueron poco apreciadas en detalles, símbolos, representaciones y magma. Y menos habrían de serlo en un estado que carecía de tradición, museos y espacios pictóricos. Con voluntad, imaginación y a marchas forzadas él mismo habría de fundar una especie de galería, a la que denominó como “Arte Activo”, y así tuvieron lugar las primeras muestras artísticas con grandes invitados del país. En tanto, como maestro de facto, en su propia casa-estudio formó, enseñó y encausó a varios pintores que a la postre destacarían en la plástica sinaloense, con los influjos, el sello y la marca del auténtico ícono “Pito” Pérez. Pero vale recordar: durante los últimos años, lleno de hartazgo contra la hipocresía, cerró la puerta de su hogar-taller para casi todo mundo. Siempre fue capaz de hacer, elegir y decidir.
Por otro lado, ya en nuestra casa, desde hace muchos años, admiramos y sentimos de forma muy especial una de las obras más ilustrativas de su creación: “El Apando”. La fraguó y pintó con esmerado afán de un sentido “Homenaje a José Revueltas”, como reconocimiento a la gran obra intelectual, literaria, libertaria y humana del que fuera uno de los líderes del movimiento estudiantil de 1968, parteaguas de la vida nacional, y que fue encarcelado en el otrora famoso reclusorio de Lecumberri de la Ciudad de México por el gobierno asesino de Gustavo Díaz Ordaz. Representación de época, contexto y sucesos, los símbolos, destellos y tonalidades de “El Apando” (cárcel al interior de la cárcel), en una sólida Técnica Mixta de 80 x 80, es una obra esencial de su acervo creativo por imagen, evocación, simbología y representación histórica, distante de los figurines de la egolatría y del comercio. La clásica obra donde el autor induce y casi obliga al público receptor a la reinterpretación de los subyacentes significados y mensajes, que en este caso fueron también de fondo, de dolor del alma y lágrimas pictóricas por la masacre estudiantil del 68. Sólo resta decir, aquí, gracias por tu amistad y tu poderosa existencia Roberto Pérez Rubio.
Artículo publicado el 15 de febrero de 2026 en la edición número 21 del suplemento cultural Barco de Papel del semanario Ríodoce.



