Fueron por él hasta su casa. Lo sacaron a patadas y lo subieron a una camioneta. Uno lo tomó del cabello y le puso una capucha. Otro le agarró las piernas y las ató, y después hizo lo mismo con las manos. Siete palabras: más vale que te calles el hocico.
Empezó a llorar y a balbucear. Uno de ellos le pegó en la espalda una patada. Qué te dije, pendejo. Yo no hice nada, jefe. No sé de qué se trata. Por favor no me hagan daño. Le pusieron el tenis en la cabeza y se la aplastó. Dejó de hablar, pero no de llorar.
A los diez minutos el automóvil detuvo la marcha. Oyó el motor del portón de una cochera. Escuchó el chillar de las llantas al calzar el vitropiso. Los sonidos se encerraron en ese cuarto de ocho por seis. Lo sacaron como si fuera un costal de cemento y lo dejaron en el frío suelo.
Alguien más se unió al grupo. Ubicó una cuarta voz. Pónganlo ahí y empiecen a calentarlo. Quiero que hable, que diga todo. Ya saben qué hacer con él. Ai me avisan.
El hombre se retiró. Sus pasos de tacón duro inundaron los espacios. Ningún otro ruido, ni siquiera ese balbuceo que no cesaba ni esos cardiolatidos de granizo en la teja lograron competir.
Órale cabrón. Le dijo uno de ellos. Otros dos se unieron y lo movieron como el bulto que era. Acercaron una silla que alguien arrastró hasta dónde estaba. Ahí lo sentaron: ataron su cuello al respaldo, mantuvieron su rostro cubierto y le esposaron las manos.
A ver, cuéntanos cabrón. Le dieron un sopapo. Eso fue lo más suave: una caricia de mujer frente a lo que venía. Siguieron puñetazos en la cara y el estómago. Oyó el sonido como de la fresa que usan los odontólogos para hacer limpiezas dentales y endodoncias. Luego sintió un relámpago en los genitales.
Dale otro en los güevos, dijo uno. Él brincaba y en medio de los brincos temblaba y temblaba. Tomaron una tabla y le daban en la planta de los pies. Se les inclinó cuando perdió el conocimiento. Era apenas el primer raun. Tomaron una jícara de agua y le bañaron la cabeza. Brincó de nuevo al despertar. Emitió un ya no desgarrador.
Y de nuevo los chingazos en la cabeza, rostro y abdomen. La picana en los genitales. Le preguntaban por el dinero, por un hombre al que apodaban el Chilo, por la coca que habían extraviado. Te la robaste, güey. Quién la tiene, cabrón. Habla hijo de la chingada.
Decía, jefe, patroncito, por su madrecita. Yo no soy. No sé de qué hablan. Yo trabajo en la plomería. Pregunten ahí, a los vecinos. Llámenle al ingeniero, ahorita estoy haciendo un jale con él, en una construcción. Me confunden, amigo. Por favor, créanme. Me están confundiendo.
Uno sacó un arma. El frío del cañón en la frente lo recorrió impunemente, hasta estremecerlo. Cayó de nuevo y lo volvieron a levantar. Así estuvieron tres días. Nada, jefe. Suéltenlo, ordenó.
Y fue así que sobreviví. Oiga. Yo pensé que estaba muerto. Por eso me vine a vivir aquí, a esta ciudad. La vecina sonrió y le dijo que había escogido mal: mire, aquí atrás viven unos narcos, a la otra cuadra cada rato hay balaceras y enfrente venden cristal.
Artículo publicado el 11 de enero de 2026 en la edición 1198 del semanario Ríodoce.





