En marzo de 2018, Javier Zapata acude a un negocio en el que venden billetes de lotería Kino. Compra uno y dicta a la dependienta los números que eligió con la ayuda de su hija Mariela. Días después, resulta ganador de 2 mil 400 millones. El problema es que no tiene idea de dónde dejó el boleto.
Desesperado, busca en todos los rincones de su casa, sin éxito, con lo que no puede cobrarlo. A los días, de repente le llega un recuerdo y va directo a donde cree que está, y lo encuentra, pero sucio y maltratado. Emocionado y con muchas compras en mente, acude a la empresa del sorteo, donde le dicen que no le pueden pagar, por el deterioro del papel. A partir de ahí, el campesino de Los Ángeles, Chile, comienza un viacrucis de reclamos, demandas, otros supuestos ganadores, emociones encontradas, conflictos familiares y económicos, que duran años. No obstante, todavía en 2025, no pierde la esperanza de cobrar su dinero.
De una manera muy particular, los hermanos José y Felipe Isla recurren al documental para contar Millonario (Chile/2025): no sólo se limitan a entrevistas en las que los protagonistas dan su discurso del suceso en cuestión, a mostrar imágenes “reales” de los hechos, para fortalecer lo que se dice, sino que llevan a los propios implicados, que no son actores profesionales, a dramatizar. El resultado es un híbrido fascinante, del que ocasionalmente no es extraño preguntarse cuándo termina el testimonio y comienza la ficción.
Uno de los aspectos a considerar de esta forma de contar la historia, escrita por Susana Quiroz-Saavedra, Loreto Caro-Valdés y los propios hermanos Isla, es que podría tener mayor credibilidad, si se desconoce el acontecimiento. En este caso, Javier no sólo relata su vivencia como ganador de la lotería, lo cual se pudo haber registrado con imágenes de él sentado en un sofá, con la iluminación y el audio adecuados, y lo mismo de cada participante. Más allá de eso, él se “interpreta” a sí mismo para recrear los momentos claves de su experiencia: al comprar el billete; en su casa buscando la boleta; festejando con su familia; haciendo planes con los amigos; al querer validar el premio; preparando las demandas para exigir lo que le pertenece; al ser entrevistado por la prensa; cuando trabaja en el campo, se emborracha o va a las carreras de caballo; en los espacios de reflexión, convivencia o conflicto con su esposa e hija.
Sin embargo, con el referente de que está basada en un hecho real y son los propios protagonistas de él quienes aparecen y actúan, ocasionalmente, el relato del filme disponible en Netflix se percibe falso –para los chilenos, familiarizados con la historia real y sus personajes, por años, quizás resultaría cómico. En otras palabras, no se asume como un documental, sino como una ficción, y es que hay mucho de cierto en lo que los propios realizadores piensan: que todas las personas pueden actuar. No sólo Javier es capaz de ir y venir en diferentes emociones que, con un solo gesto o mirada, expresa bastante, creíblemente; su esposa Blanca Vásquez, es todavía mejor, se luce y acapara la atención cada que aparece, ya sea feliz, enojada, triste, desesperada o resignada. La hija no se queda atrás, también tiene talento, y lo mismo la mayoría de los involucrados. Véala… bajo su propia responsabilidad, como siempre.






