Otra vez la pandemia

Otra vez la pandemia

La guerra llegó. Aquí las balas, el miedo, el encierro; allá en Nueva York Ismael Zambada —que pedía amor y paz en su carta— se declara no culpable. Ante la acusación del Fiscal americano de construir y dirigir durante décadas la red del Cártel de Sinaloa, con “fabricantes, asesinos, traficantes y blanqueadores de dinero que son responsables de secuestrar y asesinar gente, tanto en Estados Unidos como en México,” dice no, no es culpable.

Mes y medio después del enredo hollywoodense, con historias contrapunteadas de una captura, entrega o traición, en la tierra natal de los dos protagonistas, el Mayo y Joaquín Guzmán hijo, se desata la guerra. Si decir guerra es una exageración, porque eso solo pasa en Ucrania o Israel y Gaza, debemos buscar otra forma de llamarla. Lo cierto es que una ciudad del pacífico mexicano, que supera el millón de habitantes, está paralizada. Igual sus municipios contiguos. Esto apenas es comparable a los meses de pandemia.

Chapos y Mayos han paralizado la ciudad. La han llenado de horror. Todos esperan el nuevo video con el bloqueo de calles o carreteras, con la persecución, con los cuernos y las pecheras en vivo. Nos hemos encerrado a piedra y lodo, temiendo lo peor. Como en los dos Culiacanazos, ya tenemos experiencia. Quienes están en posibilidad hacen las compras del desespero, se surten como en la llegada de un huracán; los demás solo ven, sabiendo que es necesario salir por las tortillas y volver a salir por un tomate. A muchos el encierro los lleva al desespero, sus ingresos dependen que esté la gente en su vida normal, salga a la calle, vaya a una taquería, compre una paleta.

Es el precio de vivir en una ciudad donde viven ellos, una ciudad que se han apropiado. La han comprado poco a poco. Quien no se deja comprar lo matan.

En Sinaloa sabemos de estas guerras intestinas entre los grupos con poder criminal. La peor de todas había sido la de 2008 y años siguientes. El Chapo y el Mayo contra los Beltrán Leyva. Pero no son solo ellos, porque en medio mueren peatones y automovilistas, quienes quedan en el fuego cruzado. Es más, ellos quedan vivos porque mandan a la carne de cañón, a quienes dan la vida por ellos.

Ahora el reacomodo criminal enfrenta a los dos grandes del mismo grupo, quienes se llamaban hermanos o compadres y que se conocen desde niños: los herederos de Joaquín Guzmán, los Chapitos, contra el hijo de Zambada y los grupos que tomen su bando.

Y guerra es narrar disparos, fuego en las calles, sangre regada, miedo en las casas, muerte, bloqueos, encierro, mentiras, verdades, desaparecidos. No hay forma de abarcarlo, ni de acostumbrarse, incluso para aquellos que se suponen profesionales.

Los ejércitos de jovencitos, casi púberes, armados con cuernos, pistolas y bidones de gasolina hacen los rondines por carreteras, calles y caminos. Han olvidado de esconderse, se trata de exhibirse, por eso se graban con sus celulares, detonan las armas, gritan eufóricos.

Ni ellos mismos saben quién es quién, y para no dispararse entre sí pintan claves en los cristales de los automóviles. Toda guerra entre amigos o parejas es la más cruel y despiadada. Se conocen los secretos, los escondites, los protectores.

Margen de error

(Compartir) Se viven dos guerras. Una en las calles y carreteras, otra dentro de las casas vía celular. La real es imposible de explicar en toda su dimensión, por más que muchos den pelos y señales de cada paso, reunión o pacto. Los negocios del narco son de oscuridades, no se puede acotar con claridad. En el mejor de los casos se puede ir conociendo desde los márgenes y de ahí ir recomponiendo.

La otra guerra se comparte, se reenvía por celular y en unos segundos está en todos lados. Pasa sin filtros, en su ventaja tiene su propia maldición. Si es real cumple su función de enterar al instante, es hasta precautorio, quienes obligadamente están en la calle sabrían por donde no moverse. Pero por esa misma vía se comparten el degollamiento y la sangre o los enfrentamientos armados de otro tiempo y lugar.
Ante la dificultad de distinguir entre una guerra y otra guerra, es fácil irse desde el “Culiacán arde”, dicho por Carlos Loret —lo que mínimamente es una exageración—, hasta lo dicho desde el gobierno que se puede estar con “normalidad”.

Convendría ahora ser extremadamente escrupulosos en lo que se dice y calla, en la selección de lo que se divulga, comparte y afirma, contra lo que se desecha, refuta y desmiente. Va eso en lo individual y lo colectivo. En lo particular y profesional.

Primera cita

(Extremos) Funcionaría primero eliminar extremos. “El gobierno no hace nada”, es uno de ellos. Falso e ingrato. Hay un despliegue de fuerzas, y hay personas ahí arriesgando la vida en cada segundo. Puede discutirse si fue tardía la operación ante una guerra previsible o por lo menos altamente posible. Pudieron los gobiernos anticiparse, no a la guerra de las facciones por dirimir su disputa, pero sí a construir una estrategia con acciones que impidan que se tome la ciudad como campo de batalla.

Lo elemental, el objetivo principal, no es evitar la guerra ni que usen sus ejércitos para matarse entre sí. Debe ser disminuir el riesgo para ciudadanos comunes, no quedar atrapados en un fuego cruzado, mantener la movilidad libre, desarrollar las labores productivas que a muchos le quitan sus ingresos.

Mirilla

(Larga) Estas guerras entre organizaciones son largas. Tienen lo básico: dinero. Es una purga hasta para los gobiernos, siempre infiltrado por un grupo u otro, y eso lo estará revelando esta nueva guerra. Además se han formado alianzas, que estarán ampliando los territorios en disputa. Lo cierto es que el asedio a la ciudad por esta otra pandemia no puede continuar (PUNTO)

Artículo publicado el 15 de septiembre de 2024 en la edición 1129 del semanario Ríodoce.

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