El escritor que creció en Culiacán, recibe el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen
El escritor Geney Beltrán dijo que recibir el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen, lo hizo regresar a casa, esa que dejó hace algunos años para que su mundo literario se ampliara.
Desde el centro del país ha forjado una carrera en ascenso, como escritor, gestor cultural, maestro y autor de los libros Cualquier cadáver, El biógrafo de su lector. Guía para leer y entender a Macedonio Fernández, Cartas ajenas, El sueño no es un refugio sino un arma, Adiós, Tomasa.
En Culiacán forjó el universo literario inicial. Nació en Durango, pero aquí creció, por eso al recibir el reconocimiento junto a Eduardo Sarabia, en poesía, manifestó su nostalgia por su origen.
Se recordó como aquel muchacho que venía a Difocur por las tardes muy seguido. Allá por los años de 1991 y 1992, luego de sus clases en la prepa y que venía desde su casa, en el bulevar Madero a media cuadra de la Sepúlveda, caminando bajo el sol tenso de las 3 de la tarde.
Entonces abría la puerta de la biblioteca pública Gilberto Owen, la biblioteca que llevaba el nombre del poeta, autor de aquel verso inmortal: “Y luché contra el mar toda la noche”.

Hurgaba en los estantes y tomaba en préstamo un libro, dos. Su mundo era esa biblioteca. Algunas tardes entraba también a las funciones de la Sala Lumière. Luego pasaba a la redacción de El Diario de Sinaloa, por la Rosales, donde redactaba notas, reportajes y entrevistas para la sección de cultura.
Volvía a su casa hacia las 6 o 7. Así eran sus tardes. Iba y venía, dudoso, inmerso en un movedizo mundo de lecturas, de poemas y cuentos; vagaba a lo largo de estas calles calurosas del centro, parecía flotar sobre las banquetas quemadas por el sol.
“Las noches de hoy tienen para aquel adolescente el sentido de un regreso a casa; estos lugares, el viejo Difocur, la biblioteca Owen, fueron el territorio hospitalario en que la soledad y el desasosiego de un muchacho de 15 años entroncaron de modo firme sus caminos con los caminos de la belleza de la literatura y el diálogo y la esperanza del arte”, manifestó.
“¿Qué habría sido de mi vocación si no hubieran existido estos acervos a 10 cuadras de mi casa? ¿Cómo habría yo avanzado en aquellos senderos de confusión y vacío sin todos aquellos libros, películas, exposiciones y teatro?”
Por eso, apuntó que nunca estará de más insistir en un deseo: que estos lugares sigan siendo la casa del espíritu, silenciosos remansos para el hambre y la sed, y el amor doloroso a la hermosura, como dice José Martí, de quienes, en sus primeros años, en esa estación difícil de la confusa adolescencia, buscan en la escritura o en cualquier arte, la definición, el porqué y el honor de su vida futura.
Geney Beltrán recibió el galardón entregado por el Instituto Sinaloense por su libro Mala estrella, seleccionado entre 44 trabajos.
Artículo publicado el 16 de junio de 2024 en la edición 1116 del semanario Ríodoce.






