I
Punto crítico, máximo, parteaguas en la historia de la literatura mexicana: su poesía se yergue como un pronunciamiento contra la rigidez y artificiosidad dentro la tradición poética, el riesgo de la poesía más “difícil”. Sabines se asume como adversario de la idea del poeta como iluminado o distinto del resto de los hombres. Actitud anti intelectual que sólo a un gran poeta como él pudo dar frutos de oro. Bronco y subversivo, responde a la tradición poética mexicana desde la tierra, desde abajo, desde la entraña y raíz, desde la existencia. Poeta mayor en el universo de la hispanidad.
Así como la filosofía vitalista señaló el envejecimiento de Occidente, la poesía de Sabines nos protegió de los riesgos de la concepción esteticista del arte, si bien, su propuesta ―estética― conlleva consecuencias que sólo él pudo librar victorioso en sus mejores poemas, los que serán recordados en 500 años.
Todo intento de replicar los medios y soportes de su discurso, de su voz lírica, personalísima, ha fracasado. Sabines, sólo hay uno. Uno es el hombre, y es la voz de todos, del espíritu del tiempo y del pueblo, de la comunidad humana, escindida entre el deseo y la muerte, entre la vida y la angustia, entre la presencia y la ausencia, cuyo balance es restituido por la palabra, la palabra poética en particular, ya sea como testigo de los primeros días de la especie ―como en Adán y Eva (1952) ― o participando en lo inmediato del misterio de la muerte, como en Algo sobre la muerte del mayor Sabines (1973).
Jaime Sabines hace del verso “Uno es el hombre”, una máxima, el desarrollo axial de una poética y, ante todo, de una visión del mundo. Conciencia de la muerte, padecimiento de la finitud y la única posibilidad de salvación: el amor, la carnalidad, lo corpóreo. Para el veneno, el propio veneno. No hay más antídoto para la angustia por el aniquilamiento de la carne, que la carne misma. El amor, el erotismo y la sexualidad, hallados en el cuerpo, para conjurar el horror de la segura descomposición final, la certeza que tenemos desde el día de nuestro nacimiento: hemos de morir. Plenitud de la transitoriedad, es lo que se canta en la poesía de Sabines.
Es claro el carácter áspero, bravío, colérico, formalmente rudo, directo, sincero, claro y preciso. Por todo esto se ha vuelto lugar común afirmar que es una poesía sencilla. La supuesta sencillez, las rimas involuntarias, la preponderancia de lo confesional y de lo enunciativo sobre lo metafórico, en la mayoría se muestra como defectos de una prosa de intención poética. En él la intensidad emotiva, la contundencia y capacidad estética prevalece pese a prescindir de los recursos sintácticos, tropos y figuras comunes en la poesía. Intensidad y vigor afectivo, arrebato de energía que viene desde su propia sangre, desde la sangre misma de la humanidad.
No se trata de escribir con sencillez, sino de escribir con la sangre, con la fuerza de la vida. Sabines, en un grito de dolor en que toda forma es repudiada, nos advirtió ―en uno de los principales poemas del siglo XX en nuestra lengua―: “¡Maldito el que crea que esto es un poema!”, y nos enseñó que, por finito, lo único por lo que vale la pena vivir es por el polvo de oro de la vida, por la vida misma. Sabines nos enseña, con su conciencia de la muerte, que es prioritario celebrar nuestro tránsito por la Tierra. Y sí, este polvo de oro sí vuelve cada que leemos sus grandes poemas.
II
¿Por qué leo a Jaime Sabines? Me identifico y me encuentro en su poesía. Y usted, también. Porque expresa mis afectos, intenciones, deseos, angustias y visiones particulares. Porque ha mostrado las emociones, experiencias, categorías y relaciones de las que ustedes, lectores, han participado. Sin artificios, con cadencia y ritmo, con la música del verso directo.
Sabines exalta y conjura la existencia, expresa estados afectivos, las realidades del mundo, el alma de las situaciones mediante la interacción directa de las palabras y las cosas, las palabras y los seres, las palabras y la muerte, las palabras y dios, las palabras y lo femenino. Al hundirse en el corazón humano, el poeta no elude la natural aparición de la metonimia y del encabalgamiento, de la anáfora, de la reiteración; ni deja de acusar el dominio de las pausas y cesuras, puesto que a la intervención activa, transformadora de la materia verbal en el tumulto de los días y en la sacralidad de lo cotidiano, acompaña el mutismo fecundo del que surgen todas las palabras y nos lleva a una expresión que tiene tanto de belleza como de verdad: “el amor es el silencio más fino”.
*El autor es un poeta y ensayista chiapaneco.
Artículo publicado el 22 de marzo de 2026 en la edición número 22 del suplemento cultural Barco de Papel de Ríodoce.



