En la segunda mitad de los noventa mi hermana Marisol, tenía un casete que escuchaba a cada rato: Jaime Sabines en Bellas Artes. Yo lo ponía porque me gustaba. Algunos poemas me tocaban de una forma que entonces no sabía explicar y, sin darme cuenta, empecé a aprendérmelos de memoria.
Un día me sorprendí recitándolos sin necesidad de leerlos: Los amorosos, Espero curarme de ti y otros que con el tiempo se me fueron borrando de la memoria. Desde entonces empecé a buscar casetes y, más tarde, CDs de poetas leyendo sus propios textos o leyendo a otros, como Neruda por Sabines.
En aquellos años, vivir en provincia también significaba limitaciones y que no había librerías cerca. El único refugio posible era la biblioteca pública municipal. Ahí encontré por primera vez los poemas de Jaime Sabines.
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En 1997 me fui a vivir a Ciudad de México y entré a un taller de análisis poético. Estudiábamos a César Vallejo, pero al terminar las sesiones siempre surgía la misma conversación: cada quien hablaba de sus poetas predilectos. Inevitablemente, Sabines aparecía en primer lugar. Yo pensaba: cuando vuelva a dar un recital, no me lo pierdo.
El texto que sigue lo escribí el día que murió, el 19 de marzo de 1999. Lo dejo tal como fue escrito, por respeto al Jorge, que acababa de cumplir veintiún años.
Pocos días después nos reunimos los compañeros del taller y descubrimos algo: todos habíamos escrito algo. No hubo convocatoria ni acuerdo previo. Fue, simplemente, una forma espontánea de acompañar su ausencia.
“URGENTE: Fallece el poeta mexicano Jaime Sabines a la edad de 72 años. Autor de Los Amorosos.” Noticia vía biper
En ese instante, doblé mi rey en el juego de ajedrez con mi hermano Iván, y me puse a escribir.
In Memoriam de Jaime Sabines 19 de marzo, 1999
Ahora sé qué sentiste cuando murió tu tía Chofi.
Hoy estaba pensando en tus días contados como las gotas que perpetuamente caen y se regeneran. Así tus días, porque tú no has muerto: has madurado, te has desprendido de ti como el trino de los pájaros.
Tú enseñaste al poeta a no soñar pesadillas, a no intoxicarse de filosofía, a sentir el peso de las letras, a amar anónimamente y en tumultos la poesía.
Cómo decirte ahora que ya no estás —o que si estás ya no me puedes contestar— este aplauso, esta lágrima, y un largo silencio saliendo de su cueva, abandonando fantasmas; esta noche le pediré a Dios que te bendiga, que levante su mano y que pinte el universo de poesía.
Yo, qué puedo decir hoy; más me vale callar y dejarte poetizar. Ahora has de ser ya sustancia etérea, poesía por dondequiera, o estás como fuiste, mas en un mundo nuevo. Asombrado de tener ojos y manos te dispondrás a escribir y, algún día, cuando los poetas te alcancemos, escucharé de tu eterna voz lo que has escrito en tantos años.
Adiós, viejo amigo, desde que venía yo de atrás.
Hoy y ayer, tal vez varios mañanas se escribirán poemas de tu muerte, cosa más fea al no saber que es mentira; porque tú no has muerto: has madurado como la gota de rocío en el árbol, como el trino de los pájaros, como los poemas que salieron de tu voz, de tu mano; has madurado, hoy te has desprendido de ti. ¡Eres libre!
Ahora que no le debes nada a la muerte, y que seguramente estás cerca del Viejo Paternal, no me queda más qué decirte, no me queda más que callar.
* Poeta, ensayista. Hidalgo. Director del Festival Internacional de Poesía “Ignacio Rodríguez Galván”
Artículo publicado el 22 de marzo de 2026 en la edición número 22 del suplemento cultural Barco de Papel de Ríodoce.



