Era 1987 y en la naciente Escuela de Filosofía y Letras de la UAS, cada tarde, el profesor de Literatura Hispanoamericana, Óscar Liera, se sentaba frente a su grupo de estudiantes para impartir su clase.
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Las clases del profesor eran una prolongación natural de su universo dramático: cada sesión se convertía en una obra en pleno montaje. Hablaba y de inmediato cobraban vida en el escenario del aula los Buendía, don Segundo Sombra, La Maga, la tía Julia, Pedro Páramo, Susana San Juan y tantos otros seres y geografías que pueblan el imaginario latinoamericano. A veces, como si fuera un apuntador hacía una pausa para subrayar el resplandor de un pasaje memorable; otras, se detenía a desentrañar las obsesiones de un autor, los secretos de la creación, o el clima emocional de una obra. En su voz, la literatura dejaba de ser materia de estudio para convertirse en un territorio vivo.
La escuela se ubicaba en una casona antigua en la calle de Ángel Flores. Desde el jardín central, enormes árboles sombreaban las aulas que antaño habían sido habitaciones. Con esa vista, en un salón contiguo a donde el profesor de literatura exponía, lo escuchaba cautivada por su voz; fluía sin el obstáculo de la formalidad de la academia y enseñaba con el entusiasmo de quien se sienta a conversar con sus mejores amigos. Yo, una joven profesora recién llegada a Culiacán y a la que todavía le atemorizaba impartir clases en el nivel universitario, admiraba su habilidad para cautivar a esos primeros alumnos de Letras que, incluso, algunos eran profesores. Además, había entre ellos lectores críticos, como mi querido Álvaro Rendón, El Feroz, y Vicente Espinoza, quienes después serían colegas en dicha institución.
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Cuando tuvo su primera crisis de salud me pidió que lo sustituyera en las clases mientras se realizaba unos exámenes en México. Acepté a sabiendas de que el traje me iba a quedar grande. Al regreso, generosamente, quiso pagarme, pero de ninguna manera habría aceptado, me bastaba la confianza depositada en mí.
—¿Cómo estás? —le pregunté — Enfermo, lo mío es mortal. Lo dijo imperturbable, como si fueran las líneas que le tocara decir en una obra. Incapaz de contestar, lo abracé.
Como colega nunca fue arrogante, a pesar de que ya era un celebrado dramaturgo. Él trabajaba en la escuela como cualquier profesor. Alto, esbelto, de rostro angulado e interesante cruzaba el pasillo y era imposible no voltear a verlo. Poco a poco me fui dando cuenta de quién era Óscar Liera cuando leí sus obras y cuando supe de su prestigio nacional e internacional por todo lo aportado al teatro. Por ese entonces, recibió por segunda vez el Premio Nacional de Dramaturgia “Juan Ruiz de Alarcón”, el más importante galardón para un dramaturgo mexicano.
— Te voy a encargar, Liz —me dijo una tarde postrado en su cama —que mis libros sean donados a la biblioteca de la escuela.
Poco después de que falleció, su familia me pidió que revisara el acervo. Por la lectura de sus títulos corroboré sus conocimientos y el amor que profesó tanto a la literatura hispanoamericana como a la dramaturgia del Siglo de Oro. En la primera página de las obras de Juan de la Enzina, un autor de inicios del Renacimiento de gran valor para el desarrollo del teatro español, pude leer de su puño y letra: “Juan del Enzina, te amo”.
Le prometí cumplir con su encargo, pero su cuñado no aceptó que salieran los libros de la casa. No obstante, en el 2015, en la ceremonia de la inauguración de su busto en la Rotonda de los Universitarios Ilustres, fueron donados a la UAS por su hermana, Adelina Cabanillas. Ignoro la razón por la cual siguen sin ser expuestos en alguna biblioteca o recinto universitario los 2 mil 700 libros que conformaban el acervo que se entregó.
La última generación de la escuela a la que le impartió clase decidió llevar su nombre. Para entonces estaba muy enfermo y no podía asistir a la ceremonia de graduación, pero en gratitud por este reconocimiento les escribió un breve mensaje que su hermana, Mini, leyó esa tarde del 15 de julio de 1989. Su voz emocionada se abrió paso en el silencio y una a una fueron escuchándose las palabras de despedida del profesor Liera:
Nosotros los que nos vamos, queremos dejar constancia de nuestro paso por esta escuela y por eso hemos organizado este acto de despedida, ¡siempre nos estamos despidiendo!
Nosotros, los que nos vamos: ustedes, los que se van se llevan entre los sueños al buen Arcipreste de Hita, a la Celestina, a Sancho, Doña Bárbara o Remedios, la bella.
Se van sabe Dios a dónde ni a hacer qué. Se van de la escuela, reciben su diploma y no vuelven más.
A todos: Eloísa, Dolores, Blanca, Rosario, Luis, Bertha, que han sido mis alumnos, mis hijos por un tiempo, desde este lecho de fatigas, de convalecencia en el que me encuentro, les mando el gran abrazo. El gran abrazo que se da con el alma cuando a alguien como a ustedes se les echa a volar con unas letras aprendidas y con un papel en la mano.
Ha sido un gran honor que esta generación lleve mi nombre y me he sentido muy halagado también con la decisión que se tomó de que la biblioteca llevara mi nombre, que es algo que me ha trastornado: mi gran amor a los libros allí quedó perpetrado.
A todos los demás alumnos y maestros mi cariño: Liz, Toño, Matilde, Arredondo, a mi querida Chuyita; a los muros de calor que nos fulminaban en el verano, a esos árboles inmensos que nunca se quedan quietos, a todos quiero decirles adiós, porque esto es una despedida; se van, nos vamos y la escuela abrirá sus puertas de nuevo cada verano.
Jesús Óscar Cabanillas Flores, maestro fundador de la Escuela de Filosofía y Letras de la UAS, dejó las aulas un 5 de enero de 1990.
Artículo publicado en la edición 19 del suplemento cultural Barco de Papel del semanario Ríodoce.



