Si Guillermo del Toro quería provocar controversia con Frankenstein (EU/2025), lo logró. No precisamente se trata de que la cinta basada en el libro de Mary Shelley aborde un tema cuestionable moralmente, que (para algunos) desafíe, incluso, al creador de los seres humanos y la naturaleza, sino que, así como logró una ovación de pie, con aplausos por 14 minutos en el Festival de Cine de Venecia, hay otros para quienes el largometraje no es tan bueno y piensan que se ha sobrevalorado.
En la versión del cineasta mexicano, en la Europa del siglo XIX, el egocéntrico científico Víctor Frankenstein (Oscar Isaac) se empeña en hacer un arriesgado y controversial experimento: ensamblar una criatura a partir de diferentes cadáveres y darle vida, para lo cual recibe el apoyo económico del adinerado Harlander (Christoph Waltz).
Luego de un arduo trabajo, finalmente, Víctor consigue lo que se había propuesto, de lo que resulta un ser frágil y solitario (Jacob Elordi), aunque de apariencia aterradora, el cual provoca repulsión, menos en Elizabeth (Mia Goth), la prometida de William, el hermano de Víctor, quien lejos de rechazarlo y juzgarlo, siente compasión y ternura por el extraño espécimen que comienza a dar señales y capacidades que su creador no esperaba.
Las críticas tanto positivas como negativas al proyecto que le llevó alrededor de 30 años a Guillermo del Toro, tienen algo de razón.
Indiscutiblemente, en lo visual, el filme es, en una palabra, bello: para donde voltee la cámara, cada una de las tomas que muestra se asemejan a un cuadro del mejor pintor, con el impresionante y excelente resultado en vestuario, decorados, peinados, fotografía, iluminación, composición… Eso sí, algunos efectos especiales, no son tanto: los animales hambrientos que aparecen por ahí, se ven muy irreales.
En las actuaciones, por un lado, está Oscar Isaac en una interpretación que no corresponde a la calidad de la película, sobre todo porque en él recae buena parte del peso, y es que su Víctor no se ve realmente conflictuado por lo cuestionable de su proyecto y el resultado que consigue, sus expresiones faciales son generalmente las mismas y su voz exagerada, con lo que no alcanza a tocar emocionalmente al espectador.
Por otro, el trabajo de Jacob Elordi es brillante. Es él quien logra conectar y empatizar con el público, quien está muy lejos de verlo como un monstruo, a pesar de esas líneas en su piel, que recuerdan su debatible origen: el actor de Saltburn (2023) va de una emoción a otra sin complicaciones, entregando matices por demás verosímiles y ¿naturales? Otra que también está muy bien, así su personaje no haya sido tan visible, es Mia Goth, como la chica que acaba atónita con la presencia de la criatura. Igualmente, Christoph Waltz hace un buen papel, pero su Harlander no se justifica tanto en la historia.
Los inconvenientes con la cinta disponible en Netflix y en las salas de cine son sus diálogos demasiado elaborados; su ritmo lento, que no tiene un momento verdaderamente de clímax, que haga saltar en la butaca, vuele la mente o inquiete en cualquier sentido (pudieran ser en los que aparecen juntos la criatura y Elizabeth, pero no es para tanto); y que algunos personajes no están lo suficientemente desarrollados. Claro, lo anterior no significa que la cinta deba ignorarse. Al contrario, Frankenstein es una obra de arte obligada.
Véala… bajo su propia responsabilidad, como siempre.






