Todo es político. Todo. Cuando un político dice que quieren politizar un tema cualquiera, sabe de antemano que así es siempre. Si él o ella estuviera del otro lado, haría lo mismo que hace su adversario, politizar todos los asuntos. Regresamos al punto inicial, aunque suene a trabalenguas: todo es político, todo se politiza.
Y en el México de hoy todo está exacerbado, no existe espacio para la neutralidad. El Mundial de futbol es un ejemplo claro. El juego inicial, para la inauguración del torneo, se convirtió en la cara más visible de la división de los dos o más Méxicos en disputa permanente por el poder. Quienes asistieron al estadio Azteca al enfrentamiento México-Sudáfrica, y los que se replegaron a verlo en pantallas gigantes, convirtiendo el acto en una concentración de simpatizantes. Es decir, la oposición y la élite económica dentro del estadio, y afuera quienes están en el poder definidos como 4T.
No pasó inadvertida la división. Muchos se encargaron de documentar quienes asistieron al juego inaugural, no solo la separación política clara, sino también la separación social de un país groseramente desigual.
Si la Presidenta Claudia Sheinbaum decide no asistir al juego, rechazando sentarse en el palco al lado del dirigente mundial del futbol asociado, Gianni Infantino, manda la señal que de su lado político nadie se puede parar en el estadio. Todos así lo entendieron, de su lado político nadie fue.
Puede gustar o no, puede llamarse pose, puede afirmarse que la Presidenta no se arriesgó a un abucheo. Pero se marcó una raya que dividió en dos bandos la connotación política del mundial. Dos bandos claramente separados.
Hay quienes dijeron que el Mundial podría aprovecharse como una pausa a la estridencia política que vive el país el último mes, desde la intromisión judicial de Estados Unidos por la vía de las acusaciones a los sinaloenses y la muerte de los dos agentes de la CIA en Chihuahua. Ha resultado exactamente lo contrario. A eso hay que sumarle que el precio de los boletos para asistir al mundial excluyó de manera automática a casi todo el país. Entonces el estadio se llenó de quienes tienen el poder…así sea el económico.
Si la oposición y el poder político no alcanzan una coincidencia en bloque, en la inauguración del Mundial tuvieron su espacio entre los 80 mil 824 espectadores. Los dos últimos excandidatos presidenciales ahí estaban: José Antonio Meade, por el PRI en 2018 y Xóchitl Gálvez de PRI-PAN en 2024. Y si de críticos ásperos se trata, también asistió el empresario Ricardo Salinas, que un día sí y otro también pasa de la crítica a la grosería directa contra Sheinbaum.
Margen de error
(70-86) México repite como sede del mundial de futbol, eso ofrece tres episodios distintos para leer las marcas políticas de estos tres tiempos mexicanos. No los récords, ni el mundial de la glorias para Pelé y Maradona. Eso les toca a otros.
Los mundiales de futbol son una festividad de masas que compran los gobiernos para lavarse la cara. Lo hizo Mussolini en 1934 para mostrar al facismo, después Hitler con los Juegos Olímpicos de 1936, la dictadura Argentina en 1978, los arabes con Qatar 2022. Ejemplos extremos en casi un siglo del control de la FIFA en el monumental negocio del futbol.
México 1970 es el fin del régimen de Díaz Ordaz, quien también había inaugurado los Juegos Olímpicos de 1968. Ese año no es el de las olimpiadas, es el de la matanza de Tlatelolco. Esa es la cara que querían lavarse.
México 1986 se obtiene porque Colombia declina ante la espiral de violencia provocada por las locuras de Pablo Escobar. México aún no lograba reponerse de las dos primeras crisis económicas sexenales, la de 1976 y la de 1982, al concluir los mandatos de Echeverría y López Portillo. Peor aun, el temblor de 1985 había devastado la capital y la propia gente se rescató entre los escombros ante un gobierno paralizado.
Díaz Ordaz y De la Madrid, los presidentes en turno, fueron abucheados en sus palabras inaugurales.
2026, este mundial, llega también en un año crucial. Toda la descripción inicial de la élite económica y parte de la oposición al régimen de fiesta en el estadio Azteca es una muestra del México de 2026. Uno que muestra afuera de la cancha el caos por las protestas de un sindicato que arrodilla al gobierno con sus amenazas, y los colectivos de búsqueda, hartos de marchar siempre solos, en la peor de las pesadillas en un país de más de 100 mil desaparecidos.
Las imágenes del público asistente a la inauguración del Mundial 2026 con respecto a los dos mundiales anteriores, el de 1970 y el de 1986, son de un contraste brutal. En el 70 abundan los sombreros en las gradas, en el 86 sobresalen los extranjeros, pero aún era posible acceder a un boleto casi para cualquier aficionado. Hoy el acceso a un juego equivale a un coche.
Primera cita
(FIFA) Es la fiesta de la FIFA. Esa mafia moderna y legalizada, donde los millonarios del mundo se reconocen para explotar un negocio global. Es legal, pero traspasa los límites con la facilidad que traspasa fronteras el futbol.
La FIFA arrastra sus cadáveres por donde pasa. El delito que se le ocurra, ya lo cometieron en la FIFA. Venden emoción, nadie se resiste a la emoción (PUNTO)
Artículo publicado el 14 de junio de 2026 en la edición 1220 del semanario Ríodoce.







