Memorias de un caracol

Memorias de un caracol

Aunque creció sin su madre, quien murió cuando ella y su hermano gemelo Gilbert nacieron, Grace es una niña que disfruta de leer historias románticas y coleccionar todo lo relacionado con los caracoles.

Su vida funcional y hasta cierto punto feliz se acaba al fallecer su padre, porque, al ser menores de edad, ella y Gilbert son adoptados, pero por dos familias diferentes.

A la chica, con unos padres que se la pasan siempre de viaje, parece no irle bien, más por la amistad que hace con Pinky, una señora de edad avanzada; el chico, con unos padres religiosos, estrictos, represivos y explotadores, no puede decir lo mismo.

Sólo el deseo de los hermanos de volver a reunirse los mantiene entusiastas, hasta que aparece lo inevitable.

La filmografía del australiano Adam Elliot se caracteriza por aspectos que la hacen única, fácilmente identificable y por de más interesante.

Ya sea en sus cortometrajes Tío (1996), Primo (1999), Hermano (2000), Harvie Krumpet (2003) y Ernie Biscuit (2015), o en su primer largometraje Mary and Max (2009), sus tramas envuelven temáticas como muerte, religión, depresión, suicidio, mala alimentación, obesidad, adopción, migración, nudismo; incluyen la presencia de animales (pájaros, gatos, perros, arañas, caracoles); son recurrentes las tumbas (de personas y mascotas); es común ver situaciones
de bullying entre adolescentes (uno termina con el dedo fracturado y los que buscan pelea siempre son tres).

Sus personajes son solitarios, poco sociables, patéticos, irónicos, trágicos, o cómicos, entusiastas y felices; son coleccionistas (camisetas, estrellas, caracoles); beben alcohol y fuman deliberadamente; hay uno en sillas de ruedas, alguno es excéntrico (hippie), otro se dedica a un espectáculo de circo (payaso, malabarista, mago) y uno más es cleptómano; pierden contacto con sus seres queridos; padecen ssma, Alzheimer, síndrome de Asperger, sordera; los hijos se llevan mejor con el padre; la madre suele morir primero que este, aunque al final fallecen los dos.

Son frecuentes las estancias para adultos mayores; no falta un incendio, una fotografía especial con alguien significativo y el envío de cartas; hay un narrador (William McInnes, Geoffrey Rush, John Flaus) y un discurso motivador que invita a vivir la vida y disfrutarla a partir de la simpleza de las cosas; sus filmes son animaciones stop motion, en plastilina, de un manejo del color mayormente en grises, aunque recurre a otros más llamativos para enfatizar.

En Memorias de un caracol (Memoir of a Snail/Australia/2024), nominada a mejor película de animación en los Oscar 2025 (Flow, la ganadora), de nuevo dirigida y escrita por Adam Elliot, están integrados todos esos elementos.

Es una cinta entretenida, sin desperdicios, que funciona en todas sus facetas de manera excelente y logra que el espectador se vea reflejado en la tristeza, desolación, soledad, o alegría, esperanza y optimismo de los bien delineados personajes.

La película actualmente en cartelera, visualmente es un deleite, su discurso resulta genuinamente motivador y posee una música que, fuera de la sala, resuena en la memoria ocasionalmente. Sólo queda la inquietud de ver a Elliot fuera de su zona de confort, por la simple razón de saber hasta dónde llega su capacidad creativa.

Véala… bajo su propia responsabilidad, como siempre.

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