El día después de mañana

El día después de mañana

Pasando el domingo, los actores políticos y los ciudadanos tendremos que asimilar triunfos y derrotas. Al final de eso se trata este episodio de nuestra historia. Desde el más trivial de los juegos que implican un enfrentamiento —como la lotería o un juego de futbol— hasta una guerra electoral a muerte, cualquiera de los dos resultados, necesitan ser asimilados.

Pese a sus deficiencias, la rispidez, incluso la violencia homicida que desencadena el enfrentamiento por el poder (fueron asesinados 25 candidatos en este proceso, cuatro de ellas mujeres, hasta el cierre de campañas el pasado miércoles), las reglas y normas vigentes ofrecen que el ganador no se lleva todo y los perdedores no se quedan sin nada. El sistema de representación permite que aun los perdedores asuman posiciones en ayuntamientos o poderes legislativos.

Ante una contienda que se presenta con pocas probabilidades de sorpresa, al menos en la elección mayor por la presidencia del país, los ojos debemos ponerlos en lo que ocurrirá mañana, y después del mañana: ¿cómo procesarán el triunfo y la derrota los actores?

A diferencia de la afirmación de que el voto es la solución, demasiado simplista, lo cierto es que el voto es apenas una primera estación de este viaje. Votar no basta.

El día después del mañana será cuando empiecen a ocurrir los reacomodos. Por ahora quizás solo es posible plantear las muchas dudas al mediano plazo.

Los meses de campaña política, incluso los complicados mecanismos de selección interna para la definición de los actores, tiene un solo objetivo: convencer el día de la jornada electoral para colocar una marca en el logo y nombre de las preferencias. Y eso es todo.

Así es como la vida púbica se somete a prueba. En el mejor de los casos se trata de contiendas periódicas, con reglas complejas pero comprensibles para emparejar el terreno, y sobre todo el razonable respeto a esas reglas para no terminar definiendo los asuntos a cuchilladas o balazos.

Hace muchos años que el sistema político electoral de México no tiene ni ganadores ni perdedores predeterminados. Así lo fue por más de medio siglo. Todos sabían quiénes serían los ganadores y quiénes los perdedores. Cómo le gusta decir a José Woldenberg, pasamos de una actividad política monocolor a otra multicolor. Eso que suena simple y elemental no fue sencillo ni tampoco fue gratuito, costó sangre y vidas.

Vale la pena no perder de vista eso, como tampoco satanizar con absolutos, como me parece que ocurre ahora en cualquier discusión. Hasta dónde prevalecerá esa prudencia, es imposible adelantar por ahora.

La noche del domingo los contendientes que arengaron a sus huestes con un triunfo seguro e irrefutable, tendrán que optar por tres caminos: uno, donde reconocen la derrota o el triunfo con la información disponible; convirtiéndose en la civilidad completa y el escenario ideal. Otro donde anunciarán un triunfo por demás imposible, incluso donde ellos mismos saben de la derrota, pero sienten la necesidad de anunciar lo contrario; eso implica casos patéticos donde solo se dicen ganadores para casi de inmediato replegarse en la derrota. Y un tercer camino, improbable pero siempre posible, que llevaría a uno de los actores a no reconocer los resultados y enfrascarse en una movilización para impugnarlos; como ya ocurrió en 2006 con el actual presidente.

Margen de error

(Perdedores) Dos ejemplos. En 2000 con el triunfo del PRI —lo mismo que en 2018— el reconocimiento de la derrota fue de inmediato. Ernesto Zedillo —y Enrique Peña— salieron a reconocer los resultados adversos. En el 2000 no se trataba de cualquier derrota, era el fin de la hegemonía del PRI.

Este 2024 el escenario es distinto. Aun así, habrá perdedores y tendrán que asumir una posición pública ante la situación. De ese comportamiento dependerá mucho la convivencia política después de la elección.

¿Los seguidores de la candidata perdedora serán capaces de reconocer la derrota? ¿Por dónde se conducirán las fuerzas políticas en derrota?

Primera cita

(Ganadores) La responsabilidad mayor, sin embargo, no está en los perdedores sino en los ganadores. Será importante no engolosinarse con el triunfo, menos hacer oídos sordos a las muchas demandas de una franja, nada pequeña del país, que consistentemente no comparte las ideas y propuestas de quienes resultan ganadores.

Las discrepancias son muchas y mayúsculas. La vida pública está contaminada, incluso podrida en más de un ámbito. Ningún país, ni siquiera un ayuntamiento, puede guiarse y gobernarse solo con las ideas de los ganadores, y sus imposiciones.

¿Hasta dónde el país de los ganadores incluye a todos? ¿Cuál será el estilo personal de gobernar de la ganadora, de su parlamento? ¿Podrá distanciarse la ganadora de sus promotores?

Mirilla

(Daños) Tarde que temprano tendrá que llegar el recuento de los daños. La contienda político-electoral no solo es para seleccionar y decidir sobre la repartición del poder, eso sería demasiado simple. La política es una pasión exacerbada, como el amor o la locura, y así debe serlo. No por ello esperamos que se convierta en más violencia de la que ya ocurre, o inmovilice a los actores en posiciones encontradas, como un choque de trenes.

Contrario al lugar común, no solo la temporada de elecciones para la renovación de los cargos públicos, es el único momento para recomponer la vida pública, oportunidades hay muchas más, porque solo con votar no se soluciona nada. (PUNTO).

Artículo publicado el 02 de junio de 2024 en la edición 1114 del semanario Ríodoce.

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