Malayerba: Diabetes

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Él sabía que el patrón era narco: uno joven, cabrón, de pocas pulgas, de esos malos que no aguantan bromas ni pasan tragos amargos sin antes tomar represalias.

Lea: La rendición

El patrón le tenía confianza, por eso le encargó que hiciera ese trabajo en sus tierras, allá, cerca de la sierra, donde cientos de hectáreas lo esperaban. Montado en esa motoconformadora empezó temprano ese día y terminó tarde.

El jefe le dijo que no se fuera de ahí hasta que terminara. De modo que siguió con ese ritmo durante tres días, pero le dieron ganas de irse de juerga, agarrar morras en su pueblo, ver a sus amigos y echarse unas cervezas en el patio de su casa.

En esa comunidad le sobraban mujeres y amigos para la fiesta. En eso estaba cuando llegaron cuatro hombres armados. Supo quiénes eran porque los había visto allá, en el rancho del patrón. Se levantó para saludarlos pero no les vio buena cara.

Cuando los tuvo a varios metros vio las cuarenta y cinco abrazadas por los filos de los pantalones y los rostros entumecidos. Venimos por ti, le dijeron. Uno de ellos se le puso atrás y lo sujetó. Los otros lo amarraron. Y así, como tamal, lo subieron.

En la cheroki iba como bulto, en la cajuela. Ellos conversaban y escuchaban corridos. Llevaban botes de cerveza que no le convidaron. Y él, desde atrás, les preguntaba qué pasaba. Les reclamaba ese trato. Qué, ya no somos amigos.

Los que convivían con él se quedaron sorprendidos. Entre ellos se preguntaban, encuclillados algunos, las mujeres con esa media sonrisa de coca y tecate roja, decían pues qué no eran sus camaradas.

Allá, en los aposentos del jefe, lo sacaron y lo tiraron al suelo. Cayó como costal de papas. Volvió a respingar, pero siguió sin ser escuchado. Uno de ellos tomó el teléfono y le llamó al patrón. Qué hacemos con él.

El jefe contestó algo que no más escuchó el que traía el aparato celular en la oreja. Y respondió ta bueno.
Lo dejó así, amarrado, y se fue por los otros, que ya se habían instalado en uno de los cuartos del rancho, a descansar. Volvieron los cuatro y además del mecate en el que estaba enredado lo ataron de pies, con una reata más gruesa.

Lo arrastraron de nuevo, hasta la noria. Ni modo, le dijo el que había llamado por teléfono. Son órdenes del jefe. Y lo metieron al hoyo y lo dejaron ahí, pendido, de cabeza.

Ei, no sean gachos. Sáquenme. Sáquenme por favor. Ei, compas. No me dejen aquí. Ei. Háblenle al jefe, él es mi amigo. Díganle que me saque, que ya estuvo bueno.

Una nueva llamada. El patrón les dijo que le explicaran que eso le pasaba por desobedecerlo: dice el jefe que le pidió que no se fuera de aquí hasta que terminara la chamba y que esto le pasa por dársela de cabrón y no acatar sus órdenes.

Así estuvo, en esa fosa, varias horas. Al rato sintió que lo jalaban hacia la superficie. El corazón le saltaba. Sentía la baba que se le escurría y los ojos fuera de órbita.

Sin preguntar ni reclamar buscó la motoconformadora y se subió. Reinició su trabajo al otro día, en las tierras aquellas: completó jornadas intensas, de sol a sol, sin volver a su pueblo, hasta que terminó, tres meses después.

Llegó a su casa. Se echó varios botes, estuvo con amigos y mujeres. Y temprano se retiró. Al otro día fue al médico. Se sentía mal y le hicieron estudios. Desde entonces tiene diabetes. Le dijeron que por tanta preocupación.

Artículo publicado el 29 de octubre de 2023 en la edición 1083 del semanario Ríodoce.

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