Malayerba: Era mujer

Malayerba: Era mujer

En realidad el jefe no se los pidió. No fue una orden directa. Pero no hizo falta: la sugerencia planteada así, a su modo, era una manera de decir que tenían que hacerlo y ya. Y nada más.

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Sentados alrededor de una mesa. Las bebidas amenizaban el rato. Igual que las prisas. De un lado para otro, haciendo jales, tumbando gente, moviendo droga y dinero, y reclutando gente.

Toño había sido jefe de grupo de la Policía Judicial. Tiempo pasado. Y es que llegó ese comandante Barrientos. Ese sí era de ley, honesto. Todo fue que tomara posesión del cargo y dio de baja a Toño.

Las cosas, por supuesto, no quedaron ahí. Toño era de armas y de los buenos. No había en la ciudad nadie con esa capacidad a la hora de agarrar las pistolas y hacerlas sonar. Jale que le encargaban, jale que terminaba. Un trabajito, un muerto.

Ahí no terminaba la cosa. Al jefe, ese capo de todos los capos, le habían matado un primo. Y era una muerte que se la atribuía a ese nuevo comandante de la policía, que había llegado tumbando caña.

Perombre. Cómo está eso, pues. Mi toñito, siendo usté jefe de grupo de la judicial lo despidió este comandante Barrientos. Cómo pues. Y usté no hizo nada. Por qué no se saca la espina. Yo lo apoyo.

Ahí estaba la petición o sugerencia o propuesta o recomendación. Así, con ese tonito de voz de quien parece aconsejar. Pero era una orden, terminante e ineludible.

A no sé qué se levantó el jefe y abandonó durante pocos minutos el lugar del otro lado de la mesa. El toño aprovechó la ocasión para amarrar compromiso con su compañero de gatillo: hijuelachingada, vamos a tener que aventarnos ese venado de ocho puntas.

Su acompañante no era otro que El remache. Un joven de pelo abundantemente largo, diarreico a la hora de jalar de los gatillos, aventado, vago y callado. Bastó una mueca para asentir.

Acababa de traer ese convertible rojo de la frontera. Bonito el carro. No lo habían usado para no quemarlo. Así que con más razón lo fueron a guardar a una de las casas de seguridad que tenían.

Y le pusieron cola al jefe de la policía. De su casa a las oficinas de la corporación. De ahí a la comida. De regreso a la oficina. Y después, ya de noche y sin hora precisa, de nuevo a su casa.

Las trayectorias, vías alternas para la huida, número de personas que lo acompañaban, las armas que portaban y los vehículos que usaban. Todo listo y en orden. Podían iniciar la caza de ese venado de ocho puntas.

Sus pensamientos eran visitados de forma consuetudinaria por esa frase de su jefe: por qué no se saca la espina, compa toño, yo lo apoyo. Y aquella que le había dado fama no se quedaba atrás: un encargo, un muerto. Era su prestigio. No quería que lo pusieran en duda.

Así que manos a la obra. Fue una emboscada citadina, por el bulevar Madero. El jefe de la policía, el tal Barrientos, había caído abatido por las balas. Ellas agarraron para el oriente y luego a sus terrenos, cercanos a Tierra Blanca.

Al día siguiente el festejo. El jefe estaba complacido. Su prestigio de matón profesional estaba intacto y más fuerte. Seguía siendo el favorito de su clan. El remache, aplastado en el sillón de la sala, soltó la carcajada.

En el periódico aparecía el asesinato. Convertible rojo, dos homicidas dispararon contra el jefe policiaco hasta darle muerte. El vehículo era conducido por una mujer.

Era él y su pelo largo, alborotado por la velocidad y el viento. Ya me pelaron los ojos. ¿Cuál mujer?

Artículo publicado el 16 de abril de 2023 en la edición 1055 del semanario Ríodoce.

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