¿Comer menos para bajar de peso? Puede no ser lo mejor

Calorías 56

Hay un enfoque simplista y muy arraigado en torno a la obesidad. Dicho enfoque define a la obesidad como el resultado de una simple ecuación: calorías que entran, menos calorías que salen, igual a grasa corporal.

Si la obesidad, la peor pandemia de la historia humana que afecta al 40 por ciento de la población adulta se resolviera de una manera tan simple, ya estuviéramos revirtiéndola.

Entonces, ¿comer menos no funciona? Hay estudios que sugieren que no es un método efectivo.

Una caloría no es una caloría

Se afirma con frecuencia que una caloría es una caloría. Este razonamiento acerca de que todas las calorías cuentan de la misma forma puede llevar a realizar dietas peligrosas en las que se consuman 2 mil calorías de papitas, pastelitos y refrescos; qué importa, al fin y al cabo, la cantidad de calorías se ajusta a las recomendaciones.

No. Una caloría de refresco no es lo mismo que una caloría de carne. Incluso en los mismos refrescos, una caloría de un refresco endulzado con azúcar regular no es igual que una caloría de otro refresco endulzado con jarabe de maíz alto en fructosa. Ambas calorías generan respuestas metabólicas distintas.

De aquí la importancia de las fuentes de esas calorías y, partiendo de esto, podemos ir desmitificando el conteo de calorías como una práctica efectiva en el control de peso.

Entonces, una caloría solo es equivalente si proviene de la misma fuente. Y la fuente es más importante que el valor energético que estas aporten.

Menos calorías, menor gasto calórico

Uno de los principales supuestos en la teoría de la reducción calórica es que la energía que entra y la que sale son independientes, es decir, que basta con bajar la ingesta calórica para que el gasto calórico haga el trabajo de sacar los excesos. Esto no es así. Al reducir la ingesta, el gasto disminuye y, si se llega a dar, la reducción de peso es mínima.

La administración de la energía corporal es similar a la que ocurre con algunos teléfonos inteligentes. Cuando el dispositivo llega al 15 por ciento de su carga, la luz cambia, se vuelve menos brillante, y conforme la energía va disminuyendo, va apagando distintas funciones secundarias con la finalidad de extender el uso de la energía restante.

Al igual, nuestro cuerpo baja las revoluciones y ralentiza ciertos procesos que gastan energía en automático, como la producción de calor o de músculo, el ritmo cardiaco, el proceso digestivo, entre otros.

Un estudio de 2015 analizó las tendencias en obesidad y obesidad abdominal desde 1988 hasta 2010, encontrando que el índice de masa corporal aumentó un 0.37 por ciento cada año, pero la ingesta calórica promedio diaria no tuvo cambios significativos: los participantes subieron de peso sin ingerir más calorías. El estudio asoció este aumento de peso con la reducción en la actividad física.

Experimento del hambre: sorpresivos resultados

En la década de los cuarentas, el contexto de la Segunda Guerra Mundial motivó para que se realizara un exhaustivo estudio del hambre.

En los años posteriores a la guerra, muchas personas en Europa presentaban fuertes cuadros de desnutrición. En ese entonces, los síntomas relacionados con la falta prolongada de alimentos eran desconocidos o tenían poco sustento científico detrás.

Entre 1944 y 1945, el doctor Ancel Keys llevó a cabo el experimento de nombre ‘La biología de la inanición humana’. En este experimento se seleccionaron 36 participantes de peso y estatura similar.

Durante el primer trimestre, los participantes fueron alimentados con una dieta de 3 mil 200 calorías diarias, pero durante los siguientes seis meses se redujo la dieta desde 1 mil 570 calorías hasta llegar a 1 mil en algunos participantes.

El resultado fue que la dieta baja en calorías hizo que la tasa metabólica se redujera un 40 por ciento. Al haber poca energía, los participantes experimentaron frío en climas normales, su fuerza se redujo un 21 por ciento, la frecuencia cardiaca bajó y empezaron a sentir mareos y pérdida de cabello.

Con poca energía alimentaria disponible, su cuerpo entró en modo conservación y, si bien perdieron peso de manera considerable, también las ganas de vivir. Los participantes perdieron el interés por casi todo, algunos dejaron sus escuelas e incluso hubo registro de comportamientos neuróticos.

En teoría, los hombres debían perder 35 kilos al final del experimento, pero en realidad solo perdieron 17 kilos. En la fase de recuperación, los participantes recuperaron su peso inicial en los tres meses siguientes.

El clásico rebote de las dietas hipocalóricas.

Artículo publicado el 18 de septiembre de 2022 en la edición 1025 del semanario Ríodoce.

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