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Malayerba: Pita, cabrona

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Esos perros. Yo los mato.

El taxista espejea. Ve por el retrovisor a una mujer manejando. La trae pisándole la defensa trasera desde cuadras atrás. Quiere pasar y no puede. No se puede. La calle es angosta, de un solo carril.

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Mire esta cabrona. Mujer tenía que ser, oiga. A güevo quiere pasar. Se me echa encima, casi se monta en la defensa. Casi me atropella. Pero la gente no entiende, oiga.

Trae lentes bifocales. Esa piel morena tiene manchas: el tiempo dejó paso por esta piel que no necesita fruncirse ni hacer gestos para revelar las arrugas. Y una voz fuerte, que suena como si hablara desde el fondo de un largo cono de cartón.

Detrás del volante, encima del asiento, en su calidad de conductor, se impone. Trae un Nissan y el cliente que se ha subido junto a él le pide que lo lleve al centro comercial que está por el bulevar Zapata.

Le dice, Culiacán está cabrón. Y luego ahí, a donde va usted, han ejecutado a muchos. No más se oyen las balaceras. Hace poco mataron a cinco polis, tres de ellos eran federales. Luego, antes, habían matado a un fotógrafo que pasaba por ahí. Está muy duro todo.

La calle se abre. La señora por fin lo rebasa. Trae una pailot blanca. Cuando pasa por un lado le lanza pedradas con la mirada. Él le contesta con lanzas. Se retan. De ahí no pasa.

Seguramente es narca. Esos narcos, oiga. Pinches perros. Eso son, unos perros. Yo los mato, oiga. Que me den un cuerno. Que me surtan balas, los pongan en fila… yo los fusilo. Son unos perros. Eso es lo que se merecen. Que los maten. Que los maten.

Su voz gruesa parece engrosar más cuando se emociona. Trae entre su pecho y la boca bolas de fuego de rencor acumulado, odio multiplicado, coraje añejado. Olor a muerto en esa voz. En esa mirada ensanchada. Los lentes parecen rebotarle. Las mejillas emigran a rojo.

Confieso oiga. Confieso que traigo mucho odio. Esos perros me mataron a un hermano hace nueve años. No se me olvida. Lo andaban cazando. Venía de vender unas cosechas. Trescientos mil pesos, la camioneta. Todo le quitaron. Y lo destrozaron a balazos.

Una mujer que va adelante se le mete de una. Mire, mire, esa mujer ya se me metió. Ni sacó la mano ni puso el direccional ni se fijó en el espejo. Imagínese uno así, todo el día. Estas mujeres quieren manejar, pero nomás se meten al centro y se engentan.

Toma el malecón viejo. Pasa bajo el puente negro. La manecilla del velocímetro no pasa de los cincuenta kilómetros. Toma el volante con las dos manos. No parece descansar mientras maneja su vehículo automático. Más bien padece el hartazgo.

Así tiene que manejar uno, oiga. Con mucho cuidado, a la defensiva. Está muy peligroso. Hay mucha violencia.

El otro día, una mujer iba delante de mí. Y delante de ella una camioneta de esas, como Cheyenne, grandotas. Ella le pitó una vez y otra vez y otra. Entonces el amigo, que iba solo, se bajó. Traía una pistola en la mano. Negra la pistola.

Metió medio cuerpo en la cabina del carro de la señora. La agarró del buche. Y la apretaba y la zangoloteaba. Agarró la pistola y se la metió en la boca. Y le gritaba, Pita, cabrona, pita… pita hija de tu chingada madre, pita pa’matarte.

Y ella se quedó así. Yo no le vi la cara pero imagino que se le pusieron los ojos saltones. Que se ha de haber cagado de miedo la pobre señora. Hasta que la dejó. Y nadie hizo nada.

Por eso le digo. Son unos perros. Hijos de su pinche madre. Yo los mato. A todos. Son cincuenta pesos.

Artículo publicado el 10 de abril de 2022 en la edición 1002 del semanario Ríodoce.

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