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Malayerba: De día, albañil

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Sus días son de albañil, cargador o pulidor de carros. Sus noches son en el desierto, con una mochila al hombro, en lugares inhóspitos y desconocidos. Pero siempre es un tipo tranquilo, afebril, serio.

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Camina lerdo como si trajera un viejo dentro. No habla o más bien habla poco. Atisba sonrisas, pero no sonríe. Festeja sigilosamente, sin fiestas ni aspavientos. Nadie da un peso por él. O como dicen en el barrio: no paga el tiro.

Cuando la hace de albañil, cargador o pule y encera carros es puntual en sus trajines escasos. Siempre a la misma hora en su casa. Sin cerveza en la panza. Come a sus horas en la calle o donde lo agarre el reloj. Su vida es la telaraña intacta de la rutina.

Pero de noche no es él. Sus noches, esas de las ampollas en los zapatos y la mochila al hombro, no tienen nada qué ver con la apacibilidad de su colchón ni sus sueños de juntar un buen lanón.

Son noches largas, de cinco, seis y hasta siete días. Igual no habla ni festeja ni nada. Trae unos quilos de coca que le pesan en la espalda, dentro de esa mochila. Una cantimplora que nunca le alcanza para apagar el fuego interno. Unos zapatos que quisiera que tuvieran la comodidad de los tenis y la seguridad de las botas: ampollas poblando talones y el dedo gordo, cueros cocidos por el calor del desierto, callos amontonados.

Ellos son cinco o seis. El capataz pegado el grupo. Siempre armado y en vigilia. No hay descanso si no lo autoriza. Ni agua adicional ni pueblos cercanos ni tiempo para mirar. Sólo andar y andar.

A veces por el desierto de Sonora. Otras por Chihuahua. Los estados fronterizos son buenos para pasar el polvo. Pero nunca se sabe en qué punto exacto se va a trabajar ni la hora en que se llegará.

El sol es duro como el capataz. Las sombras se niegan y los arbustos enanos no dan para más. La sed es galopante. Sudor de a madre. Cansancio igual. Pero no hay marcha atrás: si alguien flaquea o se quiere rajar ahí se queda: el capataz lo ejecuta y su mochila pasa a otra espalda.

No hay protestas y si hay el gatillo habla. Cinco días a pie. Nadie sabe nada. En algún punto del otro lado de la frontera llega el contacto. Un grupo adicional recibe la carga. De ahí para adelante todo es en carros, casas de seguridad y policías apalabrados.

¿Cuánta carga traía en sus espaldas? Quién sabe. No importa: sólo importa que hay marcas en los hombros y que duelen las paletas. ¿Cuánto vale la carga?, ¿cuántos kilómetros y cuánto falta cuando más tiemblas las piernas? Quién sabe. Igual no importa.

Esas son las noches del albañil que a veces es cargador o que pule y encera carros. De un salario de cuatrocientos pesos semanales pasa a diez mil cuando su carga es blanca y cuantiosa.

Ahora vuelve a sus días de esa doble vida en la que pasan los días y no pasa nada. Entonces duerme apaciblemente. Descansa sin pedir permiso. Frota esa espalda y masajea suavemente sus pies callosos para regresarles un poco de lo que dan cuando la vida es otra. Y no piensa en nada. Sólo descansa.

Artículo publicado el 13 de febrero de 2022 en la edición 994 del semanario Ríodoce.

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