julio 23, 2021 12:09 PM

Los desaparecidos de Las Quintas, pasado y presente

FAMILIAS AGRAVIADAS. 25 años después, la impunidad.

En 1996 que parece muy lejano, hace un cuarto de siglo, la desaparición de personas en Sinaloa, y en México, era un asunto del pasado. Es un delito permanente, pero en ese tiempo estaba muy lejos de los niveles en que ocurrió durante el periodo conocido como la guerra sucia –cuando el gobierno combatió a grupos de oposición política- o la llamada Operación Cóndor –cuando inició la lucha contra la siembra de estupefacientes o, aun peor, en los tiempos actuales.

En ese 1996 se registran 28 denuncias sobre desapariciones, o personas no localizadas en todo México (de esos al menos 4 son de Sinaloa). Para tomar una referencia, el año pasado había en esa categoría casi 89 mil personas desde que se tiene registro, de 1964 a 2021. Pasamos de llenar un salón a llenar un estadio. De ese tamaño es la diferencia del problema en 25 años, el último cuarto de siglo.

Sinaloa en todo periodo histórico sobresale como protagonista en lo que se refiere a las desapariciones. Si es en la guerra sucia, tiene su capítulo con Chuyita Caldera encabezando la búsqueda de su hijo José Barrón, apenas un jovencito de preparatoria cuando lo desaparecieron. Si es en la Operación Cóndor igual, es en el triángulo dorado donde el Ejército Mexicano se apostó en una guerra que no era suya, sino de los Estados Unidos. Y lo mismo en la guerra contra el narco, cuando Sinaloa igual dispara las desapariciones entre 2008 y la actualidad, muchas de ellas relacionadas con las organizaciones criminales o la participación de policías locales o estatales.

Pero el caso de los primos Hernández, ocurrido la madrugada del 30 de junio de 1996, se sale por completo de toda lógica de periodos históricos, o coyunturas. Juan Emerio, Jorge y Abraham, llegaron a una fiesta en casa de Rolando Andrade, y después de un pleito se retiraron. Me la van a pagar, a mi familia nadie la toca, les habría gritado aquella madrugada Rommel Andrade, siempre señalado de haber ordenado la desaparición.

No es la guerra sucia, donde motivos políticos propiciaron las desapariciones, ni es la lucha del ejército por erradicar cultivos, tampoco es narcos contra narcos por ganar territorios. Aquí todo acredita que se trató de unos civiles con poder que desaparecieron a tres jóvenes por un pleito tonto y aparentemente sin chiste. Aunque como en aquellos casos, pasó el tiempo y jurídicamente no se comprobaron culpabilidades, complicidades u omisiones.

Como en otras muchas desapariciones, de la guerra sucia, de la operación Cóndor o las actuales de la guerra contra el narco, hay autoridades en complicidad. Con los primos Hernández de Las Quintas pasa igual. Hay evidencia de que los policías municipales Abel Félix, Juan Luis Quiroz y Héctor Manuel Medina, fueron quienes inicialmente detuvieron a los primos y los entregaron a quienes se encargaban de la seguridad personal de Rolando y Rommel Andrade, padre e hijo.

 

Margen de error

(25 años) Un cuarto de siglo después, los primos siguen desaparecidos. A Juan Emerio, Jorge y Abraham, los han buscado en muchos lados, han cavado y han cateado sitios, pero igual no aparecieron.

Sus padres y madres no olvidan, 25 años después recapitulan al menos para dejar un testimonio de lo que ocurrió con sus hijos que no volvieron a ver. Antes, en aquel 1996 y los meses y años siguientes, tenían la fuerza para detener la comitiva presidencial y exigirle que se investigara. Gritaban y se enfrentaban a quien fuera, el gobernador Renato Vega o el Presidente Ernesto Zedillo.

Hoy, 25 años después declaran: Una clara relación política entre el poder gubernamental de aquellos tiempos, concretamente del gobernador Renato Vega y el padre de Rommel, Rolando Andrade, impidió llegar a las últimas consecuencias. Así de simple, así de complicado.

 

Mirilla

(Valentía) Durante la guerra sucia las madres con hijos desaparecidos, en la guerra contra el narco las rastreadoras. Mujeres principalmente en la búsqueda de sus hijos o hijas, pero también de hermanos y hermanas, de esposos o padres.

En la guerra sucia desde el Estado mismo se atrevieron a desaparecerlos, no había espacio para la discusión política. En la guerra contra el narco, pasaron de matarse entre sí, a enterrarlos donde fuera, muchas veces con la participación de las policías locales o federales. Uno y otro episodio, por más que se han contado y que existen conclusiones claras, nunca se logró alcanzar justicia.

De los desaparecidos de la guerra sucia la gran mayoría continua en la misma condición, y los involucrados en las desapariciones murieron en su cama. De los desaparecidos en la guerra contra el narco igual, no hay un solo caso judicializado que explique las redes criminales que se ocuparon sistemáticamente de desaparecer a rivales e inocentes, y que muchas veces con el apoyo de policías o gobernantes.

 

Primera cita
(Poder) “Se vio la prepotencia del estatus económico y las relaciones estrechas con el poder político pues participaron en los hechos agentes de la policía municipal y fue público y notorio durante la lucha que desarrollamos y las investigaciones oficiales como la sombra protectora del poder político cobijó a los responsables” dijo Abraham Hernández padre de uno de los jóvenes 25 años después (PUNTO)

Columna publicada el 04 de julio de 2021 en la edición 962 del semanario Ríodoce.

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