mayo 10, 2021 1:58 PM

Malayerba: Atole

malayerba atole

Dos de la mañana. Don Ricardo caminaba apaciblemente por la banqueta de esa amplia avenida, en la colonia Tierra Blanca, rumbo al trabajo. La oscuridad de la madrugada era su compañera, su cómplice.

Escuchó unos gritos y se le erizó el cabello. Luego un silencio profundo. Y después otros gritos de mujer, llanto. La voz fuerte de un hombre que maldecía. Otros sonidos como golpes, tal vez cachetadas.

Estaban dentro de un carro de modelo reciente. Él los vio mientras se acercaba y como tenía que pasar por un lado fingió no escuchar. Ya cerca, el hombre que estaba sobre el volante le gritó, Ei viejo. Don Ricardo volteó en cámara lenta.

Era un hombre alto, de cara grande, sudoroso y babeante. Traía una pistola escuadra en la mano. Le hacía señas de que se acercara, blandiendo el arma.

Sin apuntarle, pero sin soltar el fierro, le dijo, Quieres esta vieja. Tres veces le preguntó y él la vio en el asiento del lado: traía la ropa rasgada, estaba llorosa, amoratada, el rimel corría río abajo, despeinada y gacha. Ahora sollozaba y se tallaba la cara con ambas manos, tapándosela.

Que si la quieres, chingada madre. Don Ricardo reaccionó, Sí, sí. El desconocido abrió la puerta del lado de la joven y le dio una patada en la parte baja de la espalda para sacarla del vehículo. Y se fue.

Ella quedó en el suelo. Soltó nuevas lágrimas y acurrucada le pidió que no le hiciera nada. La levantó como pudo, la llevó a su casa, le dio trapos para que se cubriera e hizo que un taxi la transportara.

Los siguientes tres días portó esa imagen, los llantos, ese rostro de niña adolorida, vejada y triste, espantada, en sus ojos, camino a la chamba. La mirada del asesino, cínica y cavernaria. Y ella rendida, resignada, con la muerte atisbando.

Chupó los dientes y avanzó. A unos metros, junto a la banqueta, estaba un automóvil con el motor encendido. Es un taxi, musitó. Lo quiso rodear para evitar quedar del lado de la banqueta, presintiendo algo malo.

Pero cuando pasó junto a la puerta delantera se asomó un hombre alto, de voz gruesa y pistola en mano. Ei tú, tú. Era el mismo de aquella madrugada, pero esta vez le apuntaba con el arma. Te quieres morir, le preguntó. Él alcanzó a decir un no con la cabeza. El cuerpo tambaleándose.

Y luego ya no le preguntó, Pues hoy te vas a morir. Hoy te mueres.

El temblor subía y bajaba. Las rodillas se le vencían. El corazón en la garganta, los músculos arrugados y hechos trapo, los genitales disminuidos.

Lo tomó del cuello de la camisa. Sus manos grandes, la voz de cueva. Y ese cañón del arma que parecía agigantarse no dejaba de apuntarle. En ese momento un hombre pasaba del otro lado de la calle. Era un anciano.

El de la pistola le habló también y el taxista aprovechó para salir corriendo del carro. El desconocido volteó cuando aquel huyó y soltó por unos instantes a don Ricardo, y este aprovechó para correr también.

A dos cuadras, ambos coincidieron. A lo lejos vieron el taxi con las luces encendidas. Las siluetas. Tomaron aire, compartieron el gusto de haberse liberado. Está loco ese cabrón, dijo el taxista. Sí, casi nos mata.

Caminaron unos metros. Se detuvieron de nuevo, buscaron dónde sentarse. Grandes dosis de aire. Escucharon voces. Se acordaron del puesto de atole. Vamos a echarnos uno para calmarnos.

Pidieron dos vasos. Quisieron sorber, pero el temblor seguía latente, atrapando sus manos y brazos, que ahora eran de alambre. Se quemaron la boca. No pudieron tomárselo.

Columna publicada el 14 de marzo de 2021 en la edición 946 del semanario Ríodoce.

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