El ladrón de libros


Les contaré de una fechoría desarrollada en la FIL (Feria Internacional del Libro) en Guadalajara, evento al que he asistido algunas veinte ocasiones. Aquella tarde mi amigo Alfonso López Wakakari, (el Waka), de sopetón me dijo: Loco, te reto a ver quien se roba más libros mañana en la FIL. Lo miré, vi en su rostro los efectos del churro de mota y las cuatro tecates que ya se había echado. Nos encontrábamos libando en una cantina de barrio llamada “Las cinco esquinas”. Me dije: este compa ya sabe de mi afición. ¡Sale compa! ¿Qué vamos a apostar?

—¿Te parece la peda de mañana, con todo y churro?

—Y también los libros que logremos —agregué.

—¡Sale, mi loco! —respondió al instante el Waka, un compa originario de Lomas de Bacum, lugar Yaqui; es un poeta aventurero que vive al día, no le importa el futuro, sólo el presente, y lo vive sin preocupaciones; libre como el viento.

Aquí entre nos, mi afición por el robo de libros lo aprendí en la “Prevo”, nunca compré un libro, siempre he leído de prestado o robado, que para mí es lo mismo, pues aquellos no los devuelvo. Ya saben la máxima, ¿no?

Al día siguiente, a las once de la mañana, cuando la FIL ya estaba a reventar, el Waka y yo llegamos y nos dividimos el espacio. Él atacaría por el norte, y yo por el sur. Vestido como diputado, es decir, como ladrón de categoría, de saco y corbata; empecé por estudiar el área e identificar a los vigilantes de los stands y los externos; luego las cámaras de video, sus giros y orientaciones; si el punto expone riesgos, lo paso. Llevaba una gran bolsa de lona con el emblema de la Gandhi, regalo que la empresa me hizo una vez que presenté un libro en una de sus librerías de la legendaria Coyoacán. Mi estrategia era muy sencilla, con calma tomaba un libro, exponiéndome a la enervación de la tinta lo empezaba a leer, ponía el elegido bajo el primero, y en un movimiento lento de pase de página, dejaba caer el que quedaba cubierto directo a la boca abierta de la bolsa; luego me dirigía a la caja y mostrando a la cajera, o cajero el libro que ojeaba: ¿Me cobra por favor?

—Señor, su tarjeta está declinada.

—Disculpe. Con cara de pena dejaba el libro en el lugar de donde lo había tomado y salía del stand. A veces todo era rápido, eso dependía de cómo estaba la logística del punto, y también la cantidad de público; tomaba el libro elegido que iba a honrar, y otro más; en el recorrido de la distancia hacia la caja, hacía el movimiento, o sea, dejaba caer el elegido, y con el otro en las manos provocaba el drama de la tarjeta.

Cuando digo: elegido, honrar, en lugar de robar, es porque sé que el ego de un autor se eleva cuando sabe que alguien compró su obra, pero su euforia sube al máximo si se entera de que alguien se lo robó. ¿No cierto? —diría un argentino.

Aquella vez ya les había hecho el honor a Dostoievski, Vila Matas, Ángeles Mastreta, José Emilio Pacheco, Jorge Volpi, Hermann Hessse y don Fernando del Paso; me faltaba La novia oscura de Laura Restrepo. Lo logré en tiempo récord. Me había retirado algunos cinco metros, cuando una señora me alcanzó. —Señor, señor. Mi corazón dio un vuelvo, pero me serené. —¿Es a mí? —Sí señor. —Dígame señora. —Quiero felicitarle por lo que acaba de hacer, desde hace tiempo he querido hacer eso mismo, robarme un libro, pero no me atrevo, en cambio usted; tiene una sangre fría que… —Creo señora, que usted me confunde. —En serio señor, le felicito, no lo denunciaré; le admiro. —Bueno, en verdad señora, esto ha sido a causa de una apuesta. —¿Apuesta? —Sí. ¿Mira a aquel hombre que está allá sentado en el bar? —¿Aquel que parece indio? —Sí. Y es indio Yaqui, es usted muy observadora. La señora sonrío, y yo también. —Vamos, le comprobaré lo que le digo. Llegamos con el Waka.

—Compa. Te presento a la señora… —Mercedes Hernández —dijo ella entusiasmada. —Tanto gusto, eres jalisquilla, ¿verdad? —¿Cómo lo sabes? —Por esos ojazos. Ella sonrío, el Waka, lo que sea de cada quien, tiene esa virtud: le cae bien a todo mundo. —Oye, ¿es cierto lo de la apuesta?, le preguntó ella y el Waka me reclamó con la mirada. —No hay purrún compa, doña Mercedes… —Meche, por favor. —La Meche es buena onda. —De veras, les admiro por eso. —Bueno, llegó la hora, dijo el Waka sacando cinco libros; fanfarrón dijo: Supera eso mí loco. Al instante, como el tahúr que abre su juego demoledor, azoté en la mesa, donde ya teníamos sendas cervezas, el resultado de mi faena: ocho libros. ¡Te gané compa! —¡A la ver…de!, que te quiero verde; ¡pinche loco!, tan modosito que te miras. Ni hablar, nos echamos otra y nos fuimos a “Las cinco esquinas”. La Meche nos acompañó, en la tercera cheve, la charla ya era de viejos amigos; el Waka ya tenía amacizada a la Jalisquilla. Ni modo: afortunado en el juego, desgraciado en amores.

A mis tres lectores y miles de no lectores, les informo que con pesar en el alma me retiro de las páginas de este glorioso semanario. Es por tiempo indefinido, una misión muy importante me obliga. Agradezco a todo el personal por sus consideraciones y valiosos apoyos, en especial a su director, mi amigo Ismael Bojórquez; me aceptó de buena gana porque fui invitado por nuestro bien amado e inolvidable Javier. Deseo a todos que este año 2019 que empieza les colme de buenos logros y apasionantes aventuras. Hasta siempre con mi amistad.

Artículo publicado el 6 de enero de 2019 en la edición 832 del semanario Ríodoce.

Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on email
Email

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

RÍODOCE EDICIÓN 855
16 de JUNIO del 2019
COLUMNAS
OPINION
Ñacas y Tacuachi
BOLETÍN NOTICIOSO

Ingresa tu correo electrónico para recibir las noticias al momento de nuestro portal.

DEPORTES