En el estado no se ha normalizado la violencia, el miedo ha modificado hábitos, dice Tomás Guevara

En el estado no se ha normalizado la violencia, el miedo ha modificado hábitos, dice Tomás Guevara

Si hay un punto en el que el investigador Tomás Guevara Martínez discrepa del debate que ha acompañado los meses de inseguridad en Sinaloa desde 2024, es en la idea de que la sociedad ha normalizado la violencia.

Para el también fundador del Laboratorio de Estudios Psicosociales de la Violencia de la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS) lo que viven los sinaloenses no es una aceptación de la violencia, sino un proceso de adaptación motivado por el miedo.

“Normalizar significaría que ya nos acostumbramos; así como sale el sol, ya nos acostumbramos a que va a haber balazos y muertos. Cuando uno normaliza algo, lo acepta y convive con ello. Pero cuando uno se adapta, lo que hace es tomar medidas para protegerse”.

Podría dispensar una serie de ejemplos de esa adaptabilidad que ha creado la población para disuadir cualquier amenaza presente, pero todas estas medidas tienen un mismo origen: el miedo, que, lejos de desaparecer, continúa moldeando la forma en que los ciudadanos habitan el espacio público y organizan su vida.

Para el académico, basta observar cómo han cambiado los hábitos de la población para entender que la violencia no ha sido incorporada como algo normal.

Recuerda que antes del estallido de la crisis de seguridad los mayores congestionamientos vehiculares se registraban entre las 8:00 y las 9:00 de la noche, mientras que ahora ocurren varias horas antes, cuando las personas buscan regresar temprano.

A diferencia de una normalización, explica, la población ha adoptado medidas:  restaurantes que adelantan sus horarios de cierre, las familias limitan sus actividades nocturnas y la manera en que familias utilizan sus vehículos.

“Uno se adapta porque uno no puede acostumbrarse a eso”, afirma.

 

Víctimas y victimarios

Y es ahí donde Guevara Martínez pone el foco en una de sus reflexiones: en que una de las consecuencias más graves de la crisis de violencia es que sus principales protagonistas y afectados son los jóvenes.

Mientras algunos cuentan con una red familiar que los acompaña y protege, otros viven en contextos donde el abandono escolar, la falta de oportunidades, genera la ausencia de proyectos de vida y los vuelven más vulnerables a ser cobijados o impactados por la inseguridad.

El investigador señala que los jóvenes que crecen en colonias marcadas por la violencia enfrentan condiciones distintas a las de quienes habitan sectores con mayores oportunidades educativas y económicas.

Explica que; “influye en la construcción de un proyecto de vida para los jóvenes, que es lo que a ellos les permite salir adelante y por desgracia no es el buen camino, las buenas costumbres, el respeto, la tranquilidad, la convivencia, no es eso lo que está influyendo o haciéndose”.

“Los jóvenes están recibiendo más oportunidades de los grupos delincuenciales, los ofrecimientos, además de que hay toda una cultura de que pensar y aquí ha influido mucho toda esta cultura, narco cultura, de que los hombres tienen que ser fuertes, macho, demostrar valor y ese es el discurso que ofrece la delincuencia, además del dinero y de la droga”.

Como parte de su trabajo de investigación, acude a colonias como Los Huizaches y Villa Bonita, donde observa jóvenes que han abandonado la escuela o que mantienen vínculos cercanos con dinámicas asociadas a la violencia. En contraste, en otros sectores del centro de la ciudad las expectativas suelen estar ligadas a la educación y al desarrollo profesional.

Para el investigador, la manera en que los jóvenes se relacionan con la violencia depende de diversos factores, entre ellos las oportunidades que encuentran en su entorno y las condiciones familiares en las que crecen.

Advierte que otro problema que se ha agravado con la crisis de inseguridad es el deterioro de la convivencia familiar. La violencia, señala, ha modificado las rutinas de los hogares y ha puesto en evidencia la falta de comunicación entre padres e hijos.

A ello se suman los conflictos familiares que, asegura, han aumentado en los últimos años. Con más personas permaneciendo en casa por el temor a la violencia, las tensiones dentro de los hogares también se han vuelto más visibles.

“Se tienen que elaborar políticas públicas que tengan como fondo la construcción de oportunidades para los jóvenes, pero es importante también reconstruir el ámbito familiar, se tiene que poner mucha atención en la vida al interior de las familias”, advierte.

Pero la inseguridad también alcanza a los adolescentes y niños que crecen observando balaceras o modificando su vida cotidiana por el miedo.

Desde su perspectiva, la actual generación de sinaloenses enfrentará secuelas que podrían tardar años en superarse.

“Yo no me puedo imaginar el daño que le estamos ocasionando a un niño que estando en su escuela, la maestra les grita que se tire al piso porque se oyen los balazos afuera”, señala.

Esa realidad, sostiene, ayuda a explicar por qué los jóvenes figuran hoy entre los sectores más afectados por la violencia, pero también entre quienes terminan involucrándose en las dinámicas criminales.

 

No se pueden imaginar a Sinaloa sin el narco

Para Guevara Martínez, uno de los principales obstáculos para construir una cultura de paz es que el narcotráfico no sólo ha sido un fenómeno criminal, sino también una presencia constante en la vida económica, social y cultural del estado.

Considera que una parte de la sociedad ha terminado por asumir la presencia del narcotráfico como algo inherente a la realidad sinaloense, derivado de los beneficios económicos que ha representado en ciertos sectores.

“Yo oigo a la gente decir que hay que sacar a este gobierno o que hay que cambiar a los políticos, pero no oigo a la gente decir que lo que hay que sacar de Sinaloa es el narcotráfico”, afirma.

A partir de esa observación, sostiene que existen sectores que difícilmente conciben un estado desligado del narcotráfico.

“He llegado a la conclusión de que hay grupos sociales que no se pueden imaginar a Sinaloa sin el narco”.

Artículo publicado el 21 de junio de 2026 en la edición 1221 del semanario Ríodoce.

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