jueves, mayo 26, 2022
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  • Dias de Impunidad

Las asambleas ejidales de Baca

 

asamblea-ejidal Pasadas dos décadas, los domingos de asamblea no tienen lejanía. Las ideas y prácticas del ejido, como forma de organización económica, política y social, son muy discutibles, y las vivencias muy rescatables. Además, los ejidatarios asumían el espacio para discernir planteamientos y ver de cara la vida comunitaria, pero también del país. No obstante mi edad, solo podía acercarme a la realidad perdiéndome en la concurrencia, sin entender la profundidad del contexto ni la voluntad de sociedad.

En el ejido de Baca se reunían el primer domingo de cada mes a las nueve horas para celebrar asamblea. Esta comunidad es la más grande del ejido, tres kilómetros arriba del río Fuerte del lado opuesto. Se constituyó, en parte, con gente que hace años vivía en Baca y en La Sabana, pero al dotárseles de tierra se fueron para estar cerca y trabajarla, además el río en temporadas de lluvia se volvía impredecible.

Agua Caliente no es la única comunidad que pertenece a Baca. Está el Conicari, El Garabato, El Aguaje, El Embarcadero (que se reconoce como Embarcadero de Arriba y Embarcadero de Abajo, delimitados por el arroyo El Salado). Todas del lado opuesto del río. Y por la margen izquierda, Baca y La Estancia. Con 5 mil 204 hectáreas de las que se tomó posesión el 8 de junio de 1938.

Desde las ocho horas empezaban a pasar los grupos de ejidatarios a la reunión. Los rasgos más característicos eran el sombrero, que no se lo quitaban ni estando en la sombra y los guaraches cruzados y otros de tres piquetes.

En ocasiones, acompañaba a mi padre en las reuniones. Puntuales arrancaban con el saludo de las autoridades de la asamblea, pase de lista y puntos a tratar. Por circunstancias de la edad –—vivía los siete u ocho años— me aburría cuando las reuniones se prolongaban hasta las tres o cuatro de la tarde. Todos en el pueblo acostumbramos a comer entre doce y una de la tarde, pues con mayor razón me salía a comer y a llevarle agua a mi padre, porque ellos no podían salirse hasta que las autoridades daban por terminada la asamblea.

Los ejidatarios que debían ausentarse una temporada por razones de trabajo estaban obligados a dar aviso a la asamblea.

Los jóvenes que recibían tierras o solar se sometían a reunión de aprobación y posteriormente se delimitaba el terreno, con la obligación de servir al ejido. Era muy raro que las mujeres asistieran, sin embargo lo hacían y en su mayoría eran viudas, ante la falta de hijos varones adultos.

Se presentaban puntos de acuerdo, a veces difíciles de conciliar, por eso era muy importante que el Comisariado contara con buena legitimidad para lograr consenso, además de ser buen orador, poseer sentido de justicia, que lo respaldaban sus años viviendo y actuando en momentos importantes y decisivos en el ejido. Podría juzgar cada caso, cada autoridad en su momento, sin embargo al convocarse a los ejidatarios con derecho de voz y voto, se presencia un acto de reconocimiento y libertad, pocas veces reconocido en la historia y vivir del país.

No recuerdo haber visto en las reuniones a las autoridades municipales, dictando acuerdos de asuntos de índole interna del ejido; tampoco a las autoridades acatando instrucciones externas; pero sí consensando en asamblea y sometidas a discusión y votación.

Los problemas por tierra siempre han existido, más en esos años en los que este medio constituía el elemento más preciado  de los campesinos. Existe el antecedente trágico del año de 1962 cuando murió Amador Gil León, junto con Vicente Gil, Presidente del Comisariado Ejidal y responsable de la Defensa Rural, en una fiesta en la comunidad de El Basate. Todo indica a un problema de tierras del ejido con la comunidad de Techobampo. Las armas se desenfundaron, sin afán de amenaza, con muertos de ambos lados.

Frecuentemente se inconformaban con los ejidos circundantes porque averiaban los cercos o metían ganado. No obstante, el acuerdo tácito era cada año realizar faenas para limpiar y reforzar los cercos, las veredas principales del ejido mantenerlas limpias y transitables y las puertas principales al cerco en buen estado. Nadie podía negarse.

Los años han cambiado las circunstancias. Existe la figura, pero no el ímpetu de aquellos años. El Programa de Certificación de Derechos Ejidales y Titulación de Solares Urbanos (PROCEDE) iniciado con el presidente Carlos Salinas, parceló y expidió certificados parcelarios y de uso común y sembró la semilla en los ejidatarios a individualizar sus derechos (los ejidatarios creen que es propiedad) que se delimitan con cercos y por tanto la libertad de vender. No obstante, la propiedad de la tierra sigue siendo social, es decir, ejidal, porque lo que tienen legalmente es un derecho solo de usar y disfrutar, es decir, de usufructo, más no de propiedad, y no se diga todos los solares de asentamientos humanos que la propiedad continúa en manos del núcleo agrario.

El acto más concurrido del ejido está en su aniversario, que meramente se vuelve una fiesta, a la que asisten como cualquier evento. El espíritu del ejido se siente ausente, aunque en mi opinión es generalizante e injusto, porque ahí concurren todavía ejidatarios de esos años que mantienen su fe en la tierra y de ninguna manera han renunciado a ser campesinos y al sentido de pertenencia e identidad.

La cercanía actual con las ciudades y las nuevas formas de organización que en ellas se circunscriben, dictan la posibilidad de abandono y negativa de entendimiento. Visibiliza e ilusiona en la generosidad de las nuevas formas de producción y ocupación. Además que dedicarse a la tierra en pleno siglo XXI para las nuevas generaciones representa un atraso; lo cierto es que no hemos logrado generar una forma de organización y de trabajo que trascienda al ejido y sus principios de trabajo, armonía e identidad.

Todavía cuando camino por las calles donde está situada la casa ejidal, veo los rostros de gente discutiendo. Algunos afuera de la cerca con el oído atento, muy serios, sin gestos; de pronto el murmullo de inconformidad que contrasta con el júbilo de llegarse a un buen acuerdo.

 

 

 

 

 

 

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