julio 24, 2021 5:30 PM

La “humanización” en Cuba

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La Habana, Cuba.- En La Habana se respira libertad, se camina sin miedo y se pasea tranquilo. No importa la hora del día Si alguien se acerca a los turistas es solamente para ofrecerles habanos, ron, servicios sexuales, de transporte en los carros antiguos, bicitaxis o cocotaxis, pero jamás para robarles.

Lo primero que escuché de Aimeé al llegar a La Habana, fue que al irse uno de los huéspedes de Casa Mirador La Colina, hostal del que es propietaria, le dijo que la semana que había pasado en Cuba le sirvió para humanizarse, lo que me pareció contradictorio, al saber que este país estaba en una lista de considerados terroristas.

Pensé que la conclusión del turista se debía al sistema político de la isla, derivada de los discursos, de las reflexiones de las revistas críticas y de los libros. Me llevó un recorrido de menos de tres horas para saber que la experiencia de un inquilino se debió a lo que se practica y se vive en ese país socialista.

Me di cuenta que las expectativas, generadas por toda la mala información que se difunde de la isla —sin caer en reflexiones que tengan que ver con los intereses de los países que “mueven” al mundo— eran falsas. Viví engañado, desinformado, malinformado o parcialmente informado, todo el tiempo.

El proceso de humanización es tal cual. Es imposible no contrastar el país de donde se procede con la capital de Cuba: aquí la gente platica cara a cara, convive, juega; es común ver a las personas afuera de sus casas en una partida de dominó o simplemente conversando, sentadas en los escalones; se acercan a los turistas, les preguntan su lugar de procedencia, y les hablan de La Habana como una ciudad en la que están conformes de vivir: hay comunicación interpersonal.

En México se pierde cada vez más el contacto con las personas. Ya poco se platica, incluso, hasta con la familia. Se prefiere el teléfono celular para cualquier tipo de relación y, en ocasiones, dentro de la misma casa, se envían mensajes de texto cuando se quiere decir algo, de un cuarto a otro.

Lo más probable es que se venda algún tipo de droga — ¿En qué lugar no se hace?— pero ni se percibe el característico olor a marihuana ni se ve a nadie inhalando, tampoco hubo quien ofreciera alguna sustancia de este tipo, para ganarse unos pesos.

La humanización se experimenta por ese contacto con lo real, en donde después de no usar un teléfono móvil ni entrar a internet por siete días, se llega a la conclusión de que no es necesario un mundo globalizado en aspectos efímeros y superficiales.

 

Los contrastes

 

Si una palabra define a la capital de Cuba es “contraste”: hay calles extremadamente limpias y se puede asegurar que así es en todas partes, pero están otras donde abunda la basura; no pasa un minuto sin que se vea transitar un coche antiguo, de colores llamativos, que generalmente va acompañado de uno moderno; algunos edificios están a punto de derrumbarse o demasiado deteriorados, y ya sea enfrente o enseguida, tienen otro reluciente, de estilo distinto, con cristales y en buen estado.

La gente mulata, de estatura mediana y alta, de cabello lacio, rizado o con rastas, la mayoría esbelta o de cuerpos atléticos —prácticamente no hay obesidad— con un hablado rápido, escandaloso, potente, de un timbre que sale desde lo más hondo de la garganta y a veces es poco entendible, se distingue entre los miles de turistas de todo el mundo, de todas las razas.

“Maní” es un grito al que uno llega a acostumbrarse al recorrer La Habana Vieja. Los vendedores de cacahuate en cucuruchos de papel están por todos lados, que igual ofrecen palomitas de maíz o chicharrón, pero nadie vende en los cruceros ni limpia parabrisas.

Los adultos tienen dos opciones principales: estudiar todo lo que quieran o, cuando dejen de hacerlo, trabajar (porque, aseguran algunos, que la ayuda que da el gobierno no les alcanza), pero son (casi) nulos los que “ni estudian ni trabajan”. La de los niños y adolescentes, son las de ir a la escuela o jugar. No existen los que piden dinero para llevar algo de comer a sus casas.

Si bien son amables y atentos, los cubanos no dudan en expresar el gusto por la chica o el chico que pasa frente a ellos, más que voltear y sólo contemplar los cuerpos, lo gritan sin pena: “qué bien te queda ese short”.

Puede ser que no estén de acuerdo con el sistema político, que quieran vivir como se hacen en el resto del mundo, pero a pesar de que dicen que el dinero que ganan no es suficiente, aun cuando el gobierno les da una canasta que incluye huevos, pollo, cerdo, café, arroz, azúcar, entre otras cosas, no se quejan del “Comandante”, ni de quien está en su lugar, al contrario, se enorgullecen de sus discursos en la televisión.

Si se les pregunta si pueden salir de la isla, seguros contestan que sí, de tener el dinero suficiente para el boleto de avión. El único impedimento lo pondría el país que quieran visitar, pero Cuba les da la libertad de ir a donde deseen.

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Realmente libres

 

Tarde o temprano, las preguntas llegan: ¿quién es realmente libre? ¿Los cubanos que, supuestamente, no pueden salir de su país? ¿Los mexicanos que van y vienen atados al consumismo, a la tecnología, a los medios de comunicación y al gobierno?

En Cuba, la gente usa la ropa que puede comprar, a diferencia de este país en donde muchos, cada mes, pagan cantidades exorbitantes por lo que visten y calzan, que debe ser de una marca famosa, que no están dentro sus posibilidades económicas, pero hay que simular.

Es complicado para los cubanos tener un automóvil, por lo que usan más el transporte urbano, a diferencia de la gente de aquí que trae su coche de modelo reciente, pero gran parte de su salario se va en lo que le deben a la agencia.

Es cierto que allá la televisión —sin comerciales, porque no hay marcas, sólo anuncios que concientizan sobre la no automedicación o la no discriminación, por ejemplo— es  la que (im)pone el Estado, ya sean canales de música, noticias o shows, y que ven lo que el sistema quiere, pero ¿en México se ve lo que se quiere? ¿Acaso acá no estamos inmersos en el juego los medios, los políticos, las marcas? Acá las noticas son las que la televisora quiere dar o las que el de más arriba prefiere que se sepan, y como mejor convenga.

Acá se cree que el teléfono celular más nuevo es el mejor, se duda entre una tablet o el ipad, se justifica que son necesarios y hasta se las compran a los niños, porque hay que estar en facebook y twitter, si no, se está desfasado. En La Habana es raro ver a alguien con un aparato de estos, mucho menos con internet móvil, y hacen fácilmente su vida, entonces ¿quiénes están más atados en ese sentido?

En la capital cubana es complicado conseguir conexión a internet —una hora, con vigencia de tres días, sólo válida en algunas áreas del hotel Habana Libre, cuesta 10 CUC, alrededor de 150 pesos mexicanos— por  lo que las personas no hacen su vida en las redes sociales y los niños no están enajenados a una “niñera” impersonal: allá la pelota en el fútbol y las fichas en el dominó, se palpan, no son virtuales.

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La realidad, la apertura, el riesgo

 

Cuba es más que La plaza de la Revolución, la réplica exacta de El Capitolio de Estados Unidos, los coches antiguos, el ron, los habanos, el sexo fácil… Cuba es libertad. No la de poder salir y entrar, la de comprar lo que sea, ni decir lo que se piensa (eso igual se disfraza en muchos países): la que se respira y experimenta en un lugar que es único, que no se parece a ninguno, al que se llega y no se desea dejar, que todavía no se intoxica de una globalización a la que debe cuestionarse si perjudica más de lo que beneficia, en el que la gente se asemeja más a los humanos y no a los robots: es más auténtico y puro.

Habrá quien quiera irse, otros quedarse, como en todos lados, pero la Cuba que vi es una más conforme y convencida de que, al menos en algunos aspectos, está mejor que muchas naciones.

Ahora que las relaciones con Estados Unidos mejoran y se habla de una posible apertura de la isla, la pregunta queda en el aire: ¿es realmente conveniente que Cuba sea “libre”? el tiempo lo dirá.

 

 

Romper los mitos 

“Si vas a Cuba, lleva papel higiénico, pasta dental y jabón, allá hacen falta”. El hostal al que llegué, por 25 CUC –moneda para los turistas, porque los cubanos tienen la propia, de la que se necesitan 24 para hacer uno peso de los que usan los extranjeros– tenía aire acondicionado, televisión de pantalla plana, no se diga jabón y papel higiénico. En la calle, nadie se acercó a pedir esos artículos, ¿a ofrecer? Sí: habanos y ron, que venden un poco más caro que las tiendas que pertenecen al gobierno, pero mucho más barato de lo que puede conseguirse en cualquier otra nación.

 

“Todos los cubanos, visten igual”. Puede ser que muchos de los cubanos no usen la ropa que quieran, sino la que pueden comprar, pero nadie luce igual: “Tal vez en otro momento, porque la tela que se vendía, proveniente de Rusia, era la misma para todos, así que en una fiesta podía haber alguien con una blusa o un pantalón, con el mismo estampado de mi falda. Lo mismo sucedía con los zapatos”, comentó una ciudadana orgullosa de su país.

 

“Los cubanos no pueden viajar”. Siempre y cuando tengan el dinero suficiente para ir a donde quieran, tienen la posibilidad de salir. Las restricciones las pone el consulado del lugar al que se quiera visitar, pero el cubano expide pasaportes a quien lo desee, al menos así lo expresaron algunos nativos a los que se les preguntó si podían ir a otro país.

 

“En Cuba sólo hay carros y casas viejas”. Muchos de los automóviles son modelos de la década de 1950, muy bien conservados, que ahora son taxis, y también hay coches recientes que se mezclan con los antiguos. En toda La Habana hay edificios deteriorados, que necesitan pintarse, otros se están cayendo, es cierto, pero también los hay pintorescos y en excelentes condiciones. Los autos son un museo en movimiento y las viviendas un mosaico añejo que se admira.

 

“En Cuba no hay medicamentos”. Las consultas médicas no tienen costo y ciertos chequeos son obligatorios y sin ningún pago. El médico generalmente proporciona las medicinas, pero cuando no las tiene, hace una receta que puede cubrirse a precios módicos en cualquier farmacia.

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