Malayerba: Entre copa y copa

Malayerba: Entre copa y copa

Julián tenía muchos problemas de salud. Tantos que tocaban a su puerta, bajo su piel, en la coraza torácica y otros órganos vitales, pero él los mandaba a la chingada: diabetes, alta presión arterial, prostatitis, y de ahí para abajo, los males no lo dejaban en paz, y él seguía igual.

La crisis más reciente llegó cuando andaba pisteando con los amigos. Ese jale reciente le había dejado tres maletas rebosantes de billetes verdes. Y a festejar. Mandó traer la banda y un conjunto de chirrines para que alternaran, muchos cartones de cerveza y botellas de bucanas y varios kilos de la blanca.

Le entró duró a las tecate laic y aspiró cocaína de lo lindo para alivianarse del bajón del alcohol y agarrar nuevos vuelos. Pidió que trajeran a las putas de doña Lichi, porque esas sí eran cariñosas, no como su mujer.

Invitó a los del barrio, a sus socios, sus empleados, los de la clica y hasta a los guaruras sentó a su lado y en la mesa de enseguida, para que disfrutaran con él ese oasis de ambarinas, güisqui, música, mujeres y esnifar. Y échense la de Entre copa y copa: entre copa y copa, se acaba mi vida, dejé yo a mi madre por seguirte a ti. La culpa. La desgracia: ni el cielo ni nadie se apiada de mí.

Y el estribillo. Traigo penas en el alma, que no las mata el licor, en cambio ella sí me mata, entre más borracho estoooooyyy. Quiera dios que a ti te traten, con una traición igual… para cuando te emborraches y sepas lo que es llorar.

Pero él no lloraba. Gritaba, berreaba. Ay, ay, ay. La pidió siete veces el primer día. Los músicos le dijeron esa madrugada ya estuvo patrón. Ya no aguantamos. Les ordenó a sus achichincles, págales y a chingar a su madre. Y pedía enjundioso que le trajeran otra banda.

Así estuvo tres días. Se quedaba dormido con el vaso en la mano y cuando despertaba gritaba de nuevo y pedía Entre copa y copa se acaba mi vida. En una de esas que iba al baño trastabilló y pisó un pedazo de vidrio. Sangró. Se recargó en la pared, se sentó y secó lo que todavía tenía incrustado en el talón.

Sus amigos que sabían que era diabético lo llevaron a una clínica privada. Pero él no hizo caso y se regresó a su casa. Dos días después el pie estaba hinchado, negro, rojo oscuro, morado. Lo convencieron para que acudiera con el doctor, quien le dijo tenemos que amputar. Contestó que no: pura madre. Yo me voy a morir así, entero.

Descansó un día y al sexto de borrachera vio que la herida se le secaba, inexplicablemente. Yerba mala nunca muere, hijos de su pinche madre, gritó. Y pidió la banda de nuevo. Y empezó el aquelarre. Entre copa y copa, bien pedo. Cantaba. Si dejo de pistear, entonces sí me enfermo, me muero. Traite las putas.

Artículo publicado el 27 de julio de 2026 en la edición 1226 del semanario Ríodoce.

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