Los beneficios del modelo agrícola implementado a lo largo de los últimos 25 años, se pueden resumir en los siguientes: mayor tecnificación, incremento de la productividad por hectárea, crecimiento de la producción de alimentos para consumo nacional y exportación, mayores ingresos y generación de valor. Sin embargo, los beneficios, no son los mismos para todos, por lo que es importante poner en perspectiva el viraje de modelo que pretende dejar completamente al mercado a los productores que producen para el mercado y no para el autoconsumo, ya que las políticas públicas se enfocan en la agricultura de pequeños productores, dejando con ello miles de hectáreas sin sembrar, generando más incentivos para la migración del campo a la ciudad, y otorgando aún más motivos para que las comunidades se queden sin jóvenes, o ellos mismos emprendan actividades fuera de la legalidad, bajo la premisa de que no les quedó de otra.
El campo en México y el mundo sufrió cambios vertiginosos obligados toda vez que México se incorporó a los tratados comerciales multilaterales, primero al GATT, luego a la OMC y finalmente al TLCAN.
Ello trajo consigo los naturales desgastes de un cambio de modelo de producción, que exigió cambios en la mentalidad de los productores, pero también en las políticas públicas para ir más allá de la perpetuación de subsidios y compras de granos y cultivos por parte del gobierno, para evolucionar hacia la conformación de mercados internos, agricultura por contrato, participación en el entorno internacional y la transformación del campo, aunque con discrepancias marcadas.
En cifras, un comparativo del censo agropecuario 1991 vs. El censo agropecuario 2022:
– La producción de las Unidades de Producción (UP) de cielo abierto cambió de destino, de emplearse el 45.8 por ciento para autoconsumo y solo el 43.9 por ciento para venta en 1991, en 2022 la proporción fue de 16.9 por ciento y 83.1 por ciento (según las toneladas de producción).
– En 1991, el 20.1 por ciento de las UP obtuvieron créditos o seguro en su mayoría por medio de Solidaridad o Banrural –325, 388– y otros con banca privada u otras instituciones –232, 775–. En 2022 solo el 8 por ciento obtuvo crédito o seguro, en ese año la Financiera Nacional de Desarrollo apenas atendió a 120 mil usuarios. Cabe mencionar que en el 2020 atendía a 494 mil.
– En 1991 México produjo 8 millones de toneladas de maíz, en 2022 fue de 21 millones.
– La productividad media de maíz blanco en 1991 fue de 1.33 ton/ha. En el 2022 fue de 3.6 ton/ha. Con altos rendimientos como en Sinaloa, muy por encima de la media.
– En 1991 el valor total de la producción agrícola fue del 6 por ciento del PIB nacional. En el 2022 fue de 2.2 por ciento. Pero el valor de la producción creció al doble.
El crecimiento de la productividad en cultivos clave, los esquemas de mercados, el apoyo financiero y de tecnificación que transformaron a muchas UP se logró especialmente gracias a dos cosas: la Banca de Desarrollo y ASERCA. Esta última con áreas comerciales, reducción de riesgos a través de compras de coberturas, tecnificación y otros puntos clave, en todo el país.
Por otro lado, en los últimos años la agricultura comercial se ha dejado casi a la deriva, lo que no se había hecho en 25 años; el modelo cambia, pero no ofrece opciones rentables para la agricultura comercial, se focaliza hacia los pequeños productores, lo que compromete el futuro de muchas zonas rurales. Habrá que preguntarse si eso es lo que necesitamos para generar mayor riqueza, ingreso y bienestar.
Artículo publicado el 7 de diciembre de 2025 en la edición 1193 del semanario Ríodoce.






