La marcha por la paz del domingo 7 de septiembre en Culiacán revela dos circunstancias clave: primero, anticipa otro frente en la pugna violenta en Sinaloa, que es o será la trinchera política. Nos guste o no, todo repercute en la política. Y dos, ingresa un actor tradicionalmente cauto, pero que influye de manera importante en la narrativa y el ánimo ciudadano: la iglesia católica.
La pugna entre Chapitos y Mayiza no baja una sola rayita. Sigue tal cual la hemos padecido por un año. Damos seguimiento diario al comportamiento de los delitos de alto impacto más significativos: homicidios, desapariciones, robo de autos, desplazamientos forzados, pero nunca darán una idea precisa de la dimensión de esta violencia que nos tiene atrapados.
Con la marcha pasa lo mismo, una convocatoria a la manifestación puede tener el mayor arrastre, pero lo importante siempre es lo que sigue, lo que provoca, lo que desata.
Es que las opciones de la protesta social siempre son limitadas, y si entre ellas las marchas destacan es porque reflejan el peso de una manifestación. Pero no por el número de participantes como siempre se quiere trivializar y que implica una polémica donde se maximiza y minimiza el número de participantes. El tamaño es lo menos importante, podría ser una sola persona con una cartulina y una frase, o pueden ser miles.
Lo importante está en el ánimo durante el desarrollo de la marcha, y paradójicamente en el arrastre entre quienes no fueron a esa marcha y sí están en ella. Por eso lo que cuenta es lo que sigue, cómo se articula todo en un movimiento y no solo en una marcha donde se muestra la rabia.
Aquí lo que importa es la interlocución. Es donde empieza un tejido fino y de lo más complicado, un mal cálculo estropea una causa. Por eso es tan complejo agregar el ingrediente político a cualquier movimiento social y ciudadano, pero no hay otro camino. Todos temen a ese concepto muy mexicano de la raja política, es decir, el oportunismo de un interés falso en una causa. Ese tufo político que todo lo contamina.
Porque marchas por la paz en Culiacán se han organizado periódicamente en los últimos 30 años. Nosotros mismos en Ríodoce nos convertimos en activistas cuando asesinaron al periodista Javier Valdez, exigiendo una justicia que ocho años después sigue inconclusa. Han marchado madres con hijos desaparecidos desde finales de los 70, y hasta la fecha. A todos los hemos dejado solos, porque pensamos que nunca nos pasaría a nosotros, hasta que nos pasó.
Margen de error
(Política) Si el termómetro para medir la indignación por la violencia en Sinaloa fueran las redes sociales golosas de frontalidad y groserías, entonces concluiríamos que todo es un hervidero. Pero las redes son contradictorias y manipulables. Nos revelan mucho y hasta contribuyen a un desahogo, pero se quedan en la fase del grito entre la multitud. Por eso ahora se comparan a las redes con un cuchillo, lo mismo es una herramienta para cortar una mordaza, que para asesinar.
Ni por la vía de las redes sociales se va a articular un movimiento con cabezas visibles para la interlocución, como tampoco solo una marcha va a crear ese movimiento por generación espontánea.
Parece una verdad de Perogrullo: el gobierno no puede solo con esta realidad de Sinaloa, necesita a la gama más diversa de ciudadanos, necesita a la sociedad involucrada. En contraparte, tampoco los ciudadanos podemos solos con este enfrentamiento. Y hasta ahora no hay un punto de encuentro.
Primera cita
(Iglesia) Decíamos que la marcha también nos reveló a un actor clave: La iglesia católica. Importa porque influye semana a semana cuando le habla a cientos durante las homilías. Los sacerdotes replican un mensaje unificado en el momento de la mayor atención.
Lo de menos es la bendición del Obispo al inicio de la marcha, que importará y mucho para los creyentes. Es respetable. Pero lo importante es la narrativa que replican en los templos, cuál es la posición más allá de la creencia y los mensajes tradicionales de las oraciones por la paz.
En México la historia ha colocado a la iglesia católica como un actor clave, pero también cauto. Cuando se abre a una participación no lo hace de motu proprio, sino porque hay detrás una fuerte influencia.
En las semanas previas a la marcha, por ejemplo, en las misas dominicales los sacerdotes convocaron a la participación, y no fue idea de cada uno sino una instrucción.
Mirilla
(Noche) Mientras tanto, vale describir un recorrido nocturno por Culiacán al cumplirse el primer año de la pugna.
Las fuerzas federales han ampliado el despliegue y abarca literalmente toda la ciudad. Militares, Marinos, Guardia Nacional, policías federales y fuerzas estatales se reparten en decenas de puntos de control por los accesos a la ciudad y sus vialidades principales. Otros cientos recorren cuadrantes de la ciudad, día y noche. Aun así, los ataques no paran.
La noche se alarga y el movimiento se va desvaneciendo hasta paralizarse. El tráfico cae, queda un silencio irreconocible. Los militares bostezan, achican las calles donde se van multiplicando las barricadas. Mientras se acercan las luces de un nuevo auto se alertan, saludan, viven con el dedo en el gatillo (PUNTO)
Artículo publicado el 14 de septiembre de 2025 en la edición 1181 del semanario Ríodoce.






