Allá en su tierra, en lo alto de la serranía, no había más: pura mota. No tenían problemas entre ellos, los que la cultivaban. Ni armas ni violencia. Pura parentela. Y todos sembrando la mata.
Y él de diputado. Siempre quiso volver. Volver, volver, volver. Respirar sus pinos, ver de lejos la fila encimada de montes y montañas, el fino y al mismo tiempo caprichoso tejido de los árboles y los caminos.
Quería volver y así se lo propuso. Llevar proyectos productivos, becas, carreteras y opciones de trabajo para los jóvenes y las mujeres. Alternativas de estudio para los que emigraran a la ciudad.
Pensó, entusiasmado, en tortillerías, un aserradero que podía funcionar como cooperativa. Le encontró destino a las aguas termales: ahí está un proyecto turístico y ecológico. Chingón.
Habló con funcionarios del gobierno estatal. Cabildeó con gente que aplica programas del gobierno federal en apoyo a microempresas, minería, proyectos productivos, cooperativas, siembra de cítricos y frutales. Todas las opciones posibles.
Volvería a su pueblo. Llevaría beneficios. La gente lo apoyaría, lo recibirían con entusiasmo. Regresaría así mucho de lo que esos pobladores, esos parientes, esa montaña intrincada, le habían dado durante su niñez y parte de la adolescencia.
Una mirada nostálgica asomó en las esquinas de sus ojos aceitunados. Combinó el momento con un futuro optimista que podía ayudar a construir, a través de tantos apoyos y recursos del gobierno.
Y con ese manojo de buenas intenciones y esa luz que emanaba de su mirada al pasado emprendió el regreso. Cinco horas de carretera, desde Culiacán. No fue la recepción que esperaba. Muchos ni se acordaban de él.
Pero se dejó abrazar por la calidez de sus tíos y primos, de los abuelos y los viejos conocidos, una vez que les dijo quién era y qué traía entre manos.
Convocó a una reunión de vecinos. Se juntaron 45 adultos. Otros andaban arriba, en la siembra. Algunos habían emigrado al otro lado del río Bravo.
Terminó su discurso, uno breve y sencillo, en el que habló de sus sueños y las posibilidades. La cooperativa, una carretera, el aserradero, la minería, las becas. Bla, bla, bla. Todos callados. Y así terminaron.
Él pensó, ya en la ciudad, que tal vez no le habían entendido. O que mejor le iba a ir si llevaba a alguien del gobierno. Llevó al jefe de minería. Y después, en otra visita, al director de microempresas y créditos familiares.
El mismo resultado: escuchaban atentamente, asentían con la cabeza, pero todos callados. Y cómo la ven, les dijo un día, de cerca, en una reunión familiar. Ta’güeno. Le contestó uno de sus tíos, a secas.
Estaba desconcertado. Si todo eso era para su beneficio. Si él se estaba esmerando y era gente que no tenía forma de salir de la pobreza y la marginación. Pero no se dio por vencido. Qué pasará, pensó. Por qué no me dicen nada.
Así que volvió. Esta vez no convocó a asambleas en el salón del comisariado ni los llamó para que se juntaran bajo el macapule.
Se echó un café en la casa de sus abuelos. Llegaron algunos primos y las esposas le invitaron un caldo de gallina. Tortillas del comal. Acudió uno de sus tíos. Lo jaló aparte. Miramijo. Con voz pausada. Las palabras salían duras, como agrietadas: no queremos carreteras porque va venir un chingo de gente, no queremos ruido ni cooperativas ni apoyos, mejor seguimos en lo nuestro, lo que sabemos: sembrar mota.
Lo escuchó resignado. Y ya no volvió.
Artículo publicado el 13 de abril de 2025 en la edición 1159 del semanario Ríodoce.







