Malayerba: Contraorden

Malayerba: Contraorden

Ellos conversaban amenamente. Capitos en ascenso. Se sentían seguros, con un camino que frente a ellos se ananchaba conforme avanzaban.

Platicaban y pisteaban. Traían sus armas fajadas. Otras, las largas, estaban a unos cuantos metros. Pero no había de qué preocuparse. Uno jefecillo. El otro su compadre y pistolero.

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Era una tarde fresca y en el horizonte se ocultaba el sol incendiando y rasgando el cielo culichi. Estaban en su terreno. Era verano pero el viento era benevolente y los rayos solares comenzaban la timidez del retiro.

Y entonces se les apareció un hombre. Traía tejana. Un cuerno de chivo en la mano y la pistola abrazada por el cinto y el pantalón. El fusil no colgaba: apuntaba hacia ellos, que permanecieron sentados, disfrazando una calma que les rebotaba en la caja torácica.

Ahora sí se los llevó la chingada, les gritó. Cortó cartucho.

Traía pantalón azul de mezclilla. Botas de cuero de cocodrilo. La camisa con los tres botones de arriba desprendidos. El viento le movía apenas el copete que se le asomaba entre la frente y el sombrero.

Y esa mirada: sus ojos eran piedras encendidas, las pupilas hervían, en los contornos había lava y un llanto rojizo y naciente le daba brillo a esas cavidades acuosas.

Vengo a matarlos.

Los dos se le quedaron viendo. El pistolero tragó saliva y en un intento por reponerse tomó la palabra. Momento, momento. Si me vas a matar, al menos dime por qué. Mátame. Mátame a mí y a mi compadre, si también con él traes bronca. Pero antes quiero una explicación.

El tipo no bajó el fusil. Lo sostuvo con las dos manos a la altura de la cintura. La escuadra estaba del otro lado. Los cachetes le temblaban. También las manos, los dedos. La respiración tenía intervalos de tijera, sincopados.

Los voy a matar porque tú te llevaste a mi vieja. Y aquel lo tengo que matar porque si no va a buscarme para vengarse.

Sabía que eran muy unidos. Que el compadrazgo era su forma de amistad. Que la lealtad en medio de las balas y los negocios los había hermanado, como la adrenalina, como la pólvora anidando en los poros de los dedos.

Entonces, le dijo el pistolero, deja que te explique. Luego me matas, pero primero vas a escucharme.

Yo no me llevé a tu mujer, ella se fue conmigo. Y la neta ni la toqué. Y la neta hasta te hice un favor, saliste ganando: la morra no te conviene amigo, no te conviene porque anda con uno por dinero y al rato anda con otro y luego con otro y luego con otro.

Y pues a mi compadre no le hagas nada. Él no te hizo nada. Esto es entre tú y yo. Y así va a quedar.

Bajó la guardia. La respiración era agitada pero la combinaba con toques profundos. Bajó el fusil. Acarició la culata. Alejó el dedo del gatillo. Y se agachó.

El compadre terció: mire compa, yo a usted ni lo conozco ni me interesan sus broncas, así que aquí pueden quedar las cosas, usted se va, nosotros nos quedamos y asunto arreglado y olvidado.

Es más. Pa’que vea que soy reata le voy a dar chamba. Va a trabajar para mí, le voy a dar dinero, tengo esto, y sabe qué, aquí le va mi pistola.

Le soltó tres pacas de billetes verdes. La pistola era una cuarenta y cinco. Incrustaciones de diamantes. Le regaló un celular y le dijo mañana viene, espere mi llamada.

El hombre les dijo gracias. Se disculpó y aceptó. Guardó el cuerno y el rencor. Agarró confianza. Dio la media vuelta. Salió de ahí en una camioneta.

Ya recuperados. Le dijo a su compadre, Compadre, háblele a este cabrón. Traiga mi pistola y los dólares. Y lo mata.

Artículo publicado el 06 de abril de 2025 en la edición 1158 del semanario Ríodoce.

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