Se asomó por la ventana. Noche de diciembre. Ese silencio de iglesia le pareció sospechosamente amenazante. Empujó despacio las persianas y vio una silverado cobijada por la oscuridad, en la acera de enfrente.
La camioneta traía placas de Sonora. No le gustó. Sintió la metamorfosis del sabor en su boca: del dulce momento decembrino, arrullado por los Creedence, a la amarga saliva y la subida de tono en sus nervios y sus latidos.
Se fue al clóset y supo exactamente lo que tenía qué hacer: puso tres de sus dedos en el sensor dactilar instalado en la superficie de la caja de seguridad en la que guardaba sus dos armas, para que ésta se abriera.
Llevó la mágnum .357 revólver a una mesa de centro. La puso encima para que se viera, adornando la sala de su casa. Le quitó los cartuchos, aunque los conservó a la mano pero no visibles.
Acomodó trapos, fierros, fornituras y líquidos. Todo lo que habitualmente usa para limpiar esa joya morena, de cañón largo, voluminosa, pesada y apantallante. Ahora sí: estoy listo.
Había publicado reportajes, entrevistas y otras historias del narco y sus personajes en el periódico para el que trabajaba. El narco era todo un negocio. Y escribir, hablar públicamente de sus operaciones, una forma de suicidio. Lento y seguro.
Le habían advertido sobre la respuesta que podían darle los capos a la información publicada. Personas de las catacumbas del poder, la mafia y el periodismo se lo dijeron: van a ir por ti, a darte el aviso… después no habrá reversa, a menos que te retires.
Se asomó de nuevo. Esta vez sin delicadeza. La silverado seguía ahí. Le pareció que sólo era uno en la cabina. Más fácil, se dijo.
Abrió la puerta. Prendió la luz de afuera y caminó despacio, con seguridad, hacia el filo de la banqueta.
Ei. Qué tal. Buenas noches. ¿No gustas pasar? Te invito. Vamos a echarnos un café.
Visiblemente sorprendido, el de la camioneta volteó y se quedó callado. No supo qué hacer y cuándo se percató que tenía qué reaccionar no pudo más que aceptar la extraña invitación.
Ingresó a la casa y lo primero que vio fue la fusca y las herramientas, instaladas en la mesa de centro. No le despegó la vista. Preguntó sobre el arma, si era de él.
Pásale, siéntate por favor. Estás en tu casa. Sí, es mía. Y tengo otras, diferentes. ¿Quieres verlas? Te las enseño, una cuarentaicinco, otra nueve milímetros. Pero pásale por favor, siéntate.
Se instaló a media nalga, como quien se sienta para levantarse e irse pronto, en ese sillón hundido. Primero no hablaron de nada, aunque luego se sumergieron en esa conversación bofa del clima y las fechas.
Qué pinche frío. Y las compras. La navidad, los regalos, la familia, el brindis. Qué güeva.
Hasta que se animó a preguntarle: y qué andas haciendo por estos rumbos. Nada, vine a verte. Mis jefes me pidieron que te buscara. Que te dijera que saben de ti. Y que te dijera que desean que la pases bien con tu familia en estas fechas.
Ah, qué bien. Órale. Diles que yo también sé de ellos. Que muchas gracias y que por aquí todo está bien. Coméntales que aquí estoy, que cuando quieran, ya saben.
El tipo se despidió. Apretó la mano del reportero y evitó mirarlo a los ojos. Nos vemos, pues. Me voy de regreso pa’ Sonora.
Lo acompañó a la banqueta y en medio de la penumbra de aquella noche decembrina lo despidió. Y oyó cuando le gritó, frente al volante de la camioneta, avanzando lentamente, esa frase macabra: feliz navidad.
Él contestó feliz navidad para ti. Pero por dentro, no muy adentro, le deseó otra cosa. A él y a sus jefes.
Artículo publicado el 30 de marzo de 2025 en la edición 1157 del semanario Ríodoce.







