La canción es el remedio

La canción es el remedio

Música de protesta feminista y latinoamericana

 

Encontrar el ritmo que acompañe mis dolores en una playlist de Spotify se ha convertido en mi ritual personal. El problema es que casi todas las canciones cuentan la misma historia: el amor que sale mal. Perdón, el amor cisheterosexual que sale mal. Y a estas alturas, las mujeres, disidencias y personas racializadas en América Latina ya no solo sufrimos por el amor de una pareja. Ya no hablamos solo de nostalgia, sino de soltalgia (una palabra que nombra el dolor de la pérdida de la naturaleza). Nos duelen y emocionan también temas como el colonialismo, la explotación laboral, el extractivismo, el racismo, etcétera.

Es difícil diferenciar la industria de la música de la industria del amor, porque en las canciones el modelo de relación tradicional está sobreexplotado (como absolutamente todo en el capitalismo). En esa búsqueda por la palabra que invoque la vida que quiero, encontré la música de protesta feminista.

Daniela Romero junto con su compañera Dominique Osses conforman Okupa Latina, una dupla de música de protesta. En entrevista, Daniela opina que los movimientos latinoamericanos de mujeres le han dado más representatividad a otras historias de amor.

“A mí me urge tener más representatividad política y afectiva. Este año he hecho muchas canciones sobre la anarquía relacional y mis procesos para abrir mi relación de pareja. Ha sido bien bonito encontrar referencias en otros lugares como Silvana Estrada y Renee Goust, encontrar esas voces para ir yo tejiendo la mía”.

“Me cuesta trabajo pensar en la música sólo desde la perspectiva de si me va a gustar o no. Y crearla, solo lo puedo hacer con personas con quienes me toma tiempo construir un vínculo. Soy demimusical. Sí, la música me da de comer, pero también me genera este grado de correspondencia con el amor que siento en el mundo, que me hace sentir viva y querer estar viva”, dice Daniela Romero.

Nina Nina es difícil de ubicar en un ritmo. Se mueve dentro del hip-hop, el vogue, el rap, el reggaetón, la música electrónica. Es una de las reinas de las pistas underground de la ciudad de Mérida: una DJ, productora, performance y una de las Hijas del Rap, un colectivo de hip hop que también ha cantado sobre esas otras formas de amor. Es de Veracruz y las décimas del son jarocho fueron su primer acercamiento a la palabra hablada como una forma de narrar el mundo. Pero dice que conocer a las Hijas del Rap —particularmente a Phana Mulixa, a quien describe como su maestra y mentora— fue un parteaguas. Fue un momento de reconocer que a la rabia había que organizarla y transformarla para enunciar el mundo en el que sí quiere vivir.

NINA NINA. Foto: Ninanina.club

“Veo narrativas muy diversas en Abya Yala. No es la misma realidad en México que en Argentina, Costa Rica, El Salvador. Lo interesante es ese interés por escuchar los proyectos de otras compañeras. Cada vez hay más conciencia de lo que consumimos y los mensajes que el capitalismo nos quiere meter a la fuerza. Y creo que tampoco podemos exigirle a la gente escuchar nuestra música porque las personas vivimos bajo ritmos muy cansados. Encontrar nueva música es un esfuerzo que no todo el mundo puede hacer”, dice.

Kill Beat es una rapera que se presenta a sí misma: Me cuida la espalda mi abuela y sus bendiciones/ Mi carta de presentación son mis acciones/ Dame el micro que te lo devuelvo en llamas/ La morena con más flyback. Lo dice cantando hacia una cámara en uno de sus videos de Instagram. Es de noche, pero tiene unos lentes de sol que van muy bien con su hipil bordado del pueblo maya. Con una mano hace gestos que enfatizan el pulso de sus palabras y con la otra, sostiene un vaso grande de unicel que todes sabemos tiene cheva.

“Mis abuelos fueron esclavos henequeneros. Yo venía de un lugar muy estigmatizado, de mucho silencio, de no ser tú. En el underground del rap encontré voces como Arianna Puello, una rapera dominicana. Su disco El gancho perfecto es de los que más me ha emocionado porque fue una pionera de hablar sobre esos temas y con ese estilo, ese flow que te atrapaba”, dice Kill Beat en entrevista.

Cuando Kill comenzó a componer lo hacía descargando pistas del Youtube, sorteaba las limitaciones económicas y físicas con las posibilidades de la tecnología, hasta que consiguió colaborar con un estudio. A alguien le gustó lo que narraba, el cuerpo de la música, porque tenía contenido y Kill aprendió que la historia trillada de la artista que se crea a sí misma sin ayuda de nadie también es un estereotipo.

“Hace poco me dijeron algo: que tienes que pensar si lo que haces es para un momento o para toda la vida. Creer que la música va a ser para toda mi vida me hace pensar el arte de otra forma, sin prisa y sin la presión estética”.

Originalmente publicado en Mira: feminismos y democracias americas.org ; editado por la autora para Barco de Papel

*La autora es periodista freelance en temas de género, derechos humanos y cultura. Dirige la revista cultural Memorias de nómada. Obtuvo en el género de opinión el Premio Estatal de Periodismo Heineken 2016 y Peninsular en 2018. Ha publicado en medios como Animal Político, Malvestida, La Jornada, Círculo de Poesía, Carruaje de pájaros y Somos Violetas.

Artículo publicado el 16 de marzo de 2025 en la edición 10 del suplemento cultural Barco de Papel del semanario Ríodoce.

 

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