Balaceras y enfrentamientos ocasionan pánico entre vecinos y estudiantes de la UAS en la colonia Plutarco Elías Calles, en Culiacán
Tiburcio y su esposa, Carmen, salieron a caminar, como todas las mañanas por su colonia: la Plutarco Elías Calles, al surponiente de Culiacán. Ya es rutina, desde las 6:30 de la mañana ambos caminan entre las calles que han conocido durante años. Recorren toda la Cruz Medina hasta llegar a las orillas del Cobaes 23, doblan hacia la izquierda, en Artículo 27.
Toman la avenida Fernando Cuén y terminan por su calle, la José Limón. El trayecto duró una hora. Llegan a su hogar. En la esquina de la calle se encuentra una pequeña casa rosa, abrigada escasamente por la sombra de un árbol; se trata de un nimbo de la India, mediano y torcido. Lo acompaña un pequeño nopal y un almendro indio recién podado.
La claridad de esa misma mañana del martes 18 de febrero dejó al descubierto seis homicidios en diferentes puntos de la ciudad de Culiacán: el cadáver de un hombre flotando sobre el canal San Lorenzo, en el Campo el 10; un hombre con signos de violencia abandonado en un terreno baldío en la Isla Musala; dos cuerpos, uno de ellos mutilado sobre la carretera Culiacán-Eldorado; un motociclista atacado por un grupo armado sobre la Costerita, en el libramiento Benito Juárez, y un hombre, abatido en la colonia Lázaro Cárdenas con un cuerno de chivo.
El amanecer presagiaba un día de caos. Seis homicidios.
Tiburcio continuó con su día. Por las tardes sale a platicar con su esposa Carmen, aprovechando la sombra del nimbo de la India. Se dan el momento de sentarse. Colocan una silla blanca, tipo monobloc y toman otra del comedor, esas pesadas e incómodas que de estar mucho tiempo sentado el respaldo comienza a calar sobre la espalda. Las conversaciones son variadas: anécdotas del día y diálogos triviales.
Son las 16:00 horas, tiroteos simultáneos por distintos puntos de la ciudad comienzan a movilizar a las autoridades. Grupos armados atacaron inmuebles, algunos de ellos son conocidos como “dispensarios”, locales dedicados a la venta de drogas y disfrazados como tiendas de ropa y dulces, sexshop, tattoos, papelerías y cualquier otra máscara que sirva para “desviar” la atención de las autoridades. Y las reproducidas “jugadas”. Espacios habilitados con ‘habichuelas’, maquinitas tragamonedas y puntos para la venta de droga. Ambos clandestinos.
Las sirenas de las unidades de emergencia comenzaron a sonar, se escuchaba el ir y venir. Convoyes de militares se dirigían a las zonas. Los policías municipales se encontraban a la espera de más información mientras escuchaban las frecuencias de sus radios: “hay un desmadre para Barrancos”, reportó un policía que estaba haciendo guardia afuera de la Cruz Roja, sobre la calle Gabriel Leyva.
A las 17:00 horas, el sector Barrancos sirvió de campo de batalla a gatilleros del Cártel de Sinaloa, quienes se enfrentaron por más de 15 minutos. Metían sus camionetas entre calles de la Antonio Nakayama y otras colonias aledañas. El olor a pólvora, se introducía por las ventanas de las casas. Los casquillos rebotando sobre el asfalto, seguían los pasos de los vecinos.
La casa de Tiburcio, está a 340 metros del enfrentamiento. La rutinaria tarde de diálogos se interrumpió. Mientras él y su esposa procesaban lo que estaban escuchando, observaron a un grupo de jóvenes corriendo hacía ellos. Se trataba de 20 alumnos de la preparatoria Rafael Buelna Tenorio, de la Universidad Autónoma de Sinaloa, quienes buscaban protegerse del invisible trayecto de las balas.
“Cuando vieron una balacera bien fea, que chillaban las balas para acá. Se arrancaron la plebada a correr, llore y llore. Por las carreras no hallaban pa’ donde arrancar, porque todos cerraron las puertas, nosotros no. Nosotros al contrario les abrimos la puerta para que ellos entraran, para que se resguardaran ahí”, relató Tiburcio.
Los pasos apresurados de los alumnos, entre las calles de terracería dejaban una estela de tierra. “¡No mames, no mames!”, gritaban algunos con la respiración agitada, mientras el sonido hueco de las balas se escuchaba en el fondo.
Hicieron un recorrido recto, en sentido contrario al enfrentamiento, atravesaron las calles Enrique Pérez Arce y Sindicalismo, hasta llegar a la José Limón. Ahí estaba Tiburcio y su esposa, que, alzando su mano izquierda, les pedía a los alumnos entrar a su hogar “Métanse, métanse”. Esa pequeña casa rosa sirvió de refugio.
“Nadie va a salir hasta que no pase todo. Ya que esté todo tranquilo para que se vayan ustedes, para que se vayan ustedes tranquilos”, les decía.
Entre el desespero buscaban esconderse en los huecos de los sillones y la cocina. Se arrinconaban entre las esquinas. Desconcertados, en una casa extraña: dos sillones cafés, el andador de la nieta, un estante con un modular y fotografías de la familia, y arriba de la televisión un cuadro de la Virgen de Guadalupe.
Es un hogar con cuatro ventanas que dan hacía la calle, la herrería no está diseñada para detener los impactos de balas.
“Como que pegaban en el piso y chiflaban las balas bien feo. Yo por eso les decía que no se asomara nadie por la ventana. Todos quédense sentados en el piso. Si vemos que viene alguien (un grupo armado) abrimos la puerta de atrás y salimos por ahí. Pero mientras, nada”, contó.
Los rezagos del evento se dejaron ver en la calzada de las Torres, entre la avenida Hilario Medina. Un punto de cruce diario donde transitan cientos de vehículos al día. Ahí, estaban dos vehículos. Un Toyota Yaris y un Cupra. Sobre los cristales se podían observar múltiples impactos de balas. También los cuerpos de dos hombres. Uno de ellos quedó tendido sobre la calzada y el otro en el asiento del conductor.
La balacera cesó, los alumnos hicieron sus llamadas y sus padres comenzaron a ir por ellos, uno por uno fue saliendo, la casa rosa se iba vaciando.
“Solo pensaba en resguardarnos nosotros, y resguardar a los alumnos para que no se fueran a salir y no les fuera a pasar nada, porque como nosotros también tenemos nuestros hijos. No sabemos si mañana o pasado se les ofrezca que ellos estén en una situación similar y queremos que alguien les de apoyo también”, compartió Tiburcio.
El sol del siguiente día evidenció parte de los daños colaterales del sector, algunas casas vecinas baleadas y los cristales de los automóviles estacionados, permanecían en fragmentos sobre el asfalto.
Esa mañana, Carmen y Tiburcio no salieron a caminar.





