Malayerba: Tengo miedo

Malayerba: Tengo miedo

El Vampi tiene miedo. Y no. En su conversación va y viene: acude a Tijuana, donde trabajó para los de Sinaloa, y regresa a Culiacán, donde muchos lo ubican con el enemigo.

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Lo cierto es que su jefe está muerto, igual que muchos de sus matones, guardaespaldas, operadores y gente cercana. Él no, pero sabe que lo van a matar. Lo único que le preocupa es que no lo hagan frente a sus hijos. Que se lo lleven lejos, donde nadie lo vea, y que sin torturas que le provoquen más sufrimiento, lo trocen.

Dice que es hombre, por eso no va a correr cuando quieran levantarlo. Sabrá el momento preciso en que vayan por él. Vigila la puerta o al menos hace como que está al tanto de quién entra y sale. Tengo miedo, pero soy muy macho. Bueno, la verdad no tengo miedo. Otros, ellos, muchos, me temen.

Veinte mil pesos a la semana. Eso le daba el barbón aquel, nomás porque le caía bien y hacía los jales que le ordenaban y era un perro fiel. Además de los billetes que le daban por cada uno de esos trabajos. Tú has matado, pregunta. Y él solo se contesta, atropellado, balbuceante y con la mirada cuarteada, que sí.

Allende las fronteras el bato le entró a la coca. La consumió y la vendió. Compró una libra de polvo y de ahí salió libra y media para la venta. Mató a los que estorbaban en el negocio, pero también a los que el jefe quería para quedarse con el mercado. Coca y crac. Es lo que se mete la raza de allá.

Yo maté y tengo miedo y no tengo miedo. Cuando los vas a asesinar unos lloran, otros te dicen que les des chance de despedirse de su familia. El otro día a uno le dijimos que le llamara a su hijo, pero en lugar de eso les llamó a los de su clica. Plebes, me van a matar, trócenlos a todos. Y le quitamos el Nextel.

Pero la neta, lo más cabrón, es que todos te miran. Aun los que cierran los ojos o los que se los tapan con las manos: voltean, te miran y te dicen todo, te cuentan su rencor, sus esperanzas, su vida, en ese rato. Eso es lo más cabrón. Con eso me duermo todas las noches, aunque no tengo pesadillas ni me despierto en la noche, sudando, como en las películas.

El Vampi es alto, tiene ojeras, la cabeza hundida, como si no tuviera cuello, y los ojos venosos. Llora pero se apura a pasar por ahí la servilleta. Yo sé que me van a matar. Y voltea a ver quién entra y quién sale. Sus viajes son malos. Sus palabras sangran, fluyen, estropeadas y atropelladas.

Nomás que vengan por mí. Ellos saben que maté a muchos, pueden verme en la calle, identificarme como un bato que trabajó para el otro. Yo soy hombre y no voy a llorar, no tengo miedo. Bueno, la verdad sí. Nomás que me den pa’bajo, que no me mochen nada.

Levanta la vista. Uno ve a dónde disparan sus ojos y es un espacio en blanco, en la pared, tal vez dibujado por esa mirada enferma y triste. Yo he decapitado. Mochar cabezas. Eso es lo más cabrón. Se agarra el cuello y dice de aquí, de aquí se corta. Y te aseguro algo: no es fácil, no puedes cortarla así, de tajo, de una.

Eso es lo más difícil. La gente no se deja, es una parte dura, huesuda. Dame otra cerveza.

Artículo publicado el 23 de febrero de 2025 en la edición 1152 del semanario Ríodoce.

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